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Lunes, 18 Septiembre 2017 22:00

¿Por qué China quiere ser una potencia del futbol?

BORIS ALVAREZ*

Con el futbol llegó la democracia a Brasil. Mientras se intentaba instaurar una democracia constitucional, un balón arribó a sus playas. En torno a ese objeto redondo, se constituiría una relación de poder en la que hijos de esclavos, europeos y nativos tendrían igual derecho de participar. Aunque en sus inicios el futbol era un privilegio exclusivo de la aristocracia blanca, no pasó mucho tiempo hasta que Arthur Friedenreich, un hombre de color, apareciera en la portada de los principales diarios de Brasil, por anotar el gol que le concedió la primera copa América a su país. Unas décadas más tarde, esta experiencia democrática viviría otro de sus auges, cuando el S. C. Corinthians promulgó el derecho al voto de todos sus integrantes, mientras Brasil vivía una agría dictadura militar. 20 años sin conocer las urnas, fueron denunciados con el slogan  del club: "Ganar o perder, más siempre con una Democracia". Los años siguieron pasando, en 1986 Argentina e Inglaterra disputaron los cuartos de final del mundial. En México se promovió el partido con un curioso titular: “No se pierda el domingo la segunda versión de la guerra de las Malvinas”. Tras el encuentro, el aire quedó impregnado de sensaciones. Parecía literalmente reanudada la batalla por las islas. Y parecía que Argentina hubiera logrado su revancha, guiada por la mano milagrosa de Maradona. Quizá el futbol no revive a los muertos, ni otorga derechos civiles, ni concede soberanía a un Estado sobre un territorio. Pero, indudablemente, el futbol tiene efectos políticos.

El siglo XX fue un catálogo de deicidios, la humanidad asesinando sus ídolos. El futbol surgió, entre las cenizas de esas mitologías muertas, para consagrarse como una nueva religión. Y alrededor de esta deidad, se ha construido la identidad nacional de muchos estados que crecieron, huérfanos, en una época sin dioses.

Una mirada superficial nos haría creer que el futbol es un deporte europeo. No obstante, en cada línea del ADN humano puede entreverse un balón que exige ser transportado exclusivamente con los pies. Hay referencias de algo similar al futbol en casi todas las culturas. Sin embargo, la FIFA reconoció que su precursor más directo es el Cuju Chino. Su nombre significa, literalmente, “patear la pelota”. Se tienen dos versiones del origen de este deporte. La primera dice que fue un invento del legendario emperador amarillo, uno de los fundadores de su civilización. Y la segunda que fue inventado por sus soldados, buscando mejorar la destreza en las piernas del ejército imperial. En cualquier caso, el Cuju, como su propia cultura, tiene un origen mítico y una proyección universalista. Al sol de hoy, el futbol, su descendiente, ilumina todo el globo. La final del mundial es el evento deportivo más visto del mundo. Y a los chinos no les basta con ser sus fundadores, también quieren ser sus representantes. Mejor dicho, sus apóstoles. De ahí que hayan planeado invertir 800 mil millones de dólares en futbol, construyendo canchas y academias, comprando las acciones de clubs de renombre, como el A.C. Milán y el Atlético de Madrid, y jugadores carísimos para fortalecer su liga nacional.

Desde hace ya varios años, la economía China siempre ocupa uno de los tres primeros lugares en el mundo. Su empeño en invertir en futbol, no puede ser juzgado apresuradamente. Esto no se debe solo a la afición que su actual presidente, Xi Jinping, manifiesta hacía el deporte (hubo también muchos emperadores chinos aficionados al Cuju). Sería más sensato juzgar que el proyecto Chino de organizar y ganar un mundial de aquí al 2050, se debe a que el país reconoce lo que el futbol significa en materia política. 

Aunque el mundo actual ha desterrado, parcialmente, el imperialismo militar, existen otras dinámicas de dominación difíciles de extinguir. La cultura posee una magia de la cual carecen la coerción y el dinero. China aspira a comandar económicamente, pero también aspira a que los ídolos de los niños del mundo tengan nombres chinos.

Para Tucídides, el honor es uno de los motores de la guerra. El futbol es tan popular por ser metáfora excelente, es una confrontación donde se juega el honor. Y como el género humano tiene un vínculo profundo con las metáforas, para muchos cada mundial, cada EUFA Champions League, es una versión del Peloponeso. En un esfuerzo mancomunado entre el Estado, el sector privado y la población; China, que nunca se ha ausentado de la historia, quiere ganar la guerra del balón pie.  


*Estudiante de Ciencias Políticas UPB, monitor del área de Teoría Política.

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