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Domingo, 10 Junio 2012 18:07

Modernidad democrática y subversión: el caso del M-19*

José Olimpo Suárez Molano Ph. D

07/02/2012

  1. NOTA PRELIMINAR

Cuando acepté la amable invitación de la profesora Ángela María Arbeláez Herrera, para participar en la mesa de deliberación sobre criminalidad y democracia, pensé inicialmente en realizar un trabajo de reflexión centrado exclusivamente en el origen ideológico del movimiento subversivo M-19 y su impronta de violencia y violación de los derechos fundamentales de los ciudadanos colombianos. Sin embargo pronto me vi arrebatado por una doble tensión conceptual y espiritual: la tensión entre los argumentos propios del derecho a la rebeliónfrente a un estado de cosas injustas e inmorales; y, de otro lado, el horror propio del ejercicio de la violencia propia desbocada e irreflexiva propia de los movimientos subversivos colombianos. A fin de dar salida a mi proyecto inicial convine en establecer una evaluación del enfoque subversivo tanto del movimiento 19 de Abril, M-19, comparándolo con el enfoque del otro gran grupo levantado en armas y ya conocido a través de medio siglo de actividad subversiva, me refiero, claro está, a las Fuerzas Armadas Revolucionarias, FARC – EP.

A fin, pues, de realizar esta tarea de comparación sobre el ejercicio violento de la política en esos dos grupos subversivos decidí recurrir a la denominada, de forma muy general, hay que decirlo, “Teoría de la modernidad democrática”.

Cuando hablamos de modernidad democrática nos referimos a aquel grupo de conceptos que se enmarcan en el discurso de la política propia de la cultura occidental, en particular en los últimos decenios. La teoría de la modernidad democrática se entrecruza, por supuesto, con otros dos órdenes conceptuales que dan una fisonomía propia a la modernidad occidental; de una parte el discurso de la cultura legalista que ha desembocado en el criterio legitimador del poder a partir de los derechos humanos; y, de otra parte, los argumentos, siempre presentes de la discusión moralista de la civilización judeo – cristiana que se renueva, cada tanto, en el marco de las luchas ideológicas y políticas de Europa y América.

Establecido entonces el marco lexical de este ejercicio, debo señalar que resulta pertinente a los efectos del tema central de esta mesa de trabajo en tanto la teoría de la modernidad democrática solo obtiene su pleno sentido en el dominio muy especial de la proximidad y el reconocimiento de las relaciones humanas cuyo lugar natural es, por supuesto, lo urbano, la polis en su diversidad, y en particular en las formas de la ciudad compleja como la que corresponde a la situación política colombiana.

Agreguemos, finalmente, dos reservas teóricas importantes: de una parte hemos de señalar que nuestro interés no se centra en la importante discusión histórica y sociológica que versa sobre el origen y el contexto primigenio en que emergieron tanto las FARC como el M-19. Digamos si, que aceptamos para ambas agrupaciones una doble determinación histórica que los perfila en su accionar violento: esa doble determinación se puede describir como el horizonte de la denominada “violencia” vivida por el pueblo colombiano a mediados del siglo pasado y también la tradición y la génesis “partidista” de tales movimientos subversivos. Dejemos, entonces, de lado estas improntas históricas y centrémonos en nuestro marco lexical: se trata de “teoría de la modernidad democrática”. Pues bien, asumiremos aquí cinco ideas, las catalogaremos como “tesis”, provenientes de las reflexiones que sobre la democracia han realizado dos pensadores franceses contemporáneos: de un lado Cristian Meyer, en su ensayo La Naissance de la politique; y de otra parte P. Rosenvallon, en su libro La Legitimé democratique, imparcilité, reflexivite, proximite[1]. Pasemos, ahora a establecer nuestras cinco tesis y su pertinencia para evaluar el carácter y el sentido de la acción violenta de los dos grupos subversivos ya citados.

PRIMERA TESIS: La vida democrática, en la modernidad occidental, presupone un espacio común que conlleva preocupaciones vivenciales a un grupo humano ampliado.

En esta tesis se recoge, por supuesto, la vieja tradición de la cultura occidental según la cual la polis, la república o la ciudad, transformó las relaciones de los seres humanos estipulando lugares y valores que crearon diversas posiciones para cada grupo e incluso para cada individuo. Sabemos muy bien que desde la intervención de Clistenes, la democracia supone una presencia cívica que no está presente en el mundo natural y que, a su vez, presupone el reconocimiento de la existencia del “otro”, con su capacidad de enfrentar nuestro propio discurso. Lejos estamos, por el camino de la polis, del paternalismo elemental y el ejercicio de la violencia jerárquica proveniente de las relaciones naturales. Vivir bajo las formas modernas de la democracia consiste en sentir y desear el mundo de forma diferente a las de los habitantes de la campiña. De hecho las tensiones entre estos dos dominios de la sociedad han sido permanentes y conflictivas creando formas diferentes de ver, sentir y comprender tanto a las personas y los valores, como al horizonte mismo de las relaciones del poder político. Proximidad y reconocimiento son pues las dos formas propias de la política urbana que sostienen el discurso de la política en el mundo moderno.

A hora bien, en el marco de la confrontación bélica colombiana la tensión entre lo urbano y lo rural también ha determinado el modo de la violencia política afectando de diversas maneras las formas de la proximidad y el reconocimiento. Tal como lo señala el profesor Mario LunaBenítez, en el trabajo titulado “El M-19 en el contexto de las guerrillas colombianas”[2] refiriéndose a las diferencias entre las concepciones de los dos grupos subversivos: “Esa hegemonía campesina (de las FARC) es el encuentro de aspectos que sobrepasan a los elementos racionalizadores provenientes de los miembros urbanos con una reciente formación ilustrada (líderes universitarios y obreros en formación). Si impusieron los valores programáticos de esas jerarquías (de las FARC), agudizados por el aislamiento de la selva y de la montaña” y continúa el profesor Luna Benítez al referirse al origen de las FARC y sus tensiones con sus partidarios de origen urbano: “Además era un ámbito campesino que articulaba una cultura de la desconfianza, de la rudeza y del machismo, donde la conscripción militar y las armas jugaban el papel de ritual de paso a la vida adulta y simbolizaban un poder y una superación personal que coincidían con las formas del cristianismo rural” (pag. 178).

No resulta muy difícil percibir entonces la tensión fuerte que se estableció entre las concepciones del M-19 y de las FARC. Para el primer grupo, formado básicamente por jóvenes provenientes del entorno urbano ilustrado, moderno y modernizante y la de los fundadores del segundo grupo proveniente del mundo rural con sus rígidas jerarquías tradicionales que demandan sumisión y disciplina. Entre los primeros el reconocimiento y la proximidad supuso un amplio sentido de las posibilidades de acción en tanto que para los miembros de las FRAC solo podía confiarse y aceptarse a aquellos que estuviesen avalados por su origen campesino y del proletariado elemental.

SEGUNDA TESIS: La modernidad democrática avala totalmente la actitud cívica que consiste en reconocer en cada individuo la condición de ciudadano que se presenta como legislador y magistrado de sus derechos; y, que toma conciencia de la necesidad de elaborar y obedecer leyes y mandatos con carácter intersubjetivo.

En otras palabras la democracia moderna, de reconocimiento y proximidad, crea en los participantes una conciencia particular de reconocimiento y valoración de la política en el horizonte de los intereses tanto colectivos como individuales. Pero, a su vez, estipula y avala la necesidad de crear mecanismos que garanticen la imparcialidad y transparencia, dando vida así a las herramientas propias del control político como lo son los informes, la rendición de cuentas, la posibilidad de derogar mandatos; etc. Esta demanda de control no responde a una necesidad legislativa simple; implica, más bien, un trasfondo ético en el que se escucha la voz del otro, se acepta la equidad y se aboga por el respeto a la diferencia política e ideológica. No se trata entonces, simplemente de reconocer una demanda de justicia o una reivindicación de un interés particular, soslayando o imponiéndose sobre toda otra demanda. Como lo han señalado los investigadores sociales, el mundo moderno ofrece una amplia goma de reivindicaciones sociales que van más allá de una reivindicación gremial o clasista. Para el caso de la FARC su reclamo, justo en su momento, de tierra para los campesinos parece haber sido cubierto por otra serie de reivindicaciones que no parecen hacer parte de su ideario político. Para el caso del M-19 se percibe una actitud de civilidad moderna que le hizo partícipe de múltiples quejas y solicitudes muy próximas, por supuesto, a la variedad de las comunidades urbanas. En general, podríamos decir que cuestiones como la etnicidad, el género, las diferencias religiosas; etc, se han tornado en objetos de legítima reivindicación y con ello resulta fácil constatar que la bella declaración de justicia agraria y de las FARC, parece palidecer frente a lo complejo del mundo moderno, y si ello es así lo anacrónico de tal grupo queda consignada en su declaración de nacimiento cuando se consignó: “….luchamos por una política agraria que entregue la tierra del latifundio a los campesinos; por eso, desde hoy, 20 de julio de 1964, somos un ejército guerrillero que lucha por el siguiente programa agrario:…”[3]. Este es pues el sentido de la guerrilla de las FARC que deja de lado, por ignorancia o intolerancia, el devenir del mundo moderno y resguarda su ideología en la lucha de clases, en el más puro esquema estalinista, según el cual sólo la vanguardia obrero – campesina tiene la razón y por ello justifica su accionar violento contra todo aquello que no encuadre en su ideología. A manera de ejemplo basta recordar que las FARC no reconocen ni aceptan el Derecho Internacional Humanitario (DIH) pues se supone que tal normatividad hace parte del arsenal de los enemigos de clase, la burguesía, y con ellos no tienen moralmente responsabilidades frente a la vida y los bienes de los colombianos.

TERCERA TESIS: La modernidad democrática, de aproximación o reconocimiento, abre la puerta a nuevas concepciones teóricas sobre la naturaleza y sentido del poder en general y del poder político en particular.

Esta tesis se encarna en la concepción según la cual los poderes, en el mundo moderno, son ubicuos al igual que las resistencias sociales. No se pueden aceptar espacios totalmente privilegiados o excluyentes donde se ejerza la dominación; todos los lugares propios de las relaciones sociales deben ser reconocidos como lugares habitados por la argumentación, la deliberación y el reconocimiento o el rechazo entre los sujetos. Las mitologías del origen, raciales, teológicas o políticas, y el culto a la personalidad, no deben hacer parte de las creencias relacionales de los implicados en un grupo social. En otras palabras: la legitimidad del poder político moderno se apoya fundamentalmente en los argumentos que sobre la decisión política se puedan ofrecer. No se puede vivir ahora en sociedades cerradas basadas en principios anacrónicos donde las nuevas generaciones no se identifican, ni infieren significados vitales. Desde esta perspectiva resulta claro que el espíritu inmovilista, milenarista y determinista propio de las FARC choca contra la perspectiva modernizadora del M-19 que ofrece mayores argumentos y metáforas para optar por una propuesta ideológica renovadora. La mitologización del origen agrario de las FARC determina profundamente el carácter de sus dirigentes y de sus políticas haciendo que sus propuestas resuenen anacrónicas a los oídos de las clases medias y emergentes del país. Para ponerlo en palabras de Jaime BatemanCayón, uno de los fundadores históricos del M-19 se podría perfilar la diferencia entre estos grupos subversivos, en términos de: “y hemos sido chiquitos porque nos ha enmarcado la ideología, nos ha atado [la ideología originaria de las FARC]: hemos tenido tantos principios, hemos impuesto tantos requisitos, que muchísimas cosas no las hemos hecho para no violarlas, para no incumplirlos. Y como ellos han sido tantos e inviolables, no ha habido comunicación con las masas. En consecuencia; ellas tampoco han vislumbrado perspectivas de triunfo….. La política es el arte de la eficacia, el arte de mover y aglutinar gente. Y si no se es eficaz, si no se mueve ni se aglutina gente, no se está haciendo política sino otra cosa. Y la revolución se hace para el pueblo. El pueblo es lo fundamental. Por eso tenemos que nacionalizar la revolución, ponerla bajo los pies de Colombia, darle sabor de pachanga, hacerla con bambucos, vallenatos y cumbias, hacerla cantando del Himno Nacional”[4]. (P. 110 – 112).

Como es fácil constatarlo, el discurso del comandante Bateman rompe con la herencia ideológica de la izquierda comunista que se impuso en las FARC. Ya no se trata de “principios” ni de “ordenes” dadas o enviadas por la Internacional Comunista; se trata, por el contrario, de un enfoque de sectores ilustrados de las clases medias que no tienen miedo de “nacionalizar la revolución”. Se ahonda, en esta tercera tesis, el abismo entre la ideología agrarista y el discurso ilustrado de la modernidad. Las concepciones sobre la naturaleza del poder, sus límites y funciones, devienen claramente excluyentes frente a las tesis del M-19. En efecto: para las FARC el proyecto fundamental radica en la “toma del poder”, en la toma del Estado, no en la transformación del poder y del Estado como lo postulan los teóricos modernos de la política. El marxismo – leninismo de las FARC ve con mucha desconfianza las tesis e ideales de los grupos contemporáneos que buscan desacralizar la política, el poder y el Estado. Todo ello conduce a una actitud y un ejercicio de la violencia inmoral, anacrónica y fundamentalista que los separa radicalmente de toda otra posibilidad de acceder al poder político nacional.  

CUARTA TESIS: En las democracias modernas, propias de las sociedades urbanas, el espacio político debe ser llenado permanentemente con opciones de relaciones interpersonales conducentes a crear bienestar y equidad.

Desde este enunciado estamos reconociendo que los “tiempos muertos” de la experiencia política deben ser superadas por diversas clases de aggiornamiento que pueden ir desde los congresos ideológicos hasta los Concilios Religiosos. Las sociedades modernas demandan permanentemente transformaciones tanto de las instituciones como de los idearios, el tiempo y el espacio se han reducido y/o ampliado en diversos dominios, y con ello la percepción de la vida política. En una confesión de carácter biográfico centrada en su experiencia como miembro de las FARC, ÁlvaroFayad señalaba lo siguiente: “y corría el tiempo ….y pasaban los días; y, meses enteros separaban los combates y alejaban esos momentos de fiesta en la guerrilla, cuando un cosquilleo adentro que oscila entre el temor y la alegría, le cuenta al guerrillero que ya están combatiendo. Pero, pasaba el tiempo y escaseaban los combates, era dimensión que a uno lo acerca a la vida así como la tortura lo aproxima a la muerte”[5]. Esta breve declaración personalísima nos conecta con esa historia de vida propia del sujeto de la modernidad que intenta superar el hastío y la melancolía de los procesos racionales, y busca el desfogue a través de la acción violenta, del control de alguna forma del poder o de alguna conducta desesperada conducente al terror. El hecho es que, individual o socialmente, el sujeto de la modernidad no se adecua a los procesos lentos o estáticos donde la ley parece eterna e inmutable. El M-19 como movimiento subversivo encarna muy bien este espíritu de cambio y lucha permanente en contra de la ideología estatizante e inmovilista de las FARC que comulgan mejor con un momento temporal propio de las ideologías milenaristas.

QUINTA TESIS: La teoría de los Derechos Fundamentales, como es sabido, se ha convertidoen el auténtico criterio de legitimidad del poder político en el mundo moderno.

Si la teoría de los Derechos Fundamentales es pues ese criterio que diseña el horizonte de legitimidad de los movimientos políticos, e, incluso los subversivos, deben leerse en esa perspectiva para encontrar su reconocimiento moral. Pero aquí, justamente, debemos decir que tanto el M-19 como las FARC parecen haber violado y rechazado toda formade legalidad moderna. En efecto: las violaciones a los derechos humanos encarnados en las normas civilistas del Derecho Internacional Humanitario no tienen fin. Basta recordar que el M-19 vio la vida pública con un bautismo sangriento y denigrante como lo fue el secuestro y posterior asesinato del sindicalista José Raquel Mercado; y, si lo anterior no fuere suficiente, la toma violenta del Palacio de Justicia y el holocausto a que ello condujo, son suficientes muestras para reconocer su barbarie y su negación de una concepción civilista y modernizante de la política. Por su parte las FARC devienen campeonas de la violación de los derechos tanto individuales como colectivos de los colombianos. El haber practicado la inhumana práctica del secuestro como política de guerra las coloca como uno de los grupos terroristas más despiadados de la historia política. No podemos extendernos aquí en esta quinta perspectiva pero indudablemente este es el dominio cultural donde los dos grupos mostraron y muestran aún su peor rostro como grupos violentos, razón por la cual tanto las Naciones Unidas como la Comunidad Europea los ha declarado grupos terroristas.

Naturalmente la pregunta básica aquí es por qué las FARC perciben en medio de una sociedad modernizada, con una región agraria relativamente pequeña. Pues bien, existen diversas e inteligentes respuestas para tal cuestión; sin embargo no debemos perder de vista que es el negocio del narcotráfico el horizonte desde el cual se debe leer la violencia actual que aqueja al pueblo colombiano.

A manera de cierre conceptual, quisiera reiterar lo dicho al inicio de esta intervención: la modernidad democrática encarnada en las demandas morales de la democracia, puede servir como un criterio de demarcación para evaluar el desempeño violento de estos dos grupos insurgentes surgidos de una tradición violenta propia de la historia colombiana. De hecho, uno de los ex – líderes políticos del M-19, el Doctor Gustavo Petro, hoy candidato a la alcaldía de Bogotá, en su declaración de decisión política por fuera de subversión, ha señalado: “La premodernidad de las guerrillas colombianas terminará desapareciéndolas del mapa político y militar del país; ya que no se modernizaron ni abandonaron las ramas para convertirse en movimientos políticos, como lo hizo el M-19 en su momento” [6]. Hacemos nuestras estas palabras autorizadas de un excombatiente y confiamos en que esta topología que hemos ofrecido ayude a la mejor comprensión de estos fenómenos históricos tan dolorosa para la nación Colombiana.

Bogotá, 12 de Octubre de 2011

José Olimpo Suárez Molano Ph. D

Director Maestría en Estudios Políticos Escuela de Derecho y Ciencia Política Universidad Pontificia Bolivariana.

* Ponencia leída en el marco del XII SIMPOSIO de la Asociación Iberoamericana de Filosofía Política. Bogotá. Universidad Nacional, octubre 12 de 2011.        


[1] Debo consignar aquí mi agradecimiento a los estudiantes del pregrado en Ciencias Políticas de la UPB – Medellín, señoritas Natalia Díaz Bedoya y María José Pamplona Sierra quienes me ayudaron a establecer los textos básicos para esta ponencia.

[2] Luna Benítez, Mario. “El M-19 en el contexto de las guerrillas en Colombia”, en Revista Sociedad y Economía.   Número 10. Abril de 2006. Páginas 157 – 188.

[3] Declaración de creación de las FARC, S.F, 1972. Para una perspectiva más amplia de este tema véase el trabajo del profesor César Rodríguez Garavito, titulado “ La Nueva Izquierda en América Latina, sus orígenes y trayectorias futuras”.

[4] Lara, Patricia Lara. Siembra vientos y recogerás tempestades. Ed. Planeta. Bogotá. 1995.

[5]Apuseit. P 95.

[6]Petro, Gustavo. “Las FARC una guerrilla premoderna” (oral). Medellín, Plaza Mayor, 2008, en el marco del debate del Concejo Municipal: “Se acerca el fin de las FARC?

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