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Martes, 11 Septiembre 2018 22:38

Colombia: País Fragmentado, Temporalidad Dividida

Memoria de la conferencia de Daniel Pécaut “Espacio, temporalidad y violencia en la historia colombiana”, agosto 15 de 2018.
Isabella Villegas Correa
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Estudiante de Historia, Universidad Pontificia Bolivariana.
Medellín, Colombia.

Palabras Clave: Temporalidad, fragmentación, violencias, imaginarios, simbólica nacional.

País Fragmentado.

Daniel Pécaut es sociólogo, francés, y actualmente se desempeña como director de estudios de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Se destaca como uno de los más importantes colombianistas de finales del siglo XX y principios del XXI. Colombia se convirtió en su principal objeto de estudio en los años setenta, tras una investigación sobre el surgimiento y desarrollo de la clase obrera colombiana, fruto de la cual es la publicación del libro Política y sindicalismo en Colombia (1973). Entre sus obras son de referencia obligada: Orden y violencia: Colombia 1930-1953 (1987) y Crónica de dos décadas de política colombiana, 1968-1988 (1989); ha escrito, además, copiosos artículos para revistas académicas y ha concedido numerosas entrevistas. Recibió en el año 2000 un doctorado honoris causa de la Universidad Nacional de Colombia, y le fue otorgada la nacionalidad colombiana en el año 2007 por parte del gobierno[1].

Desarrollaré en primera persona la narración de la conferencia dictada por el profesor Pécaut en la Universidad Pontificia Bolivariana el día 15 de agosto de 2018. Trataré de apropiarme de la voz del conferencista para producir una crónica más amena y aprovechar su riqueza discursiva. Para ello utilizaré las grabaciones realizadas en dicha instancia; el lector podrá encontrar bibliografía con la cual ampliar los diversos temas en las notas al pie. Profesor, si algún día llegase este texto a sus manos, le agradezco profundamente que me permita valerme de sus palabras, es para mí un honor.

Al menos en dos oportunidades, en los años de La Violencia y en los años del conflicto armado, Colombia pareció al borde de hundirse; pero, a pesar de todo, no deja de sorprender que se haya mantenido. Las múltiples violencias, y el conflicto que las encarnaba y las reproducía, se vieron alimentados por un factor que yo considero fundamental, y ese factor se relaciona con la profunda fragmentación social que se hacía evidente en todo el territorio colombiano. Una fragmentación que no solo contribuyó a la agudización de los enfrentamientos, sino que también terminó por conducir al país, a nivel de los imaginarios y representaciones que perduran en la larga duración, a una construcción precaria –si acaso– de su simbólica nacional.

Esta última afirmación puede explicarse desde la formación de la nación –ese colectivo imaginario– que se vivió de forma más o menos clara en la década de los años treinta en los demás Estados latinoamericanos como respuesta a la crisis mundial y que, en Colombia, se vio entorpecido por motivos bien claros que son, en mi opinión: primero, la polarización de la sociedad colombiana en dos subculturas políticas que trascendían la categoría de partidos y que, entonces, se convirtieron en las bases para la construcción de identidades personales y colectivas; segundo, el civilismo evidenciado en la poca injerencia que tuvieron los militares, con su tendencia autoritaria y nacionalista, en la construcción de la nación desde las esferas oficiales, o desde la necesidad de unidad nacional frente a un conflicto externo; tercero, las pocas modificaciones a las que fue sometido el Estado para que encajase en el modelo liberal de desarrollo gracias a la imposición de la Federación Nacional de Cafeteros como eje central de control económico, tanto en la esfera privada como en la pública; cuarto, la insuficiencia de fenómenos populistas de importancia que constituyeran una forma de ciudadanía social, y quinto, la concepción de la temporalidad con foco en el pasado como referente y modelo –con una breve excepción en la Revolución en Marcha de López Pumarejo–, contraria a los planteamientos del modelo teleológico del progreso.

Esto quiere decir que, mientras las demás naciones tuvieron experiencias unificadoras que fortalecieron la carga simbólica de su ideario nacional y apuntaron al desarrollo de la misma hacia un futuro determinado, Colombia permaneció fragmentada en subculturas políticas que miraban al pasado y con una economía centrada en un modelo cafetero agroexportador más o menos cerrado, sin una idea clara de lo que significaba la “colombianidad”. Lo anterior no significa que el Estado fuera incapaz de gobernar el territorio, sino que ello se hacía sobre una sociedad fragmentada que hacía difícil sostener un proyecto de país. No obstante, es importante destacar que, excepto tal vez en los últimos años del siglo XX, Colombia fue el único país de América Latina que no tuvo una crisis de gran magnitud en materia económica y política.

El gaitanismo y La Violencia.

Aunque el término populismo ha encerrado múltiples significados en la política latinoamericana[2], es claro que la experiencia gaitanista constituyó el fenómeno populista más significativo en la historia colombiana; sin embargo, es importante recordar algunos aspectos particulares de dicha experiencia: en primer lugar, salvo algunos años alrededor de 1945, el gaitanismo no estuvo por fuera de la dicotomía bipartidista ni de la violencia que ella ya entrañaba; en segundo lugar, no debe olvidarse que se trata de un populismo de segunda generación, ni dejarse de lado el conflicto entre los sindicatos –que ya habían logrado grandes triunfos durante el gobierno de López Pumarejo– y el movimiento gaitanista, que no fue aceptado por las organizaciones de trabajadores liberales o comunistas, sino hasta muy entrada la década de los años cuarenta; en tercer lugar, debe enfatizarse que el discurso gaitanista, antes de reivindicar una ciudadanía política y social de las masas, las mantenía encasilladas como un “pueblo” que escapaba casi de las barreras del mundo civilizado y que necesitaba ser representado en razón de su incapacidad para hablar y participar.

El papel principal del populismo se dio en los imaginarios de las élites, quienes lo consideraban un peligro mortal para el modelo del desarrollo, especialmente después del Bogotazo; con él se descubre que las “chusmas” son capaces de desbordar el sistema y nace un miedo a las masas que se mantiene por muchos años.

La Violencia se recrudeció a partir de los hechos del 9 de abril y se configuró como una guerra civil entre partidos que dejó un saldo aproximado de 200.000 muertos y que englobó fenómenos violentos de diversas dimensiones como las venganzas y las luchas sociales. El desorden y la fragmentación, entonces, se convirtieron en el espíritu fundamental de las interacciones políticas. Las organizaciones sociales quedaron destruidas o enfrentadas, y el país tan solo aguantó porque se encontraba en un periodo de bonanza cafetera –que salvaba el aspecto económico– y porque La Violencia resolvió el problema de la amenaza populista con la desorganización de las masas.

Si bien las élites conservadoras, en cuya cabeza se encontraba Laureano Gómez, realizaron acciones de guerra en contra de los liberales, no podría decirse que hayan tenido una intencionalidad clara de dispersión popular, en tanto las actuaciones locales no seguían una lógica de conjunto que permitiera prever los efectos nacionales.

Temporalidad dividida.

La Violencia fue una catástrofe; no solo se malgastaron miles de vidas, especialmente en el campo colombiano, sino que se profundizó la fragmentación que desde el principio mencionamos como elemento problemático para la constitución de la simbólica nacional. Fue un momento de corte a partir del cual se plantearon un antes y un después.

Es importante recalcar que al finalizar este periodo se impuso un silencio respecto a aquello que aconteció; imposición que se dio en parte desde las élites, en parte desde las masas campesinas que la vivieron y que no encontraban ni las palabras para expresarlas, ni una infraestructura dispuesta para recibir sus narraciones. Esto llevó a que se desarrollara una temporalidad caleidoscópica, es decir, a que los relatos posteriores se constituyeron a partir de unos hechos precisos –magnicidios, atentados y tragedias– discontinuos, que generaron un cambio en la concepción temporal de la historiografía: La Violencia se consolidó como discurso del origen de todo y la lectura hacia atrás llevaba a ver que existía una continuidad perfecta en la que el porvenir perpetuo de Colombia no podía ser más que una eterna repetición trágica[3]. Es por ello por lo que Gabriel García Márquez es el más acertado teórico de la historia colombiana.

Continuación de las violencias y ampliación de las separaciones.

Entre los dos momentos más álgidos de las múltiples violencias, el Frente Nacional como periodo en el que hubo una posibilidad de participación social y política mucho más amplia; existió la oposición cívica y armada; fue una época en la que ganaron importancia vanguardias políticas que incomodaron a las élites y que se preocupaban mucho más por participar en el gobierno desde las ciudades, que por llevar a cabo acciones militares en el campo. El modelo político, para manejar la situación, imitó el económico y se convirtió en un modelo mediante el cual se gobernaba a través de pactos, transacciones y clientelas para mantener la autonomía de los actores y lograr un control local en los lugares que se escapaban a las lógicas nacionales. Esto, principalmente, contribuyó a que el Frente Nacional tampoco alcanzara a crear una simbólica nacional.

Las guerrillas comunistas fracasaron a principio de los años setenta en cuanto mantuvieron un conflicto que a mí me gusta llamar prosaico, que no tenía la capacidad de hacer soñar, de plantear un proyecto nacional; fracasaron porque no consiguieron llamar la atención de las naciones que podían identificarse con su ideología. Si se llegó a niveles tan altos de violencia en la década de los años ochenta fue porque existían, en ese momento, los recursos legales –como el petróleo y el carbón– e ilegales –principalmente la narco-economía– que permitieron a los actores mejorar su indumentaria y adelantar acciones mucho más tenaces que aquellas que habían sido realizadas en momentos anteriores. Es por ello, también, que Colombia no vivió una fuerte crisis en aquel periodo, como sí lo hicieron otras naciones latinoamericanas.

Un elemento problemático en el conflicto es que no podemos referirnos a él como una guerra civil, principalmente por la multiplicidad de actores que en ella participaron y, también, porque la mayoría de los colombianos se mantuvieron como terceros, afectados de manera indirecta, pero alejados de las zonas de mayor combatividad. Esto llevó a que se crease una fragmentación mayor entre las comunidades afectadas por una u otra acción dentro de una lógica de fronteras móviles y aparentemente aleatorias, y a que aumentasen las multiplicidades temporales en la narración –ya discontinua– de quienes participaron en el conflicto. En tal contexto, con mayor fuerza que en las décadas anteriores, la idea de un proyecto de país era especialmente difícil de sostener.

A modo de conclusión: por qué el “no” al plebiscito.

Desde los años treinta está pendiente la construcción de una visión simbólica de la nación colombiana, y el fin del conflicto podría significar que esta se pusiese finalmente en el orden del día. Considero que el “no” ganó fundamentalmente porque en Colombia se tiene miedo a lo desconocido. El conflicto armado significó la paz social al prevenir la formación de protesta, de organización, y de surgimiento de líderes que se apropiaran de las cuestiones en las que el Estado fallaba. Apenas están descubriendo los problemas del pasado reciente a partir de las reparaciones dictadas por el acuerdo, pero también están teniendo que reconocer los problemas sociales que lo anteceden, reconocimiento que puede llevar a reivindicaciones que toquen a todos, aun a aquellos que se mantuvieron al margen del conflicto. Eso es lo que genera el miedo.

No creo, a pesar de lo anterior, que el asesinato de los líderes sociales sea un proceso sistemático que se desencadene por el fin del conflicto; no es sistemático, pero sí, por supuesto, problemático. Aunque son diversos los autores y las causas de cada uno de los asesinatos, es cierto que lo que falta de la implementación de los acuerdos es llevar el Estado a esos territorios en los que se encuentran los recursos legales e ilegales.

El posconflicto no va a ser una tarea fácil. Creo que la JEP es fundamental, que va a funcionar y va a tener efecto. La comisión de la verdad va a enfrentarse, no obstante, a un panorama muy complicado. Esto sucede porque Colombia es tal vez el opuesto a otros países latinoamericanos que se han embarcado en esta tarea. No es como Argentina o Chile, de los que no se sabe nada. En Colombia se sabe todo, y ahí está precisamente lo que lo vuelve problemático. Debe hacerse un trabajo conjunto de varias décadas para organizar esa lucha de relatos. Por mucho tiempo va a prevalecer la mirada a muchas narrativas superpuestas, porque un asunto es hablar de cuestiones estructurales objetivas y otra muy complicada es hablar del papel de los protagonistas armados. Para lograrlo se necesita que todos los actores reconozcan la responsabilidad en las diferentes dimensiones y acciones usadas como estrategias de guerra.

Es importante que los estudiantes que están presentes entiendan que se debe reconocer lo que se ha conseguido. No podemos quedarnos pegados en la narración de repeticiones trágicas, hay que llenar los espacios discontinuos de lo que anteriormente he llamado “temporalidad caleidoscópica”. Es importante ver que los Acuerdos son un gran paso, y que tienen un apoyo inmenso en la comunidad internacional. El costo de “cambiarlos todos” o “hacerlos trizas” sería altísimo. No todo se podrá́ hacer al mismo tiempo, serán años para la implementación. Hay que tener una conciencia del tiempo: no se van a conseguir resultados milagrosos, hay que tener visión de largo plazo y solucionar los problemas no resueltos desde hace un siglo. Pero los pasos se están dando.

[1] Ver más: Gonzalo Sánchez. “Nuestras deudas pendientes con Daniel Pécaut (con motivo del otorgamiento de la nacionalidad colombiana)”. Análisis político no 63, Bogotá, mayo-agosto, 2008: pp. 103-105.

[2] Ver más: Gildardo Antonio Bueno Romero. “El populismo como concepto en América Latina y en Colombia”. Estudios Políticos, 42, Instituto de Estudios Políticos, Universidad de Antioquia, pp. 112-137.

[3] Esto se evidencia en los títulos de importantes publicaciones de la historiografía colombiana de después de La Violencia: David Bushnell, Colombia, una nación a pesar de sí misma: de los tiempos precolombinos a nuestros días (1993). Marco Palacios y Frank Safford, Historia de Colombia: país fragmentado, sociedad dividida (2002). Malcolm Deas, Intercambios violentos y dos ensayos sobre el conflicto en Colombia (2015) y Las fuerzas del orden y once ensayos de historia de Colombia y las Américas (2017). James D. Henderson, Cuando Colombia se desangró: una historia de la Violencia en metrópoli y provincia (1984). Pierre Gilhodès, Las luchas agrarias en Colombia (1988).

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