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Viernes, 23 Agosto 2019 20:37

Pobreza y desigualdad globales: dos visiones institucionalistas

La pobreza y la desigualdad extremas existen porque los arreglos institucionales y las decisiones políticas así lo permiten

 

Por : Elsa Marie Rochette[1] y Santiago Toro Pérez[2]

 

Pobreza y desigualdad globales: dos realidades objetivas

La pobreza y la desigualdad extremas son problemas que las sociedades contemporáneas no pueden ignorar. Su existencia es evidente y, sobre todo, preocupante para el propósito de conseguir un mundo cada vez más justo y equitativo. Puede suceder que muchos reconozcan su existencia y, sin embargo, nieguen que existan soluciones al problema. En efecto, es común encontrarse con algunos intentos que buscan defender racionalmente la existencia de estos fenómenos, amparándose en conceptos abstractos como el de “mercado”. Este es el caso, por ejemplo, de los anarcocapitalistas y paleolibertarios. Pero es claro que la pobreza y la desigualdad extremas existen, no porque no haya otra alternativa o porque se trate de un fenómeno natural e inevitable, sino porque los arreglos institucionales y las decisiones políticas así lo permiten. En ese sentido, si se trata de problemas sociales y no de problemas naturales, significa que pueden y deben ser solucionados. Este deber es todavía más fuerte por el hecho cierto de que tenemos a nuestra disposición medios y estrategias para lograrlo.

Desigualdad y pobreza globales tienen una existencia real y objetiva. Si bien las fuentes estadísticas y las herramientas cuantitativas no son la prueba definitiva de lo real, sí otorgan claridad respecto a ella. Las siguientes son estadísticas extraídas del informe más reciente entregado por la organización Oxfam, en enero de 2019:

  1. La fortuna de los milmillonarios aumentó en un 12% en el último año, es decir, 2500 millones de dólares diarios, mientras la riqueza de la mitad más pobre de la población mundial, que equivale a 3800 millones de personas, se redujo en un 11%.
  2. Los milmillonarios son más ricos que nunca. Entre 2017 y 2018, cada dos días surgía un nuevo milmillonario en promedio.
  3. Si el 1% más rico pagase solo un 0,5% más de impuestos sobre su riqueza, podría recaudarse más dinero del necesario para escolarizar a los 262 millones de niñas y niños que actualmente no tienen acceso a la educación, y proporcionar asistencia médica que podría salvar la vida de 3,3 millones de personas.
  4. La riqueza está cada vez más concentrada en menos manos: el año pasado, 26 personas poseían la misma riqueza que 3.800 millones de personas,
    la mitad más pobre de la humanidad; el año anterior esta cifra era de 43 personas.
  5. La fortuna de Jeff Bezos, propietario de Amazon y el hombre más rico del mundo, se ha incrementado hasta alcanzar los 112.000 millones de dólares. Tan solo el 1% de su fortuna equivale a la totalidad del presupuesto sanitario de Etiopía, un país donde viven 105 millones de personas.
  6. Casi la mitad de la población mundial (3.400 millones de personas) vive con menos de 5,50 dólares al día.
  7. Las grandes fortunas ocultan a las autoridades fiscales 7,6 billones de dólares. También las empresas ocultan grandes cantidades de dinero en jurisdicciones extranjeras. Como resultado, los países en desarrollo se ven privados de 170.000 millones de dólares anuales.
  8. En los países de renta media y baja, se estima que la falta de acceso a los servicios de salud es responsable de 3,6 millones de muertes anuales.
  9. En el África Subsahariana el 37% de la población carece de acceso a un sistema mejorado de abastecimiento de agua, y el 65% carece de acceso a electricidad.
  10. Se estima que, tan solo en África, hasta el 30% de la riqueza privada se encuentra en jurisdicciones extranjeras, lo cual priva a los Gobiernos africanos de aproximadamente 15 000 millones de dólares en concepto de ingresos fiscales.

Mucho más podría citarse con el fin de reforzar las tesis de que la pobreza y la desigualdad son reales y perjudican considerablemente a una gran cantidad de seres humanos. Basten inicialmente estos datos para sentar las bases sobre las que el presente escrito habrá de desarrollarse.

 Institucionalismo: pobreza y desigualdad globales

Estos ejemplos precisos de las injusticias globales nos sirven como acuerdo inicial en tan básica cuestión, y son útiles a fin de atreverse a formular caminos para su superación. En esta línea de pensamiento, “Institucionalismo” e “interactivismo” han sido dos de los principales enfoques teóricos que se han propuesto para dar solución a los fenómenos de la pobreza y la desigualdad extremas. Por un lado, el institucionalismo defiende que la principal fuente generadora de pobreza son las instituciones globales de la actualidad y la forma en que estas se organizan. Por otro lado, el interactivismo sostiene que son los individuos quienes se encargan de suscitar situaciones de pobreza y desigualdad, de suerte que son los mismos individuos, interactuando unos con otros, los responsables de encontrar una solución al flagelo en cuestión.

De manera específica, el presente escrito parte de la premisa de que son las instituciones, mucho más que los individuos, las encargadas de generar un orden global injusto en el que los índices de pobreza y desigualdad son alarmantes. En consecuencia, solo una reforma sustancial de tales estructuras globales permitirá mejorar las condiciones de vida de los menos favorecidos. Pero el institucionalismo no es una visión uniforme, así que hay diversos enfoques que conviene tener presentes. Aquí serán analizadas las teorías de dos autores institucionalistas: Thomas Pogge y Thomas Nagel, de quienes se expondrán, genéricamente, sus semejanzas y diferencias en torno al problema de la pobreza y la desigualdad extremas.

 Pogge y Nagel: convergencias

La primera apreciación que ambos comparten es que la pobreza extrema es evitable y que puede ser erradicada sin perjudicar el nivel de vida de los más ricos de manera significativa. Para demostrar este hecho, Nagel se sirve del ejemplo de las hambrunas, en las que existe una desigualdad radical, toda vez que “the bottom level is one of direst need, the top level one of great comfort or even luxury, and the total supply is large enough to raise the bottom above the level of extrem need without bringing significant deprivation to those above”. (Citado en Pogge & Moellendorf, 2008, p. 50).

La tesis que sostiene este planteamento es que, a pesar de que el nivel de producción actual es suficiente para abastecer a todas las personas del mundo, muchas continúan muriendo de hambre. Frente a esta situación, tanto Pogge (2009) como Nagel (2008) rechazan la caridad como solución definitiva, describiéndola como una práctica aleatoria que depende de la buena voluntad de cada uno de los individuos. La caridad se torna problemática puesto que, según Nagel (2008), al ser voluntaria permite que los países más ricos estipulen con total autonomía cuál será el límite de sus donaciones, de forma tal que los límites corresponden a los intereses del país donante. La situación, lamentablemente, se repite con exactitud en la esfera individual. Además, y no menos importante, respaldar la caridad como solución al problema de la pobreza y la desigualdad extremas impide cuestionar la legitimidad del sistema de propiedad actual, renunciando a la posibilidad de impugnar la proveniencia de los bienes donados (Nagel, 2008). 

En efecto, tanto para Pogge como para Nagel, el sistema de instituciones a nivel global es ilegítimo. El primero justifica su posición recurriendo a las violaciones de los derechos humanos que sufren los pobres globales, permitidas por la normatividad económica internacional y por las instituciones encargadas de formular y ejecutar tales disposiciones, como la Organización Mundial del Comercio (OMC) (Pogge, 2005). Nagel coincide con Pogge al denunciar la responsabilidad del sistema económica internacional en la producción de pobreza y desigualdad. De manera que, por sus consecuencias, el sistema de instituciones globales es ilegítimo.  

Ambos autores sustentan sus posiciones partiendo de la noción de “deberes negativos”. Como bien lo enuncia Pogge en su texto Hacer justicia a la humanidad,  contrario al deber positivo, que implica una actuación directa, el deber negativo implica no contribuir en la generación de escenarios moralmente reprochables (2009). Pogge y Nagel demuestran que los mejores situados a nivel global participan del sistema ecnonómico desatendiendo sus deberes negativos y, como consecuencia, ignoran que tienen la responsabilidad de actuar para impedir la pobreza y la desigualdad extremas. Según Pogge (2009), estos están moralmente obligados a proporcionar una retribución compensada por el uso ilegítimo de los recursos globales.

  La idea seminal que comparten ambos teóricos puede resumirse de la siguiente manera: en primer lugar, el sistema internacional está compuesto por reglas que han sido definidas por los más ricos y que, por tanto, están destinadas a favorecer únicamente sus intereses y, en segundo lugar, dado que dicho sistema produce pobreza y desigualdad extremas, los ricos tienen un deber negativo hacia los pobres cuyas raíces son morales. De acuerdo con Pogge (2009), este deber negativo, al ser un deber de tipo ‘no-hacer’, se diferencia de los deberes positivos, de tipo ‘hacer’: “no torturar, no violar, no destruir cultivos ni ganado necesarios para la supervivencia”, serían ejemplos de deberes negativos de origen moral.

Ahora, tienen también un deber positivo, porque participan de la perpetuación de instituciones sociales que permiten la apropiación unilateral desequilibrada de bienes. Cuando un ciudadano compra un producto que ha sido importado desde países cuyos regímenes son represivos o no democráticos, contribuye a la legitimación de los derechos de propiedad del grupo opresivo que ostenta dicho poder, y soporta las elecciones de importación de las empresas. Los ciudadanos de países ricos pueden, fácilmente, darse cuenta de su propia influencia cuando buscan información sobre los productos que consumen, de suerte que su responsabilidad con respecto a la pobreza y la desigualdad es doble: un deber negativo y un deber positivo (Pogge, 2009).

El esquema exlicativo descrito previamente enfrenta a Pogge y a Nagel con las teorías de John Rawls, quien, con su noción de sociedad cerrada, considera que la pobreza y la desigualdad hunden sus raíces, principalmente, en causas nacionales como la naturaleza de los gobiernos, la cultura de corrupción, entre otras; según Rawls “las causas y forma de la riqueza de un ueblo radican en su cultura política y en las tradiciones religiosas, filosóficas y morales que sustentan la estructura básica de sus instituciones políticas y sociales” (Rawls, 2009, p. 121). Por el contrario, Pogge y Nagel critican con decisión el nacionalismo explicativo en el que incurre Rawls y ponen de manifiesto la innegable interacción entre el nivel global y el nacional. De allí que las propuestas de ambos se desarrollen en una escala global.

En definitiva, las propuestas  de ambos autores presentan algunas convergencias, en tanto que proponen reformar el orden institucional sin sugerir, en ninguno de los dos casos, la abolición de la propiedad privada. Por un lado, la propuesta de Pogge parte de la idea de que los pobres tienen intereses inalienables sobre los recursos naturales globales y, al ser excluidos del uso de estos recursos, son víctimas de instituciones sociales compartidas e injustas. Por tal razón, Pogge (2009) propone la creación de un mecanismo de dividendo sobre el uso y venta de los recursos naturales de un país, que será luego redistribuido entre los pobres del país al cual pertenece dicho recurso. Y Nagel, por otro lado, defiende la idea de un “sistema voluntario internacional” (universal involuntary system) para dar más efectividad a las instituciones globales. El autor aboga por un cambio en las instituciones que busque situar a los individuos en la base de las instituciones en lugar de los Estados (2008). Su propuesta consiste en crear estructuras globales de poder injustas e ilegítimas tolerables para los intereses de los Estados poderosos, con el fin de que posteriormente, frente a la presión de los ciudadanos, se propicien instituciones más justas y legítimas (Nagel, 2005). Para sostener este mecanismo, Nagel (2005) se apoya en el orden de los procesos históricos: la soberanía precede siempre la legitimidad.

Finalmente, es preciso resaltar, como última semejanza entre las dos posturas institucionalistas descritas, que sus dos autores se inclinan, manifiestamente, por un análisis sincrónico del fenómeno de la pobreza global, esto es, un análisis que, sin despreciar los antecedentes del fenómeno en cuestión, prioriza las condiciones actuales sobre las históricas.  

Pogge y Nagel: divergencias

 La primera divergencia entre ambos autores se hace manifiesta en el énfasis que Nagel (2008) hace sobre los alimentos como bienes primordiales para la estimación de la pobreza y la desigualdad globales. Esto quiere decir que alrededor de ellos el autor se propone exponer los conceptos de pobreza y desigualdad globales que constituyen el centro de la problemática. En la obra de Nagel, la hambruna es utilizada argumentativamente como medio y no como fin, lo que permite una ejemplificación clara y una identificación mayor del lector y de su responsabilidad frente al tema. En dicho sentido, puede suscribirse la idea de que Pogge cuenta con una teoría mucho más compacta e integral, en la que los derechos humanos de los pobres globales ocupan el lugar central de su propuesta. Si a esto sumamos que, para este último, lo realmente importante es la protección de los derechos humanos morales, más que los legales, está claro que su propuesta abarca una porción mucho mayor de la realidad.

De lo anterior se sigue una diferencia más entre ambos autores: la factibilidad práctica de cada una de sus propuestas. Cuando hablamos de factibilidad nos referimos a la viabilidad política que tienen dichas propuestas de convertirse realidad: en definitiva, la solución a los problemas de la pobreza y la desigualdad globales supone un alto porcentaje de voluntad política, proveniente de quienes dirigen la toma de decisiones a nivel intraestatal e interestatal. Para Pogge (2009), es claro que sin el apoyo de los Estados Unidos y de la Unión Europea la materialización de sus propuestas es, cuando menos, casi imposible. Ante tal dificultad, este anticipa la existencia de dos escenarios. En el primer escenario, las movilizaciones y presiones sociales lleven a los distintos gobiernos de países ricos a implementar dichas medidas; en el segundo, se les demostraría a estos países que no combatir la desigualdad ni la pobreza puede generarles graves perjuicios en el futuro. Esto es, aquí se apela a los intereses egoístas que regulan el actual sistema institucional global. Según Pogge (2009), la conveniencia es el argumento que tiene mayor peso, aunque adolece de algunas limitaciones.

El apoyo a la propuesta de Nagel (2005), en cambio, sería más fácil de lograr ya que apela a los intereses económicos de las principales potencias mundiales. En cualquier caso, no puede ignorarse la relevancia de la sociedad civil en este proceso: su labor es esencial para que las instituciones sean cada vez más justas. Tanto Pogge como Nagel están de acuerdo en este hecho.  

Finalmente, la crítica al lujo —y el énfasis con el que ella se hace— es otro de los aspectos que distancian a ambos autores: Nagel (2008), mucho más que Pogge, se interesa por condenar con vehemencia la existencia de bienes de lujo que solo pueden ser disfrutados por ciudadanos de países ricos. Es en dicho sentido, precisamente, que la suya puede etiquetarse como una iniciativa igualitarista.

Un Balance general

 Entre las propuestas institucionalistas de Pogge y Nagel existe, mutatis mutandis, una clara complementariedad que permite comprender eficazmente el problema de la pobreza y desigualdad globales radicales. Optar por un enfoque institucional posibilita un análisis integral de dichos problemas, y previene incurrir en los reduccionismos que implica el uso de un enfoque exclusivamente interactivo. Este último acepta, de suyo, que la generación de pobreza y desigualdad tiene lugar, principalmente, en la escala individual y, por tanto, ignora la profunda influencia que ejercen las instituciones sobre dichos fenómenos. Como consecuencia, no se trata de obstaculizar los intentos individuales por solucionar los problemas de pobreza y desigualdad radicales en el mundo, sino de tomar conciencia de su insuficiencia práctica: fenómenos cuyas causas son institucionales necesitarán, a su vez, soluciones de naturaleza institucional.

Por otro lado, y si partimos de la idea de que existe una moral universal objetiva, la decisión de Pogge (2005) de optar por los derechos humanos morales como criterio evaluador de la justicia global representa un gran acierto, toda vez que conduce la discusión a un campo en el que no hay lugar para relativismos legales, de suerte que constituye un lugar de argumentación sólido y consistente.

Finalmente, es preciso resaltar la relevancia que posee la crítica al sistema de propiedad actual en las propuestas de ambos autores, puesto que representa el punto de partida hacia la solución de los problemas de pobreza y desigualdad radicales. Esto es especialmente visible en Nagel, quien, al desmarcarse de las visiones libertarias más fundamentalistas, reitera el hecho de que la libertad económica exacerbada puede generar —y de hecho genera— un orden que, aunque sea legal, es injusto e ilegítimo. En definitiva, la pobreza y la desigualdad radicales son fenómenos globales que poseen y exigen una solución eficaz, en la que las instituciones han de desempeñar una labor central y protagónica. Es un deber no desatender tal exigencia. Frente a la falta de actuación de los gobiernos, es la sociedad civil la que debe movilizarse para ejercer presiones en las instituciones. Millones de vidas humanas así lo precisan.

 

REFERENCIAS

 

Nagel, T. (2008). Poverty and Food: why charity is not enough. En T. Pogge & D. Moellendorf. Global Justice: Seminal Essays. St. Paul: Paragon House.

Nagel, T. (2005). The Problem of Global Justice. Philosophy & Public Affairs, Vol. 33, No. 2. pp. 113-147

Oxfam Internacional. (2019). ¿Bienestar público o beneficio privado? Disponible en: https://oxfamilibrary.openrepository.com/bitstream/handle/10546/620599/bp-public-good-or-private-wealth-210119-es.pdf

Pogge, T. (2009). Hacer justiciar a la humanidad. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Pogge, T. (2005). La pobreza en el mundo y los derechos humanos. Barcelona: Ediciones Paidós.

[1] Estudiante de intercambio en Ciencias Políticas. Correo: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[2] Estudiante de séptimo semestre de Ciencias Políticas. Correo: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. 

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