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Jueves, 15 Marzo 2018 00:01

Terrorismo después del 11-S: islamofobia y mediática

Terrorismo después del 11-S: islamofobia y mediática Tomada de: AnnurTV

MARIBEL POSADA & FELIPE ÚSUGA*

El 11 de septiembre del 2001 ocurrió un evento que cambió las dinámicas políticas, sociales y militares del mundo. El atentado a las Torres Gemelas en Nueva York evidenció la incapacidad estadounidense de proteger su propio suelo –cosa que no sucedía desde la Revolución mexicana, excluyendo Pearl Harbor–. Debido a la amenaza latente, Estados Unidos incrementó las medidas de seguridad nacional a nivel interno y, a nivel externo, trasladó el escenario de guerra en Medio Oriente a Afganistán. El asunto era que, si la potencia ganadora en la Guerra Fría podía ser atacada y potencialmente vencida, su condición hegemónica quedaba en entredicho.

Fue después del 11-S que el terrorismo, a pesar de ser una práctica antigua, adquirió nuevas dinámicas en las que la sociedad civil se vio mucho más involucrada, convirtiéndose entonces en un asunto prioritario para los Estados y para la comunidad internacional como tal. El hecho de que la seguridad de estos se ponga en entredicho sitúa al terrorismo y la lucha en su contra en el foco de la atención contemporánea; además, las problemáticas sociales que genera lo hacen fundamental para comprender las relaciones de poder de los actores irregulares en el orden mundial actual.

Dentro de las políticas antiterroristas y la lucha adoptada, se agudiza el fenómeno sociopolítico de la “islamofobia”, en el que personas o grupos de personas discriminan de manera generalizada a toda la población musulmana, o en la práctica, a todo aquel semejante a las culturas árabes; manejando entonces la dinámica de amigo-enemigo que, en opinión de Kaldor (2010), “destruye la legitimidad política” (p. 26). El islam apareció para Occidente como el reemplazo en la posguerra fría de su enemigo tradicional –el comunismo–; por lo que se ha vuelto un concepto básico para comprender coyunturas políticas en Europa y el mundo, como el latente retorno de los nacionalismos y sectarismos al sistema político.

De manera adicional, para entender el fenómeno del terrorismo internacional es vital analizar las implicaciones de los medios de comunicación en el mismo. Las nuevas dinámicas de estos grupos irregulares buscan legitimar sus relatos, involucrar personas, darse a conocer y, lo más importante, destruir el orden social imperante a través del miedo. La mediática convierte al terrorismo en un asunto de relevancia masiva y amplía el alcance de sus consecuencias, por lo que comprenderla es lógico y necesario.

Terrorismo: dificultades de definirlo y delimitarlo

Para comprender ampliamente el fenómeno es fundamental aclarar correctamente su significado, sus formas, su evolución y sus implicaciones estratégicas y tácticas para los Estados y la sociedad civil. El terrorismo es un término bastante difícil de definir, debido a su amplitud y complejidad; sin embargo, podría ser considerado, según la definición de Pardo (2004), como “la violencia, utilizada en forma selectiva, contra objetivos específicos o indiscriminada contra blancos civiles o ejercida con la intención de producir efectos de terror sobre la población o sobre un sector de ella” (p. 30).

Ahora bien, contrario a lo que muchos creen, el terrorismo no apareció el 11 de septiembre de 2001 sino que su práctica se remonta siglos atrás. Al respecto, Pardo (2004) recuerda que “los rastros conocidos más antiguos de terrorismo se pueden ubicar en la secta de los sicarii, en Palestina, un siglo antes de Cristo”; viniendo luego, por nombrar algunos, los assasins en Persia, los thugs en la India, los boxers en la China, el Ku Kux Klan en Estados Unidos, los anarquistas y socialistas de la Europa decimonónica, pasando por los bombardeos contra objetivos civiles en la Segunda Guerra Mundial, los grupos irregulares en el marco del conflicto israelí-palestino, entre muchos otros, hasta llegar a las formas de terrorismo internacional contemporáneo. Sin embargo, el término ‘terrorista’ tiene sus orígenes en la época del terror durante la primera etapa de la Revolución Francesa entre 1793 y 1974 (pp. 30-33).

Sobre las finalidades con que se realizan los ataques terroristas, el Ministerio de Defensa de España (2009, p. 117) considera que estan motivados por la intención de i) promover la salida de tropas extranjeras emplazadas en un país mediante la intimidación de nacionales del país ocupante, ii) intimidar a los dirigentes de un país, iii) desgastar uno o varios Estados, iv) desestabilizar una ciudad, país o región mediante ataques de alto impacto para generar enfrentamientos civiles, v) provocar una respuesta contundente de un adversario estatal, y vi) sabotear gestiones pacíficas de conflictos.

En otras palabras, el terrorismo afecta directamente la seguridad de un Estado, atacando la esencia misma de su estabilidad y la cotidianidad social, ya que dichos actos están encaminados principalmente a generar miedo a los habitantes de determinado territorio, ya sea rural o urbano. Estos ataques no son realizados de acuerdo al modelo de guerra tradicional –entre dos o más Estados con ejércitos nacionales– y buscan la maximización de la eficacia y la minimización del esfuerzo, por lo que podría considerarse una manifestación de una guerra irregular o asimétrica. Es entonces un fenómeno eminentemente desestabilizador y, en consecuencia, “ha significado la ruptura del sistema valorativo que constituía la seguridad para un Estado y ha llevado el modelo militar táctico a lo obsoleto” (Vargas, Franco, & Betancur, 2016, p. 14).

Islamofobia e identidades: el musulmán es el enemigo

Adquiere entonces importancia el asunto de los medios de comunicación en el conflicto. A través del control de los mismos, Occidente logra darle cuerpo a su enemigo y globalizarlo, ya que con la constante premisa del expansionismo ideológico americano –con la democracia liberal y el capitalismo– buscan que los demás países se identifiquen con sus relatos e identifiquen al enemigo tal como lo hacen ellos. Este asunto se hace más simple debido a que la amenaza posee unos rasgos de fácil reconocimiento y generalización: la población de Medio Oriente. Al respecto, Pardo (2004), refiriendose a la teoría de las nuevas guerras de Mary Kaldor, recuerda que uno de los rasgos de estas nuevas modalidades de conflicto es la política de identidades, entendiéndolas como “una reivindicación del poder que se basa en la identificación concreta con un estereotipo, sea éste nacional, étnico, linguístico, regional” (p. 35). Es posible hacer un símil con la propaganada antisemita utilizada por el régimen nazi antes y durante la Segunda Guerra Mundial, que permitió que toda una raza fuera encasillada, señalada y, en tales circunstancias, se consintiera su exterminio. Viendolo en términos realistas, si bien tras el fin de la guerra se establecieron parámetros para que el deseo de las mayorías no acabara con las minorías –el derecho internacional, los derechos humanos, entre otros–, algunas estrategias propagandísticas posteriores han personificado al enemigo del Estado y de sus interéses, en una suerte de raison d’État, y se han legitimado actuaciones en contra de ciertos actores estatales y no estatales alrededor del globo. Para Mijares & Ramírez (2008) la islamofobia se define entonces como:

La manifestación del odio, la repugnancia y la hostilidad hacia los musulmanes, se traduce en términos prácticos en una exclusión de estos de la vida económica, social y pública de una nación, al tiempo que son víctimas de discriminación y persecución. (p. 123)

Permite entonces que exista un enemigo real, identificable y señalable, y no un ‘fantasma’, intangible e ideal, como lo fue el comunismo durante la Guerra Fría. Grandes sectores de la población occidental denigran sistemáticamente a la civilización islámica o, en un sentido más amplio, a la población árabe –ya que, aunque no necesariamente profesa la religión musulmana, corresponde al fenotipo característico del Medio Oriente, siendo también receptores de discriminación y censura–.

El papel de los medios de comunicación

Surge entonces el asunto del papel del periodismo y los medios de comunicación en el fenómeno del terrorismo internacional. El hecho de que actualmente vivamos en la era de la televisión y las redes sociales globales, instantáneas y continuas hace que cualquier atentado tenga una vertiginosa masificación: en cuestión de minutos millones de personas están enteradas de detalles e imágenes en vivo del evento. “Matar a uno y amedrenar a cientos es el lema del terrorismo y para maximizar la amenaza los medios masivos de comunicación son el vehículo ideal” (Pardo Rueda, 2004, p. 31), por lo que esta cuestión tiene serias implicaciones para las partes contendientes: gobiernos, terroristas y sociedad civil.

Para los gobiernos, ha cambiado la manera de enfrentar el fenómeno ya que ahora deben manejar el factor de la opinión pública, que apoyará o no determinadas medidas, intervenciones, invasiones, etc. Los grupos irregulares, por su parte, aprovechan la mediática para legitimar sus relatos, involucrar personas, darse a conocer y, lo más importante, destruir el orden social imperante a través del miedo. Para la sociedad, la percepción de seguridad se ve afectada gravemente, y la sensación de terror latente y potencial aparece entonces como elemento disruptivo y desestabilizador, generando reacciones frente a los Estados y dentro de la población misma. Esto está muy bien resumido en una frase de Manuel Torres (2007), en la que considera que:

Lo que confiere a los grupos terroristas su poder es precisamente el valor simbólico de sus ataques y la lectura que se puede desprender de ellos, la cual permite que los terroristas puedan “asustar a muchos matando sólo a pocos”. De esa forma, el miedo que los terroristas consiguen propagar entre la población se convierte en un multiplicador de fuerza que permite a estas organizaciones plantear un reto creíble a adversarios infinitamente más poderosos como los entramados estatales y la propia sociedad civil. (p. 14)

Entre el terrorismo y el periodismo ha evolucionado una relación dependiente, prácticamente simbótica (Kaldor, 2010, p. 61). Ambos se benefician de las actuaciones del otro: los grupos terroristas magnifican sus capacidades y los medios adquieren material para información y divulgación. Sin embargo, cabe aclarar que son estos últimos los que podrían controlar aún más la situación y llevar a cabo medidas internas para no beneficiar a quienes buscan crear miedo entre la población; sin embargo, esto hace parte de un posible e interesante debate a tratar en otro espacio y ocasión.

Sería interesante analizar grosso modo dos ejemplos del caso: el atentado a las Torres Gemelas y las estrategias del llamado Estado Islámico (DAESH). Respecto al primero, la vasta ‘propaganda’ que Al-Qaeda realizó por medio de vídeos, fotos y amenazas publicadas en medios masivos generaron temor mundial; por no nombrar la mejor de las publicidades posibles a nivel global: secuestrar cuatro aviones comerciales y estallar dos contra la pareja de emblemáticas torres del World Trade Center en Nueva York, uno contra la sede del Pentágono, y dirigir –fallidamente– uno contra el Capitolio, en Washington, dejando unos 3 mil muertos y más de 6 mil heridos en el corazón de los Estados Unidos de América. Por otro lado, la estrategia mediática actual del DAESH se ha basado en adquirir equipos tecnológicos de la mejor calidad para generar su propio material propagandístico difundiendo a los medios las evidencias de decapitaciones, torturas, asesinatos y demás actos que logran llegar a las pantallas de millones de personas.

Por último, sería interesante recordar la selectividad de la prensa para difundir y profundizar según el lugar de determinado atentado. Diariamente hay atentados con centenares de víctimas en países de Medio Oriente y África, como Afganistán, Irak, Siria, Somalia, Libia, entre los más representativos; y no tan frecuentemente suceden atentados con un muy reducido número de afectados, en países europeos y en EEUU. Sin embargo, los medios de comunicación hacen extensos y profundos cubrimientos para los segundos, mientras que relegan a los primeros a pequeños espacios en sus páginas de internet, por lo que el cubrimiento selectivo con fines mediáticos magnifica la problemática social y la fuerte inseguridad que siente la población occidental.

Igualmente, y retomando el hilo anterior referente a la islamofobia, las prácticas periodísticas contemporáneas en las que se suele presumir previamente la identidad del atacante –señalando en la práctica a la raza entera– refuerzan el argumento de Amani Hamdan (citado en Mijares & Ramírez, 2008) de que “puede afirmarse que la institucionalización de la discriminación ejercida contra la población musulmana en los países occidentales no puede entenderse sin aludir al contexto global” (p. 123); un contexto de terrorismo selectivo, sigiloso, mediático y expansivo en su efecto.

Conclusión

En resumen, el atentado a las Torres Gemelas no debe ser considerado como el nacimiento del terrorismo sino como un punto de inflexión en el que se volvió prioritario para los asuntos de seguridad de los Estados, debido a que se les planteaba una amenaza directa y, más preocupante aún, irregular y asimétrica. Luego del 11-S, han cobrado importancia los medios de comunicación, ya que aparecen como el medio a través del cual el terrorismo expande sus efectos y avanza en “destruir el orden social imperante a través del miedo”.

Las dinámicas que ha adquirido la masificación de los atentados y de la información sobre ellos han cambiado por completo las relaciones entre los contendientes y la manera en que los gobiernos enfrentan la amenaza, ya que un tercer actor –la sociedad civil– se ve cada vez más involucrada, no solo como víctima, sino como fuente del poderoso elemento llamado ‘opinión pública’, que otorga la aprobación o desaprobación frente a las estrategias a tomar. Los medios de comunicación han generado entonces asuntos de mediática (como expansor y difusor del terror) y asuntos de identidades, siendo el más relevante la islamofobia.La prensa es, en parte, responsable de la discriminación por parte de las sociedades occidentales hacia la población musulmana –o, en un sentido más amplio, árabe– debido a determinados manejos que ha dado a la información y la comunicación; generando problemáticas sociales más complicadas a mediano y largo plazo, e influyendo entonces en el resurgimiento de sectores nacionalistas en el Viejo Continente. En conclusión, la principal arma del terrorismo –que busca atemorizar más que asesinar–, no son las bombas ni los fusiles, sino las redes sociales, los noticieros y las pantallas de televisión que se encienden diariamente en cada uno de los hogares alrededor del mundo.

REFERENCIAS

Hamdan, A. (2007). The issue of hijab in France: reflectiones and analysis. Muslim World Journal of Human Rights, 4(2).

Kaldor, M. (2001). Las nuevas guerras. Violencia organizada en la era global. Madrid: Tusquets Editores.

Kaldor, M. (2010). El poder y la fuerza. La seguridad de la población civil en un mundo global. Ciudad de México: Tusquets Editores.

Martínez, J., & Vásquez, S. (2016). El periodismo como herramienta de fortalecimiento para el terrorismo. En P. Cardona-Restrepo, & L. Patiño Aristizábal (Edits.), Seguridad y cooperación internacional (págs. 29-50). Medellín: UPB.

Mijares, L., & Ramírez, Á. (2008). Mujeres, pañuelo e islamofobia en España: un estado de la cuestión. Anales de Historia Contemporánea, 121-135.

Ministerio de Defensa de España. (2009). La inteligencia: factor clave frente al terrorismo internacional. Cuadernos de Estrategia(141).

Pardo Rueda, R. (2004). La historia de las guerras. Bogotá: Ediciones B Colombia S.A.

Torres, M. (2007). La dimensión propagandística del terrorismo yihadista global. Granada: Universidad de Granada.

Vargas, E., Franco, S., & Betancur, D. (2016). Terrorismo y antiterrorismo, asimetría de la violencia. En P. Cardona-Restrepo, & L. Patiño Aristizábal (Edits.), Seguridad y cooperación internacional (págs. 13-28). Medellín: UPB.


* Estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas de la UPB.

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