logo cepri
logo upb
Miércoles, 24 Septiembre 2014 18:40

Mucho más que café

Santiago Vélez Villegas*

24/09/2014

Si la palma no da plata, no se siembra palma. Si ensamblar carros no es rentable, adiós carros. Pero si el café genera pérdidas, se subsidia al cafetero. 

¿Puede hablarse de un favoritismo del gobierno? Lejos de eso, no pocos dirían que los cafeteros (junto con los lecheros, los arroceros y el agro en general) son los grandes olvidados del país. Entonces, ¿favoritos y olvidados? Aunque a primera vista este asunto parezca paradójico, una mirada más cuidadosa revela que el adjetivo correcto para calificarlo es polémico.

Empecemos recordando que el café es nuestro producto de exportación insigne. A punta de divisas cafeteras, en Colombia despegaron la industria, las vías y también los aviones. El café se configuró, a lo largo del siglo XX, como el distintivo más claro del país en el exterior, y como el empujón necesario para el desarrollo económico interno. Pero los días de gloria terminaron: hoy el cafetero colombiano subsiste apenas con la ayuda del gobierno. Frente a esta situación, la racionalidad económica indica un camino claro: si no produce, si no se vende, si no compite, no sirve, hay que cambiarlo. Si fuera otro producto, pocos dudarían en seguir ese camino; pero estamos hablando del café. Estamos frente a un símbolo nacional y es su valor simbólico, quizá más que el económico, el que moviliza a la gente.

La economía del café, claro está, no es nada despreciable: su producción, transporte, procesamiento, comercialización, el asunto de la tierra, los intermediarios, los vínculos comerciales y sociales que a él se deben, la Federación, la burocracia y un largo etcétera, no se pueden ignorar. Sin embargo, este problema pone en juego mucho más que café. De fondo hay una serie de luchas e intereses, políticos tanto como económicos. No es sólo que se cuestione su viabilidad económica; no es sólo la nostalgia que nos genera por su poder simbólico. La discusión sobre el café va más allá del café: es la puerta de entrada a un debate más amplio y complejo, en el que la racionalidad económica de consto-beneficio se queda corta; es el debate sobre el país, es un problema de nación.

Paradójicamente, también es un problema para el que las soluciones llegan desde afuera. Veamos: plantearnos el asunto del café nos lleva a desviar la mirada hacia el campo. Mirar el campo es encontrarnos con los colombianos que sufren, más que cualquier otro grupo, el atraso frente al exterior, la imposibilidad de competir en las condiciones actuales con la industria agrícola foránea, el ingreso acelerado de productos extranjeros que desplazan los locales. Con este panorama, es imposible no revivir la vieja polémica entre proteccionismo y librecambio. A ella se suman otras reivindicaciones con no menos historia, como las que condenan la injerencia extranjera en asuntos internos, o las que llaman la atención sobre las condiciones laborales o la distribución de la tierra.

Ahora bien, este debate interno, y aquí viene lo paradójico, se decide por un desequilibrio externo: a comienzos del siglo XX, la crisis económica global y la decisión de los grandes productores de hacer un pacto para intervenir el mercado del café y manejar los precios zanjó la discusión en favor de los proteccionistas. En nuestros días, el consenso (más bien, la presión) internacional alrededor del librecambio inclina la balanza en la dirección opuesta.

El anterior es apenas un ejemplo de los conflictos que afloran cuando se toca el tema del café. Pueden salir de allí las más vivas confrontaciones sobre favoritismo o negligencia estatal, las más enconadas acusaciones de imperialismo, populismo u oportunismo. El reciente paro agrario fue una muestra de que en el campo se gestan no sólo nuestros alimentos, sino también los debates más álgidos del país. Por eso, al hablar del café invocamos el peso simbólico de siglos de luchas aún vigentes; saltamos con toda facilidad de un asunto económico a un problema político de gran envergadura. El café, hoy como hace cien años, es la puerta de entrada a una discusión trascendental: la necesidad de re-pensar el país después de un conflicto armado desgarrador. Hoy como entonces se nos ofrece en las fórmulas de la unidad y el desarrollo la salida al conflicto. Hoy, claro está, reclamamos mucho más que el cese al fuego; en la memoria, mucho más que perdones; en el campo, mucho más que café.


* Estudiante Facultad de Ciencias Políticas de la UPB.

certram

Entrevistas

analecta

Contacto

Campus de Laureles
Circular 1 No. 70-01 - Bloque 12
Medellin - COLOMBIA
Teléfono: (57 4) 354 45 34 - 354 45 36
E-mail: cepri@upb.edu.co