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Miércoles, 30 Enero 2013 18:11

De Marquetalia a la lucha agraria: la primera gran mentira de las FARC

Angela María Arbeláez Herrera*

30/01/2013

Durante décadas las FARC han justificado su lucha como una lucha campesina por la tierra colombiana, acaparada por latifundistas y explotada para usos distintos a los del "pan coger". El gobierno de Juan Manuel Santos ha aceptado la justificación de esa lucha al admitir como el primer punto de negociación en la Habana, la discusión de una política de desarrollo agrario integral. Así, el actual gobierno le ha dado la razón la lucha histórica de las FARC, ignorando o rehusando la evidencia, de que dicha razón histórica es una mentira.

No es que el problema de la tierra no sea la biela la violencia en Colombia. De hecho, la falta de un Estado central capaz de imponer el orden social en todo el territorio nacional, permitió que la periferia del país fuera asaltada por latifundistas, mafias, guerrillas y paramilitares que lograron apropiarse de los poderes locales, no para beneficio de la población sino para el usufructo de su economía criminal: despojo de tierra, extorsiones, secuestros, narcotráfico y rapiña de los recursos descentralizados del Estado.

Pero las FARC han querido mostrarse como una guerrilla campesina nacida espontáneamente un día de 1964, luego de que el Ejército Nacional bombardeara las gallinas, los marranos y los sembrados de un tal pueblo llamado Marquetalia. Según la historia que cuentan, un grupo de 48 pacíficos campesinos, aguantaron el ataque de 16 mil soldados, que los embistieron hasta con bombas napalm. Los campesinos se resistieron y se unieron a otros campesinos atacados por el gobierno y formaron el Bloque Sur que dos años más tarde se renombraría como Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC. Y desde ese momento su único objetivo ha sido, según ellos, luchar por la tierra que el Estado "oligárquico" les ha quitado.

El asunto es que las FARC no nacieron en Marquetalia. Su origen se remonta a las ligas campesinas y agrarias organizadas y armadas, primero por el Partido Socialista Revolucionario y luego por el Partido Comunista Colombiano, no para defender el campo y el agro sino para construir un aparato armado, ilegal, con el cual llevar acabo la toma revolucionaria del poder en Colombia. El objetivo nunca ha sido el campo. El objetivo ha sido (y es, aún) tomarse el poder por la vía armada, explotando para sus fines, las carencias del pueblo campesino.

Tanto el Partido Socialista Revolucionario como el Partido Comunista Colombiano hicieron parte de la Internacional Comunista, cuya membresía obligaba a los partidos comunistas del mundo, combinar el trabajo legal con el ilegal y crear una organización clandestina con la cual sostener una insurrección que derrocara al gobierno. El Partido Socialista Revolucionario intentó tempranamente la insurrección, organizando la huelga de las bananeras y el levantamiento de los "bolcheviques del Líbano". Pero fue tal el fracaso, que los mismos comunistas colombianos se purgaron, expulsando a los creadores del PSR y refundándose en el PCC en 1930.

Desde su fundación, el Partido Comunista Colombiano enviaba cuadros importantes para mantener el control de las ligas agrarias armadas. Tal es el caso de Victor J. Merchán en Viotá, o de Isauro Yosa en Chaparral quienes llevaban la consigna de la toma revolucionaria del poder. El Partido Comunista Colombiano armaba campesinos y los adoctrinaba en el discurso socialista en contra del Estado y sus instituciones, mientras ellos trabajaban desde la comodidad de Bogotá, gozando de la legalidad (que sólo durante el gobierno de Rojas Pinilla les fue negada) y haciendo las veces de partido democrático, pero trabajando clandestinamente en la destrucción de la democracia.

Pero incluso durante los duros tiempos de la dictadura rojista, los comunistas contaban con un refugio, ubicado en Viotá, que les fue entregado por el mismo Estado colombiano. Allí, en 1952, los hacendados de la región, gravemente afectados por la acción comunista, impulsaron un armisticio negociado que firmaron las Fuerzas Armadas y el ministerio de gobierno con el comité central del PCC. En Viotá se pactó la primera zona de despeje en el país, pues la tropa nacional se comprometió a la retirada, sin pedir al partido comunista la desmovilización de sus guerrillas. Allí, en Viotá, se creó el paradigma de las zonas liberadas y se formó la primera Escuela Nacional de Cuadros. Fue un santuario para el comunismo armado colombiano. Viotá fue la Ciudad Roja del PCC.

El comunismo insincero, como el que aún caracteriza a las FARC, utilizó todavía más a los campesinos colombianos durante la época de la violencia. Los liberales llamaron al alzamiento armado de sus bases tras la muerte de Gaitán y lo comunistas aprovecharon el río revuelto y se unieron al levantamiento liberal. Se hicieron gaitanistas de la noche a la mañana, sabiendo que en las elecciones de 1946 habían apoyado a Gabriel Turbay, candidato del oficialismo liberal y no a Jorge Eliecer Gaitán con quien los dirigentes del PPC tenían más que serías divergencias. Ni Gaitán quería a los comunistas ni los comunistas a Gaitán. Pero como el objetivo era la toma del poder por vía revolucionaria, nada más oportuno que participar y atizar la guerra civil de aquellos años. Los campesinos no importaban, Gaitán no importaba, la tierra no importaba. Importaba la toma de poder revolucionario.

La exclusión de los comunistas del pacto político del Frente Nacional se convirtió en otra disculpa para mantener la lucha armada. Dicen los que gustan de las ideas de izquierda, que el pacto político entre liberales y conservadores se convirtió en el marco propicio para la aparición de las guerrillas, dado que se excluyó la participación de terceros partidos y se negó la posibilidad de la oposición política. Y aunque el pacto sí fue solo entre liberales y conservadores, hay que tener en cuenta que para para aquella época la población colombiana era o liberal o conservadora. El partido comunista estaba muy lejos de ser una organización de masas.

No obstante, cuando comenzaron a tomar fuerza otras expresiones políticas, pudieron participar sin veto en las elecciones regionales y nacionales. Tal fue el caso del Movimiento Revolucionario Liberal y la Anapo. De los supuestos robos a elecciones en aquella época, que la izquierda ha esgrimido para ocultar su incapacidad de convertirse en un movimiento político de masas, ya se han ocupado historiadores como David Bushnell (2007: 324-326).

Y es que durante el Frente Nacional sucedió algo que terminó por justificar aún más la lucha armada, no como defensa de la tierra en Colombia, ni como la única posibilidad de participación política, sino como camino exitoso para la toma del poder. El éxito de la Revolución Cubana, una revolución armada acometida por una vanguardia guerrillera y su hueste de campesinos cooptados de la Sierra Maestra, animó a los comunistas latinoamericanos a convertir a la cordillera de los Andes en su foco revolucionario. Sin duda, había una fuerte legitimidad internacional para la lucha armada, en un momento en el que los Estados Unidos empantanaban su prestigio en Vietnam. El PCC realizó su IX Conferencia en aquel contexto, aceptando la tesis de la combinación de todas las formas de lucha, manteniendo su trabajo legal pero fortaleciendo sus guerrillas en el campo como una "reserva estratégica".

En aquella época del Frente Nacional fue en la que el Ejército realizó la operación soberanía que buscaba recuperar para el Estado algunos poblados apartados que se habían convertido en enclaves comunistas, donde las guerrillas armadas, determinaban lo bueno, lo malo y lo feo. Uno de esos enclaves era la meseta ubicada en el municipio de Planadas, Tolima, que los guerrilleros habían denominado Marquetalia, en honor a un tal sindicalista llamado Manuel Marulanda Vélez. Allí no había ni gallinas ni marranos sino un fortín militar que había mandado a construir el comandante comunista Jacobo Prías Alape, muerto años antes en enfrentamiento con las guerrillas liberales. En el momento de la operación soberanía el jefe de Marquetalia era Pedro Antonio Marín, a quien el mote de  Tirofijo no le gustaba. A cambio se hacía llamar como el sindicalista que dio nombre a la ladronera militar que ahora comandaba.

Los guerrilleros comunistas que escaparon al Ejército se organizaron en Riochiquito con el nombre de Bloque Sur. El partido comunista colombiano ya les había enseñado a crear una y otra organización armada y a hacer conferencias guerrilleras, imbuidos en la película de la lucha revolucionaria contra el Estado. Como se sabe, ese Bloque Sur, surgido en 1964 pasó a denominarse FARC en 1966. Pero la transformación no obedeció al crecimiento de la organización guerrillera, sino que se debió a los imperativos políticos del PCC: en la escena guerrillera colombiana, habían hecho su aparición dos nuevas guerrillas, una, el ELN organizada por los comunistas cubanos y otra, el EPL, montada por disidentes del PCC, que veían con mejores ojos el nuevo comunismo maoísta, que el anquilosado marxismo-leninismo ruso al que el partido seguía aferrado. Las FARC nacieron como reacción al surgimiento del ELN y el EPL. Nacieron como respuesta la competencia dentro de la izquierda armada colombiana, por ser la vanguardia guerrillera.

No hay nada más mentiroso que el surgimiento espontáneo de las FARC, supuestamente nacida de un puñado de campesinos perseguidos y desterrados por la oligarquía y el Estado. No ha habido en ellas ninguna preocupación histórica por la tierra. Solo con la emergencia de los cultivos de coca, crearon una base rural de raspachines. Colonos producto del cultivo de la coca, que quedaron en la "lógica de protección" de las FARC, como la denomina Daniel Pecaut. Una "lógica de protección" que no se limita a "proteger" ni reemplazar las funciones distributivas y de seguridad que realizaría un Estado, sino que ha sido una protección que opera en medio de un clima de guerra, en el cual los raspachines y sus familias han estado sometidos a los métodos de intimidación y de coerción de la FARC, obligando el reclutamiento armado, asignando tributos e imponiendo sanciones. La lógica de la protección de esa base campesina ha sido solamente parte de la estrategia militar de las FARC (Pecaut, 2008, 73)

Las FARC no tienen legitimidad para discutir el desarrollo del agro en Colombia. Su único interés ha sido la destrucción de la democracia a través de la toma revolucionaria del poder.


Comunicadora Social-Periodista, Magíster en Estudios Políticos de la Universidad Pontificia Bolivariana, candidata a Doctor en Ciencias Políticas de la Pontificia Universidad Católica Argentina.

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