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Viernes, 17 Abril 2020 21:19

Deconstrucción de la violencia en las Maras Centroamericanas: Alternativas para la construcción de identidades no criminales

"Teniendo en cuenta el contexto en el que surgieron las Maras, un contexto de conflictos y guerras civiles donde el estado-nación estaba resquebrajado, el sentimiento y la identidad fueron acaparados por diversos grupos que mutaron a las pandillas que hoy conocemos."

Por: Juan José Restrepo Castro[1]

La vinculación del crimen organizado transnacional con las grandes redes de narcotráfico regional ha causado grandes problemas de implementación de políticas de seguridad confiables y determinantes que den soluciones reales. Este tipo de relaciones son con las que se enfrentan los países centroamericanos como Guatemala y El Salvador, pues históricamente los problemas estructurales de desigualdad, corrupción, bajo acceso a la educación, entre otros, que enfrentan estos países, han sido caldo de cultivo para la gestación de grupos de delincuencia organizada, específicamente la formación de las “Maras”, como se conocen en el territorio centroamericano. Independiente del carácter delincuencial que tengan las Maras centroamericanas, la intención de este articulo es demostrar que a diferencias de otras organizaciones criminales en el mundo que surgen como grupos con fines netamente lucrativos, las Maras surgen como un factor identitario, es decir, como un grupo familiar que da una identidad a quienes nunca tuvieron una y más allá de las dinámicas de mercado en las que están inmiscuidas. Es la identidad la que hace de las maras un grupo único diferente del resto. Posteriormente, se intentará plantear una solución que logré abordar el problema de las pandillas en Centroamérica utilizando estrategias que logren desarticular el factor identitario, que, para este artículo, es el motor de estos grupos criminales.

 

 

 

Contexto histórico de las Maras

En Guatemala, las Maras, específicamente la “MS-13” y el “B-18”, nacen en Los Ángeles, Estados Unidos en los años 70s y 80s, formadas por inmigrantes centroamericanos en especial de El Salvador y Guatemala. Por ejemplo, en los Estados Unidos como lo afirma Nelly Reséndiz en su libro Violento, luego existo, en 1985 la Mara Salvatrucha 13 de los Estados Unidos nació como una agrupación de salvadoreños(as) que jugaban fútbol soccer, escuchaban música heavy metal y su delito en común era el consumo y micro-distribución de drogas, mientras que en Guatemala el termino las maras en los años ochenta tenía un carácter de liberación y poseían prácticas y discursos asociados a la lucha de clases (Reséndiz, 2018). Por lo tanto, vemos que inicialmente se constituyeron como pandillas locales, donde los jóvenes marginados por su condición de inmigrantes empiezan a desarrollar un imaginario de identidad hacia algo, en este caso, hacia su pandilla, hacia su “gente”. Hasta aquí las Maras no representaban una amenaza para los Estados ni mucho menos para la seguridad regional, pero los gobiernos de Ronald Reagan (1981-1989) y George Bush (1989-1993) implementaron una política de:

Cero tolerancia, donde se priorizó la deportación de personas asociadas o no a las pandillas y con o sin residencia legal a sus países de origen, provocando que grupos significativos de personas llegaran a conformar y fortalecer las pandillas que ya estaban establecidas en los países centroamericanos (Reséndiz, 2018, pág. 35).

Esto quiere decir que antes de la deportación de pandilleros, ya existían grupos juveniles delincuenciales que gozaban de cierta estructura, esos grupos son conocidos hoy en día como “clicas” y obedecen al siguiente patrón:

Normalmente existe un administrador de la clica, llamado ranflero, quien está a cargo de la tesorería del grupo y convoca a mítines o reuniones periódicas en las que se toman decisiones, se evalúan los grupos y se regulan los comportamientos grupales e individuales. Después están la primera y segunda palabra, quienes dirigen los mítines y son voceros de las clicas. También existen las terceras palabras, en clicas muy grandes, y los soldados, miembros rasos de la organización (Goubaud, 2008, pág. 37).

 

 

Estructura delincuencial

Como se planteó anteriormente, el fin de los conflictos internos en los países centroamericanos provocó que miles de pandilleros deportados de los Estados Unidos se adhirieran a las “clicas” ya establecidas, fortaleciéndolas hasta el punto de que mutaran a grupos criminales. Los jóvenes ven a las Maras como "familias sustitutas" y elementos de inclusión social, en tanto surgen de la marginación y de la exclusión. Formar parte de ellas otorga a sus miembros un sentido de pertenencia, de identidad y de reconocimiento, que puede ser muy atractivo para quienes se sienten discriminados y excluidos por la sociedad en la que viven. En consonancia con la identidad su estructura interna es una jerarquía donde los mareros empiezan a subir escalones hasta llegar a la cúspide de la organización.

Estas organizaciones reclutan niños de entre 9 y 13 años, que provienen de familias desmembradas o de sectores sociales marginados que carecen de posibilidades de progreso. Los “aspirantes a mareros” son iniciados tras un rito plagado de agresiones, que dura 13 segundos e incluye apedreadas, patadas y puñetazos en el caso de los hombres. De presentar resistencia, el recuento comienza de nuevo hasta que el potencial nuevo miembro demuestre su fortaleza y capacidad de sumisión, frente a quienes han ascendido jerárquicamente dentro de la Mara. En cuanto a la iniciación de las mujeres, estas deben mantener relaciones sexuales con, por lo menos, tres miembros de la más alta jerarquía (Sampó, 2006).

En las Maras para algunos autores el narcotráfico esta implícitamente demostrado por algunos miembros que se desempeñan como soldados de infantería para redes preexistentes del narcotráfico y para organizaciones internacionales de robo de autos. Además, las Maras efectúan sofisticadas operaciones de contrabando de indocumentados. Por estas características dice Martínez (2010) que no es posible encapsular a los Maras en el concepto de grupos de crimen organizado pues en primer momento, no es sostenible en el ámbito académico y en segundo momento, en materia de políticas públicas de persecución criminal, ello puede producir consecuencias contraproducentes para una política efectiva pues este grupo responde a múltiples factores y eso podría dificultar el combate contra las estructuras del verdadero crimen organizado. Lo correcto en este caso, para Martínez es que por la multiplicidad de factores que dan vida a las Maras, estas no tengan una estructura para ser denominadas grupos criminales trasnacionales. Por otro lado, para autores como Cruz (2007) las Maras han pasado de habitar el barrio a habitar la región transmigrante entre el norte de Centroamérica y el sur de Estados Unidos; han pasado de convivir y enfrentar a los pobladores urbanos a desafiar las autoridades y las instituciones de los países de la región; han pasado de controlar las calles y la vida cotidiana del ciudadano común a controlar algunas las economías criminales ofreciendo una serie de productos y servicios a nivel local como regional. Por esta razón y por la retiración de actividades criminales, si deben considerarse como grupos de crimen organizado de carácter transnacional (Cruz, 2007).

¿Qué hace especial a las Maras?

Antes de entender a las Maras como un grupo criminal distinto a los demás existente, es importante aclarar que las formas de análisis de las estructuras mareras siguen siendo muy convencionales. El profesor Grasa (2016), establece tres falencias que podemos identificar en el estudio del crimen organizado y que para efectos de este articulo nos invita a abordar el problema fuera de los análisis habituales:

“Las formas más habituales de análisis erróneo son una o varias de las siguientes actitudes: a) no atender de manera suficiente al contexto; b) no comprender las relaciones de un fenómeno determinado con otros; y c) subordinar el análisis de un fenómeno a otro, lo que dificulta su comprensión. Y eso es, en general, lo que ha sucedido en las últimas décadas con el fenómeno de la delincuencia transnacional organizada” (Grasa, 2016, pág. 51).

Teniendo presente lo anterior, es correcto afirmar que las Maras han desarrollado una subcultura. Esto es, una estructura social y un sistema de valores con sus propios ritos de iniciación, normas, propósitos y roles, permitiendo el flujo de materiales simbólicos y de identidades (grafitis, tatuajes, comunicación de señas) provocando la vinculación de miles de jóvenes a través de la propagación de una imagen de poder y prestigio. En términos generales han sido capaces de generar una identidad colectiva que implica una valoración positiva de los demás miembros del grupo e incluye obligaciones morales, lealtad personal y una cierta dosis de altruismo recíproco entre los integrantes, suponiendo el desarrollo de marcos compartidos para interpretar la realidad que implican también la definición del grupo hacia el exterior (Vigil, 2001). Un expandillero del grupo criminal “MS-13” en una entrevista para BBC News, retrata en términos generales el arraigo que puede llegar a existir por la mara, por el barrio que los representa a todos: “Yo tenía mi lema: por mi madre vivo, pero por mi barrio voy a morir, yo amaba las dos letras (MS). Estuve dispuesto a dar mi vida por la mara”[2]

La cohesión interna como externa de las Maras es gracias a la construcción de una identidad argumentada anteriormente. Concebir a las Maras como el todo de un pandillero es el principal objetivo. Todo debe realizarse y acatarse por el respeto a la gran familia. Esta es la lógica como las y los pandilleros se afirman, se “ganan respeto” y resisten a través de actividades de trasgresión a la legalidad y de violencia. El “B-18” y la “MS-13” ofrecen espacios de preparación profesional para sectores cautivos de la población, superan la oferta de las empresas, de los programas públicos, de la buena voluntad de las organizaciones no gubernamentales y se disputan la capacidad de cooptación con los centros religiosos. Al instituirse como una opción de vida, interpelan al poder de las autoridades y de la comunidad. Con hazañas victoriosas, las clicas crean nichos de capital social y profundizan la desigual distribución de la violencia (Reséndiz, 2018).

Deconstrucción de identidades criminales y construcción de identidades culturales

Las políticas de “mano dura”, históricas y recurrentes en el contexto centroamericano, establecidas bajo criterios de represión, aislamiento y estruendosas ofensivas, han demostrado la ineficacia de los Estados en la lucha contra las Maras. Los gobiernos no han acertado en el blanco de estos grupos criminales y se han enfrascado en obedecer a lineamientos internacionales que no entienden las lógicas del conflicto y la violencia locales. El punto del que debemos partir es que el negocio o las ganancias obtenidas de ciertos actos delictivos en las Maras no constituyen de ninguna manera el principal elemento cohesionador de las pandillas. Se trata de una serie de códigos de pertenencia que se construyen en buena medida sobre la base de las diferencias y recelos frente a los “otros”; dentro de esos “otros” está cualquiera persona que no pertenezca a la pandilla. Como, por ejemplo: el Estado, organizaciones, comunidades, iglesias, pandillas enemigas y cualquier otro individuo. Ahora, identificado el punto neurálgico en el que esta sostenida toda la estructura de los grupos criminales Maras, podremos consolidar estrategias que permitan aprovechar la mayor cantidad de elementos del contexto centroamericano para la solución al problema del crimen organizado.

La profesora Santamaría (2006) establece una lógica de solución no muy distante a la realidad. Ella propone que se debe iniciar por políticas de prevención basadas en programas que busquen reorientar los códigos y símbolos del pandillero hacia modos de actuar que estén desligados de la violencia. Por ejemplo: esfuerzos como los que realiza la organización de Homies Unidos[3] de El Salvador resultan representativos de este esfuerzo. Para los jóvenes que dirigen la organización, en su mayoría ex pandilleros de una u otra de las confederaciones de Maras (la Mara Salvatrucha o la pandilla del Barrio 18) no se trata de sacar a los jóvenes de la pandilla sino de hacerlos pandilleros “calmados” que eliminen la violencia como código de conducta y que se ocupen en actividades recreativas o productivas que encaucen sus energías de manera positiva hacia su comunidad (Santamaría, 2006). La profesora da un primer acercamiento a la solución al problema, pero siendo conscientes de las dinámicas comerciales y los flujos de dinero que maneja el crimen organizado trasnacional, no es fácil cambiar las lógicas de estos grupos delictivos. Si lo tomamos como etapa de prevención como lo propone Santamaría, se lograría arrebatar a muchos jóvenes de las Maras, pues estos grupos como lo vimos anteriormente se fortalecen de la debilidad y el abandono institucional, cuando un joven no tiene familia, o tienes problemas con ellas o las condiciones económicas no permiten salir del contexto en el que se desarrolla los grupos criminales; el contexto de la pobreza.

Teniendo en cuenta el contexto en el que surgieron las Maras, un contexto de conflictos y guerras civiles donde el estado-nación estaba resquebrajado, el sentimiento y la identidad fueron acaparados por diversos grupos que mutaron a las pandillas que hoy conocemos. La identidad nunca fue con el Estado, el Estado nunca los presentó y los ciudadanos nunca se sintieron representados por él; la familia entendida en este caso como el conjunto de personas que comparten símbolos, valores y actitudes comunes, empieza a ser mi pandilla, a la pandilla se le respeta y se le debe obediencia. Por lo tanto, la ausencia del Estado contribuyo a que creara una brecha entre el ciudadano y los gobernantes.

Teniendo las pautas, cuando se habla de deconstruir una identidad, se habla de reformular las practicas violentas y criminales de estos grupos. No está mal que se cree cierta identidad hacia algo, en las lógicas del mercado actual es aceptable. Siendo conscientes del impacto que tienen las identidades mareras, organizaciones internacionales como la UNESCO podrían en primer momento, reconocer a las Maras como elemento cultural del mundo, una etiqueta que ayudaría en dos sentidos: el primero, es que se le quita el estigma violento que le han creado los medios de comunicación a las Maras. El segundo sentido, hace referencia a que se validará en cada país unas practicas culturales que antes eran reprochables para que muchos de los jóvenes pandilleros logren combinar el sentimiento inquebrantable por su grupo con el sentimiento de representar ese grupo y el Estado internacionalmente, como promotores de una identidad, algo diferente. Para esto, la comunidad internacional jugará un papel importante, pues el reconocimiento en primer momento debe partir de allí. La segregación y exclusión de los mareros termina cuando alguien a las afueras de su contexto, los ve con buenos ojos. Como se dijo al principio de este apartado, la idea no es eliminar a las Maras como estructura, pues nos dimos cuenta de que su estructura está fundamentada en un criterio puramente identitario y cultural que pueden ser modificados desde la base, para direccionarlos hacia otros fines, no delictivos ni criminales; sino que se eliminen las practicas violentas y criminales de esa estructura. Para esto también es importante que no solo la comunidad internacional, sino que el Estado, empresas privadas, ONG, se articulen bajo unas dinámicas de inclusión que potencialicen los factores culturales de las pandillas y den la posibilidad, a largo plazo de crear un sentido común de las Maras, un sentido que al principio muchos Estados centroamericanos tuvieron respecto a estas, las Maras como grupos revolucionarios (desde el punto de vista cultural) de carácter de liberación con prácticas y discursos asociados a la lucha de clases y la dignidad de los ciudadanos.

 

Referencias

Cruz, J. M. (2007). El barrio transnacional: las maras centroamericanas como red. En F. Pisani, N. Saltalamacchia, A. Tickner, & N. Barnes, Redes transnacionales en la Cuenca de los Huracanes. Un aporte a los estudios interamericanos (pág. 378). México D.F: Instituto Tecnológico Autónomo de México.

Goubaud, E. (2008). Maras y Pandillas en Centroamerica. Revista Latinoamericana de Seguridad Ciudadana, 37.

Grasa, R. (2016). Nuevas miradas sobre la seguridad y la delincuencia transnacional. Nueva Sociedad (263), 50-63.

Martínez, J. (2010). Maras en El Salvador y su relación con el crimen organizado transnacional. Programa de Cooperación en Seguridad Regional, 8.

Reséndiz, N. (2018). El péndulo pandillero en Estados Unidos: del Sur al Norte. En N. E. Rivera, Violento, luego existo: pandillas y maras en Guatemala (págs. 34-38). México: Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe.

Sampó, C. (2006). LAS MARAS CENTROAMERICANAS: UN FLAGELO EN QUE CONFLUYEN LA EXCLUSIÓN, EL CRIMEN ORGANIZADO Y LA VIOLENCIA SOCIAL. Documentos e Investigaciones Académicas (25), 5-20.

Santamaría, G. (2006). Las maras centroamericanas, una identidad que ha dejado de tatuarse: posibles lecciones para las pandillas mexicanas. PARTICIPACIÓN POLÍTICA DE LA JUVENTUD, 46.

Vigil, James Diego, “Barrio Gangs: Street Life and Identity in Southern California”, en Jody Miller, Cheryl L. Maxson y Malcolm Klein (comps.), The Modern Gang Reader, Los Ángeles, Roxbury Publishing Company, 2001, pp. 22-31.

 

[1] Estudiante de 8vo semestre de Ciencias políticas

[2] Para conocer la entrevista remítase al siguiente link: https://www.youtube.com/watch?v=GSv-GiR4Ll0 . En el minuto: 1:49.

[3] Para más información, remítase a la página web: http://homiesunidos.org/programs/

Construcción de paz local y territorial
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