logo cepri
logo upb
Martes, 02 Marzo 2021 02:02

La trágica paradoja consumista

La trágica paradoja consumista Photo by MIGUELE_MR_CZ on Foter.com / CC BY-SA

Por más complejo que pueda ser el escenario al que nos enfrentamos, está en nuestras manos la posibilidad de crear soluciones y evitar el sufrimiento de millones de personas.

Juan David Montoya Espinosa[1]

Nuestra economía de mercado ha dado paso evidentemente a una sociedad de mercado. Esto se expresa en las intrincadas relaciones oferta y demanda, compra y venta, a lo largo y ancho de nuestras sociedades. Es un mundo en que se compra y se vende todo, a cada segundo, en todos los lugares. Nuestros niveles de consumo son inéditos en la historia y para nadie es una sorpresa el mundo productivista, consumista y mercantilizado en que vivimos.

Aunque esta situación y sus consecuencias son conocidas en términos generales por la mayoría, podríamos dar algunas cifras que nos recuerden concretamente a qué clase de derrochador mundo nos referimos. Por ejemplo, cada año se producen más de 2.100 millones de toneladas de desechos, equivalentes a más de 800 piscinas olímpicas (BBC, 2019); tan solo Colombia produce 12 millones de toneladas al año, de las cuales se recicla únicamente el 17% (Agronegocios, 2020). Por otra parte, según la ONU (2020), se estima que un tercio de toda la comida producida (unos 1.300 millones de toneladas) se desperdicia, a la vez que 2.000 millones de personas tiene sobrepeso u obesidad y simultáneamente casi otros 2.000 millones padecen hambre o desnutrición. Aquellas son solo algunas cifras desde una perspectiva macro, pero con seguridad todos podemos pensar en ejemplos más cercanos y personales acerca de los astronómicos niveles de consumo en que vivimos.

Siendo este un evidente problema de nuestras sociedades contemporáneas, han surgido entonces diferentes voces y propuestas orientadas a reconsiderar nuestros hábitos de consumo y estilos de vida despilfarradores. Desde el Vaticano[2] hasta algunos de los filósofos más importantes de nuestro tiempo como Thomas Pogge[3], Peter Singer[4] e importantes personajes y celebridades alrededor del mundo señalan los perjuicios de nuestro sistema socioeconómico en cuanto al impacto sobre el medio ambiente, el daño psicológico y la negligencia con los más necesitados.

Todos estos pareciesen ser entonces llamados razonables y sensatos, especialmente cuando las consecuencias, como las señaladas previamente, son evidente para la mayoría de personas. Sin embargo, esperar detener la gran máquina productivista sobre la que vivimos en la actualidad para tener un mundo más responsable y menos consumista parecería ser una utopía. Es por esta razón que aquellos llamados han terminado limitando a un carácter residual con un impacto mucho menor del que se desearía.

No obstante, durante el pasado año 2020 sucedió algo que sacudió al mundo entero y cambió contra nuestra voluntad las dinámicas sociales. Un hecho indeseable e inesperado como una pandemia global nos ha obligado a vivir de formas que nos habrían parecido impensables previamente. A causa del Covid-19, por obvios motivos de salud y seguridad, muchísimas actividades se vieron forzadas a detenerse y otras a adaptarse, los espacios públicos se vacearon y los hogares se volvieron el cuartel para desarrollar todo tipo de funciones. Se materializó entonces algo muy interesante relacionado con la presente discusión: las medidas de seguridad obligaron a que nuestras sociedades produjeran -y consumieran- estricta y exclusivamente lo necesario. Podemos comprobar esto al revisar los permisos que el Gobierno Nacional -y demás Estados alrededor del mundo- dieron a ciertas personas e instituciones que se consideraban como esenciales o necesarias para la adecuada subsistencia de las familias a la vez que se protegían del virus. De alguna manera, el coronavirus hizo posible el sueño de muchos idealistas de vivir con lo básico. Pero ¿qué sucedió entonces?

Las consecuencias sociales y económicas de vivir con lo necesario se hicieron sentir de inmediato y con mayor dramatismo en nuestras sociedades desiguales y subdesarrolladas. Con tasas de informalidad laboral alrededor del 50 y 40%, una gran masa poblacional en altas condiciones de vulnerabilidad, que vivía de sus ingresos diarios, se vio afectada gravemente, obligando a la reacción del gobierno y la sociedad civil para ayudar de diferentes maneras a los más perjudicados por aquellas inesperadas condiciones de la cuarentena. Adicionalmente, poco a poco, a medida que la producción y el consumo de diferentes bienes y servicios en la economía se veía detenida o disminuida, muchos empleados formales se vieron despedidos por sus empresas. En términos económicos, el panorama general es sumamente preocupante y se han pronunciado todo tipo de pronósticos catastrofistas alrededor del mundo sobre la crisis que la pandemia va a causar y está ocasionando.

Recapitulemos el dilema que la situación actual nos ha presentado: el sueño de vivir produciendo y consumiendo menos, casi lo necesario, ha generado consecuencias catastróficas para las economías del mundo, especial y directamente sobre aquellos en condiciones más precarias y vulnerables. No son especulaciones o teorías, es la realidad la que nos ha planteado esta trágica paradoja. Nos vemos obligados a preguntarnos entonces ¿es verdaderamente imposible un mundo menos consumista, contaminante, despilfarrador y materialista sin que se vean seriamente perjudicados millones de personas?

La respuesta es que por supuesto no es imposible. Lo que los hechos actuales nos han demostrado no es la necesidad de la tragedia, sino las estructurales injusticias y falencias de nuestro sistema social. Podemos empezar señalando por ejemplo la inseguridad en que viven millones de personas bajo el régimen neoliberal: la flexibilización y privatización de diferentes medios de bienestar y protección social se han visto sumamente socavados, dejando indefensas a grandes capas trabajadoras y explotadas de la sociedad. El sector privado, motor de nuestra economía de mercado, fue totalmente incapaz de dar respuesta a una respuesta de carácter público, e incluso se presento como una víctima más que esperaba ayudas del Estado. 

No hay nada de natural en el orden de cosas que estamos viviendo en medio del Covid-19, todo esto exige una revisión desde lo político, económico, moral y demás. ¿Quiénes ganan y pierden en medio de nuestras crisis? ¿A quienes favorece y perjudica nuestro sistema económico? ¿Son justas nuestras sociedad y estilos de vida? Todo tipo de serios y profundos interrogantes debería estarnos dejando las consecuencias de la pandemia. Si fuimos capaces de detener el mundo por un virus microscópico, ¿por qué no somos capaces de cambiarlo por nuestros millones de hermanos que pasan hambre y lamentables necesidades diariamente? Ya vimos que sí es posible detener esta gigantesca maquinaria, ¿por qué no replantearla en nombre de la justicia y del bienestar humano? Los múltiples perjuicios que hemos estado viviendo no son culpa del coronavirus, son culpa de los mismos seres humanos.

Esto quiere decir que por más complejo que pueda ser el escenario al que nos enfrentamos, está en nuestras manos la posibilidad de crear soluciones y evitar el sufrimiento de millones de personas. Alrededor del mundo hemos visto todo tipo de medidas para que la crisis económica no tenga drásticos impactos sobre la población, y a medida que improvisamos sin duda quedan importantes aprendizajes.

En primer lugar, queda claro el papel fundamental del Estado como primera y mayor institución pública, de este se ha exigido el conjunto de acciones que van desde la salud, el control social y la economía. Parece entonces que no es el mercado y la empresa privada, ni los organismos internacionales los más capaces para actuar en los casos de crisis social. Probablemente todos habríamos deseado un Estado más robusto y capacitado para sobrellevar las condiciones económicas y sociales en que nos puso la pandemia. Esto por su parte implica una necesidad de mayores recursos que permitieran una economía en pausa pero sin víctimas ni perjudicados, incluyendo desde mayores y mejores recursos para la salud, hasta subsidios y financiación para las familias de manera que su calidad de vida no se viera fuertemente afectada. Sin embargo aspirar a un considerable aumento de recursos públicos significa probablemente una reforma fiscal.

El economista Luis Jorge Garay, en su extensa investigación sobre la dinámica de las desigualdades en Colombia, señala que existe un “exceso de gabelas y exenciones” en el recaudo fiscal del país por los cuales el país deja de recibir más de 50 billones de pesos[5], donde las tasas efectivas de tributación son mucho más bajas que las nominales y a su vez el 1% más rico del país le impactan solo 4% de sus ingresos. Ante esto, Garay argumenta que “se debe actualizar el estatuto tributario bajo sus principios de equidad, el país se debe mover a un desmantelamiento de buena parte de esos tratos preferenciales”. (La República, 2019). Si el mercado y sector privado no han sido capaces de dar una verdadera solución a las principales problemáticas de nuestro país como la pobreza, el desempleo, la informalidad, la violencia, la injusticia, la corrupción y demás, ¿por qué buscar darles “gabelas” y exenciones frente a sus obligaciones con el Estado y la sociedad? Este podría ser el primer paso hacia la construcción de una sociedad más justa, donde los más vulnerables no tengan que pagar el costo de las crisis y tengamos el apoyo como sociedad en nuestras instituciones públicas.

Construir un mundo diferente no es de ninguna manera un sueño o una utopía, sino un deber en tanto nos referimos a cuestiones de justicia y del sufrimiento humano. Para estos cambios afortunadamente contamos con una serie de innovaciones sociales y tecnológicas que nos permitirían generar mejores condiciones a cada vez más personas. Lamentablemente, en muchos escenarios, el primer obstáculo es el desconocimiento y la falta de voluntad; ser conscientes de la necesidad y posibilidad de cambio, junto con posibles mecanismos con que contamos para la transformación de nuestras sociedades será el primer paso de la esperanza a la realidad de un mundo mejor.

 

Referencias

Agronegocios. (2020). Solo el 17% de los residuos sólidos de Colombia son reciclados, advirtió el DNP. Tomado de https://www.agronegocios.co/clima/solo-el-17-de-los-residuos-solidos-de-colombia-son-reciclados-advirtio-el-dnp-2970019

BBC. (2020). 3 cifras impactantes sobre el país que produce más basura en el mundo - BBC News Mundo. Tomado de https://www.bbc.com/mundo/noticias-48914734

La República. (2019). “Hay un exceso de gabelas y exenciones, clarísimo en Colombia”, Luis Jorge Garay. Extraído el 14 de febrero de 2021, de https://www.larepublica.co/economia/hay-un-exceso-de-gabelas-y-exenciones-clarisimo-en-colombia-luis-jorge-garay-2946748

ONU. (2020). Consumo y producción sostenibles. Tomado de https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/sustainable-consumption-production/

Vatican News. (2020). El consumismo es un virus que afecta a la fe y anestesia el corazón - Vatican News. Tomado de https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2019-12/fe-y-esperanza-caminamos-entre-vicisitudes-felices-y-dolorosas.html

 

[1] Economista y estudiante de Ciencias Políticas (próximo a graduarse) de la UPB. Estudiante de la maestría en Psicología Social en la misma universidad y especialista en Políticas Públicas para la Igualdad con el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

[2] “El consumismo es un virus que afecta a la fe en su raíz porque te hace creer que la vida depende sólo de lo que tienes, y así te olvidas de Dios que viene a tu encuentro y de los que te rodean” (Vatican News, 2019)

[3] Pogge es un defensor desde la práctica y la teoría del altruismo eficaz, defendiéndolo a través de su obra y en la practica haciendo parte de la fundación Givin What We Can, una organización asociada al altruismo eficaz cuyos miembros se comprometen a dar un mínimo del 10% de sus ingresos a organizaciones benéficas efectivas.

[4] Peter Singer es uno de los mayores -tal vez el mayor- teórico alrededor del altruismo eficaz, como demuestra su extensa obra sobre el tema y su participación en diferentes causas benéficas.

[5] Para tener una perspectiva de lo que esto implica para el país, el presupuesto del año 2020 fue de $271,7 billones, lo cual representaría un aumento de casi el 20%.

Construcción de paz local y territorial
analecta

Contacto

Campus de Laureles
Circular 1 No. 70-01 - Bloque 12
Medellin - Colombia
Teléfono: (57 4) 354 45 34 - 354 45 36
E-mail: felipe.usuga@upb.edu.co -
nicolas.beckmann@upb.edu.co