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Martes, 07 Mayo 2019 20:06

Desafíos de una comunicación política moderna desde una perspectiva gramsciana

Antonio Gramsci es un referente del siglo XIX que se mantiene vigente, y su concepto de hegemonía cultural no está lejos de la comunicación política moderna.

Por: Carolina Castañeda Ocampo[1]

 

Existe un gran reconocimiento en la academia y en la sociedad en que la actividad política se fundamenta en la comunicación. Para Reyes, Quinn y Morales (2011), la comunicación política estudió en sus inicios la comunicación de los gobernantes con la sociedad, vista ésta como mercado electoral; más tarde, también se enfocó en el intercambio de discursos entre los políticos, hasta llegar a los medios de comunicación masivos y la formación de la opinión pública. Teniendo en cuenta lo anterior, la comunicación política moderna se evidencia en el intercambio de opiniones entre políticos, periodistas y medios de comunicación y el poder que cada uno tiene para influenciar en la vida de los ciudadanos. En este sentido, aunque los postulados teóricos de Gramsci se fundamentaron en un contexto sociocultural diferente, hoy se puede establecer una relación concreta con las nuevas formas para hacer política y así plantear algunos retos que actualmente tiene la comunicación política.

Tanto la burguesía como los tradicionales proletarios no son los idóneos para emprender la reforma hegemónica que propone el autor. Los primeros debido a la construcción desde la coacción y dominación cultural, y los segundos ante su alineación con el corporativismo y la legitimación implícita de la opresión. En ellos, la cultura ha sido un elemento trascendental, puesto que ha servido como legitimador de las acciones políticas, siendo comprendida como la “organización, disciplina del yo interior, apoderamiento de la personalidad propia, conquista de superior conciencia por la cual se llega a comprender el valor histórico que uno tiene, su función en la vida sus derechos y sus deberes” (Gramsci, citado por Gruppi, 1978).

Es por lo anterior que aparecen los intelectuales, que no son más que la hegemonía del proletariado, los cuales transitan a la construcción de una nueva estructura, de un nuevo Estado. Logran llegar a este estadio cuando simultáneamente alcanzan a ser clase dirigente y dominante, es decir, cuando tienen la capacidad de conquistar a grupos afines y a adversarios al mismo tiempo. El intelectual para Gramsci es aquel capaz de liderar por fuera del sistema, promoviendo la interlocución. Son los verdaderos promotores de la acción política al articular la teoría y la práctica política, mostrando la imposibilidad de desprender lo teórico de la realidad concreta.

La hegemonía cultural se desarrolla principalmente en la sociedad civil, pero puede trascender a una forma estatal. Hoy, tanto el micropoder en las relaciones humanas como en el macropoder reflejado en los Estados, evidencia el sometimiento cultural de las clases dominantes hacia las subordinadas desde la influencia ideológica utilizando los medios de comunicación e instituciones religiosas y educativas para imponer determinadas visiones del mundo. Son los medios de comunicación los llamados a difundir nuevas ideas y otras posiciones para la emancipación de las clases subordinadas, frente al adoctrinamiento.

Gramsci propone la lucha ideológica para lograr la hegemonía, reconociendo que la lucha implica una reforma intelectual y moral y una construcción de una voluntad nacional popular que congregue a sujetos diferentes. En cuanto a la primera se refiere a la necesidad de influir sobre la estructura económica y la organización política de la sociedad, y especialmente -siguiendo los postulados de Lenin sobre la revolución cultural- plantea una reforma filosófica en cuanto al modo de pensar, las orientaciones teóricas y el modo de conocer. Ahora bien, sobre la segunda afirma la creación de un sistema de alianzas de clase que requiere integrar una visión común de los elementos que definen a cada segmento de las clases como la movilización contra el capitalismo.

La reforma intelectual implica una unificación del lenguaje para todas las clases, la materialización de las ideas políticas y la responsabilidad social del mensaje publicitario para la inclusión. El desarrollo de la hegemonía supone una unidad intelectual, por lo cual no es sólo político sino también cultural. Por lo tanto, hoy la comunicación política es un medio eficaz para la realización de la reforma intelectual, permitiendo que los intelectuales cumplan sus funciones de dominio y dirección, especialmente de la última para su permanencia y legitimidad. La comunicación tiene el reto de fundamentar la política desde su autonomía propia, sus propias leyes, ya que es la política la que “establece la relación entre la filosofía superior, la concepción crítica y las masas subordinadas, permitiendo a estas últimas superar su visión no crítica” (Gruppi, 1978)

Independiente del estatus académico, desde la perspectiva gramsciana cualquiera puede llegar a ser dirigente, toda vez que no solo los partidos forman intelectuales para el Estado. En este sentido, hoy no de hace referencia a un príncipe o a un partido hegemónico exclusivamente, sino a una sociedad civil empoderada en su papel unificador como develador de la esencia hegemónica, puesto que pensar o actuar colectivamente, es crear poder, resistencia, manifestación, movilización conjunta. “Siempre la experiencia y el poder de los actores políticos organizados en la esfera pública, reaparece, enfrenta y cuestiona a veces de la manera más insospechada las formas de dominio” (López, 2015).

Hoy los movimientos sociales y organizaciones de la sociedad civil están reivindicando las demandas y construyendo política. En este sentido cabe preguntarnos, ¿quiénes son hoy los intelectuales en medio de la crisis partidista y democrática que atraviesan muchos de los Estados contemporáneos? Los comunicadores, los políticos, los artistas, los administradores públicos, directivos y líderes de la sociedad civil, líderes comunitarios, líderes religiosos son algunos de ellos los encargados de “impulsar a la acción, a luchas y movimientos, a un comportamiento más general que está en contradicción con la concepción del mundo en que han sido educadas” (Gruppi, 1978) unificando la política y la filosofía.

La comunicación política moderna atraviesa una transformación digital desde los últimos años con las nuevas tecnologías de la información que invitan y exigen una comunicación no convencional, enfocada en la construcción de todos los escenarios de la democracia, sin limitarse exclusivamente en épocas electorales. Por lo tanto, la configuración del partido político o del intelectual constituyen otros momentos de la comunicación como oportunidad para alcanzar legitimidad por parte de la ciudadanía. No obstante, también ha sido un medio de control en el mercado electoral, banalizando el diálogo político y manipulando la verdad. La divergencia política y las contradicciones ideológicas son características propias de los actuales líderes políticos, que buscan a través del discurso político perpetuar imaginarios colectivos. Sin embargo, la verdadera hegemonía se consigue cuando las clases “con su acción política, ideológica, cultural, logran mantener junto a sí un grupo de fuerzas heterogéneas e impide que la contradicción existente entre estas fuerzas estalle” (Gruppi, 1978).

Ahora bien, luego de exponer los posibles intelectuales en escena y las nuevas formas tecnológicas por las que atraviesa la comunicación, es menester considerar la relación entre ambas. Por ejemplo, Ballinas (2011) resalta en la relación entre las TIC y la participación política, que la circulación progresiva y masiva de la información estimula el desarrollo de una opinión crítica. A su vez, estos medios sirven para mantener una vigilancia constante sobre la conducta y la gestión de los dirigentes y funcionarios públicos. Sin embargo, aunque más personas pueden acceder a la información sobre lo político y la política, a su vez, no toda la información que procede de estas nuevas formas de comunicación es acertada, y en otros casos, es incompleta e insuficiente para el ciudadano digital. La tecnología crea otras formas de poder y dominación, aumenta la brecha entre dirigentes y dominantes o conduce a la unificación intelectual, demostrando profundidad y contundencia en los mensajes.

Frente a lo anterior, entonces ¿cuáles son los problemas de los intelectuales de hoy para conducir a la “hegemonía del proletariado”? Por un lado, se encuentran los partidarios de la perspectiva marxista ortodoxa que aún considera necesario alejarse del Estado porque es un instrumento de clase burguesa, mientras que algunos como Monedero (2018) afirman la necesidad de reconocer al Estado como una relación social son sesgos de género, raza y clase. Por otro lado, se ubican los que reconocen la importancia del Estado, pero cuentan con insuficiente conciencia colectiva y de iniciativa política. Esto es un efecto de la debilidad de la comunicación política moderna que se ha enfocado en “la función que juegan los medios de comunicación en el intercambio de mensajes entre el gobierno y la sociedad, dejando de lado otro tipo de temas importantes para el estudio de este campo, como son la participación ciudadana, la relación partidos-ciudadanía, transparencia y rendición de cuentas, la libertad de expresión, entre otras” (Reyes, Quinn, Morales, 2011).

A modo de conclusión, aunque los postulados teóricos de Gramsci se publican en su mayoría y para contextualizar la época del siglo XIX, son vigentes en la sociedad actual, especialmente en lo que concierne a la comunicación política moderna, ya que se pueden establecer tanto congruencias y contradicciones, especialmente frente a la relación de la adquisición y conservación del poder con las nuevas formas de hacer política. La comunicación cuenta con algunos retos desde la perspectiva gramsciana: asumir una posición permanente de dirección tanto política como cultural; promover en los discursos políticos y los medios masivos la inclusión de todas las clases sociales y de nuevos temas políticos, permitiendo la unificación intelectual; y por último, reconociendo la política como el arte que permite el diálogo político y el ejercicio que establece las interacciones entre la ciudadana y los que detentan el poder político. No obstante, realizar una interpretación literal de los pensamientos del italiano puede conducir hoy a la agudización de disputas políticas y efectos contrarios al fin de la reforma hegemónica.

Referencias

Ballinas, C (2011). Participación política y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. México: Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Recuperado de https://www.te.gob.mx/publicaciones/sites/default/files//archivos_libros/25_participacion.pdf

De Moraes, D. (2007). Hegemonía cultural y comunicación en el imaginario social contemporáneo. Espéculo, 35, 1-8. Recuperado de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2282779

Gruppi, L. (1978). El concepto de hegemonía en Gramsci. Ediciones de cultura popular.

Monedero (septiembre, 2018) Conferencia: La investigación en la Ciencia Política. La Democracia en Época del Big Data, Universidad Nacional de Colombia, Medellín.

López, M. J (2015). El «desaparecido» como sujeto político una lectura desde Arendt. Franciscanum, 57(164), 67-95

Reyes, M.C, Quinn, J.A, y Morales,J.M (2011). Reflexiones sobre la comunicación política. Espacios Públicos, 14 (30), 85-101. Recuperado de https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=67618934007  

 

[1] Estudiante de octavo semestre de Ciencias Políticas y cuarto semestre de Trabajo Social de la Universidad Pontificia Bolivariana. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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