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Lunes, 22 Mayo 2017 21:04

Desertificación: impactos y riesgos para África

MARIA ALEJANDRA AGUDELO*

Como el continente más pobre, África se considera la región más susceptible del mundo al cambio climático debido a su vulnerabilidad e incapacidad para hacer frente a las consecuencias físicas, humanas y socioeconómicas del cambio climático (CIGI, 2010). Sus propias condiciones geográficas implican que, aunque se consiga frenar el calentamiento global a 2ºC, la región sufrirá un calentamiento superior a los 4ºC, lo cual provocará el incremento de, al menos, un 10% del desierto del Sahara, lo que supone una grave desertificación en zonas como el Sahel y África meridional en donde se encuentran varias de las naciones más pobres del mundo, como Chad, Niger, Sudan del Sur, Somalia y República Centroafricana. Un desafío para la política global será hacerle frente a las sequias prolongadas y hambrunas que traerá el cambio climático en esta zona del mundo.

Y África subsahariana en general se caracteriza por ser una región en la cual su población depende en gran parte de actividades que requieren de unas condiciones climáticas estables para su desarrollo, como la agricultura, la ganadería y la pesca. El 13% de la población mundial vive en esta zona y el 33% de ella se sitúa por debajo de los umbrales de pobreza extrema y un cuarto de su población sufre de desnutrición (Andaluz, 2016).

Por otra parte, la vida en las grandes capitales africanas está creciendo considerablemente en los últimos años y con ella sus efectos negativos para el medio ambiente. Tal es así que, los altos niveles de polución en las capitales; el trafico constante; las filas de autobuses locales, motocicletas, vehículos, o taxis –la mayor parte de ellos fuera de los estándares de calidad requeridos para no contaminar-; la ausencia de infraestructuras y logística para la recolección de residuos; o la ausencia de una cultura de reciclaje, están influyendo en el acelerado proceso de contaminación que abruma al continente. Es por eso que desde 1970, se ha presentado una continua sucesión de sequias; fenómeno que obstaculiza actividades de agricultura y ganadería, lo que a su vez genera hambrunas generalizadas, revueltas sociales y grandes flujos migratorios con el fin de encontrar un territorio más amigable (Valdehíta, 2015).

Al respecto, el presidente del Banco Mundial (BM) Jum Yong Kim, ha señalado que el mayor desafío que el continente tiene por delante será hacer frente a las sequías, las inundaciones y las variaciones en las épocas de lluvia para garantizar la alimentación para sus ciudadanos; también vaticinó hace dos años un futuro poco alentador para la tierra: "Si la temperatura de la Tierra aumenta en 2°C -lo que puede ocurrir en 20 o 30 años- ese fenómeno causará situaciones generalizadas de escasez de alimentos, olas de calor sin precedentes y ciclones más intensos" (Valdehíta, 2015).

La sequía no solo afecta estas actividades sino que también las fuentes de agua potable desaparecen. Este fenómeno hace que la vida de muchas personas sea prácticamente imposible y más aún, considerando, que carecen de ingresos para comprar bidones de agua. Al respecto, Valdehíta señala que a causa de las sequías, Naciones Unidas se atreve a pronosticar que en el año 2020 el rendimiento de las cosechas en algunos países puede disminuir hasta un 50% y algunas grandes regiones se verán obligadas a dejar de producir (Valdehíta, 2015). De ahí, que la seguridad alimentaria se encuentre en riesgo; con la desventaja de que si se presenta un aumento del calentamiento de entre 1,5°C y 2°C, agravado con la sequía y la aridez, supondría que los agricultores pierdan "entre el 40% y el 80% de las áreas de cultivo de maíz, mijo y sorgo en las décadas de 2030 y 2040" según investigaciones del Banco Mundial (BM) (Gorse, 2015).

En un segundo momento, es necesario entender qué se entiende por desertificación. Según la FAO (Food and Agriculture Organization) la desertificación  puede definirse como

La reducción progresiva sostenida, tanto cuantitativa como cualitativa, de la productividad biológica de las tierras áridas y semiáridas. A la larga, si esta situación continúa y no se contiene, se produce una degradación ecológica que termina por crear condiciones desérticas. La productividad biológica se refiere tanto a la productividad de la flora y la fauna naturales como a la productividad agrícola de una región determinada (Gorse, 2015).

Igualmente, la FAO apunta que hay algunos indicadores comunes para identificar la desertificación, en efecto: la reducción de la cantidad y diversidad de las especies vegetales y animales; la pérdida de la capacidad de retención de agua; la disminución de la fertilidad del suelo, y el aumento de la erosión eólica e hídrica. Así mismo, la desertificación puede tener dos orígenes distintos: el avance del desierto o la desertificación inducida en zonas más húmedas. Por esta razón, el avance del Sahara en las tierras del Sahel puede ocurrir gradualmente si aumenta la aridez y se explotan excesivamente los recursos, pero es mucho más crítica es la degradación acelerada inducida por el hombre en zonas muy al sur del límite del Sahara (Gorse, 2015).

Ahora bien, como han señalado numerosos estudios sobre el cambio climático, sobresale el hecho de que, desde una perspectiva regional, África sufrirá durante este siglo un calentamiento mucho más acelerado que la media global, e incluso, algunas regiones al oeste del continente se degradarán una o dos décadas antes que el resto del planeta; siendo este culpable solo del 3% de emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI). Como resultado de todos los hechos visibles actuales, África está ansiosa por hacer una transición a las economías verdes que permitan un desarrollo resistente al clima y que asegure unas condiciones mínimas de calidad de vida. Sin embargo, esto significa que hay que limitar las emisiones que realizan muchas empresas y negocios que recién se han instalado.

En este mismo sentido, algunos líderes han lamentado que una baja e inadecuada mitigación suponga que algunos países sigan realizando excesivas emisiones globales más allá del año 2020, lo que tendrá consecuencias incalculables, las cuales se verán especialmente reflejadas en el aumento del calentamiento global y en el aumento de los costes para la adaptación y la mitigación. En consonancia con lo anterior, Fatima Denton, directora de la división especial de la Comunidad Económica Africana (CEA) llamada ClimDev, expresó durante una cumbre sobre medio ambiente en Lima; que aunque se está muy consciente de los efectos acumulativos del impacto del cambio climático la ausencia de programas eficaces y sólidos enfocados a la reducción del riesgo de desastres, es existente. ClimDev se desarrolló con el propósito de llegar a un entendimiento entre los 54 países africanos para desarrollar políticas específicas y acertadas en cada contexto para poder preservar el medio ambiente (Valdehíta, 2015).

El cambio climático representa un problema de equidad. Como se mencionó anteriormente, África solo es responsable de un 3% de las emisiones de GEI pero es el continente que está sufriendo con mayor intensidad las consecuencias del cambio climático. Tal es así que debido a la escasa relevancia de los acuerdos climáticos globales pasados y actuales, África, es la que menos se ha salido beneficiada del régimen internacional de cambio climático, el cual se relaciona casi que exclusivamente con la financiación y la inversión en un crecimiento más ambientalista (Andaluz, 2016). De esa manera, al ser la más afectada y la menos favorecida el régimen internacional encuentra amenazada la producción agrícola y la seguridad alimentaria, la salud, el agua y la seguridad energética, lo que a su vez socava la capacidad de África para crecer y desarrollarse. Los desastres climáticos y ambientales que amenazan la seguridad humana pueden inducir migraciones forzadas y producir competencia entre comunidades y naciones por el agua y los recursos de las necesidades básicas, con posibles consecuencias negativas para la estabilidad política y la resolución de conflictos (CIGI, 2010).

Finalmente, es perceptible que África necesita una estrategia para hacer frente a las consecuencias del cambio climático. Desde una perspectiva equitativa son los países con mayores emisiones acumuladas de GEI quienes tiene la obligación, no solo de la mitigación, sino también de contribuir con la plena consecución de los derechos humanos en la región. Del tal manera, el modelo actual centrado en proyectos que vienen del extranjero, debe también estar conformado por nacionales africanos quienes se conviertan en los sujetos activos de un cambio basado en la justicia climática, con una especial atención al empoderamiento femenino e infantil –ya que afrontan un papel muy ligado a la pequeña agricultura de subsistencia familiar, la cual se verá más afectada-.

Nos encontramos frente a unos retos mayúsculos que se deben abordar de la manera más efectiva. África debe priorizar el sostenimiento de la soberanía alimentaria presente y futura. Los más pobres son los más afectados, puesto que son quienes dependen  de los recursos naturales y de la agricultura para su subsistencia y son quienes tienen menos capacidad de hacer frente a los choques de las sequías inducidas por el cambio climático, las inundaciones, la erosión del suelo y otros desastres naturales. El cambio climático impide la reducción de la pobreza. La gente tendrá dificultades para escapar de la pobreza si persiste la vulnerabilidad al cambio climático, y aquellos que han salido de la pobreza fácilmente podrán volver a serlo. El calentamiento global con toda probabilidad aumentará la brecha de sociedades ya profundamente desiguales acelerando el deterioro socio-ambiental (CIGI, 2010).

Referencias

Andaluz, J. (2016). África sufre por el cambio climático. Ecologista.

CIGI. (2010). CIGI Special Report: Adaptation, Mitigation and Governance Challenges. Ontario: The Centre for International Governance Innovation.

Gorse, J. (2015). La desertificación en la zona sudanosaheliana del Africa occidental. Deposito de documentos de la FAO.

Valdehíta, C. (2015). África, un continente muy vulnerable al cambio climático. El Mundo.

* Estudiante de la Facultad de Ciencias Políticas de la UPB.                                                                                                         

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