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Martes, 13 Junio 2017 23:26

¿Podría volverse en contra de Arabia Saudí la crisis con Qatar?

El Emir Al Jalifa de Bahréin con el Rey Salman de Arabia Saudí El Emir Al Jalifa de Bahréin con el Rey Salman de Arabia Saudí

MOHAMED BADINE EL YATTIOUI*

Una crisis internacional puede ser considerada como un momento de extrema tensión del sistema internacional, durante el cual los responsables deben tomar rápidamente una decisión. Qatar enfrenta esta situación desde el 5 de junio, tras el anuncio de la ruptura en las relaciones diplomáticas hecho por Arabia Saudí y sus aliados (Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Yemen y Egipto). Esta decisión puede resultar sorprendente para los países que, como Doha, comparten una sede en el seno del Consejo de Cooperación del Golfo desde 1981. 

El argumento oficial es el apoyo acordado por Qatar a grupos terroristas y a Irán. La realidad es otra. Este país ha intentado durante varios años llevar una agenda diplomática diferente a la de la Arabia Saudí en ciertos temas, situación que resulta inaceptable ante los ojos saudíes. No obstante, Qatar no puede tener las mismas posiciones que Arabia Saudí respecto a Irán. Doha y Teherán, por ejemplo, tienen intereses económicos ligados a un enorme territorio gasero, North Field, que se extiende sobre sus aguas territoriales y el cual explotan en conjunto. Además, Riad y su ministro de defensa (hijo del rey Mohamed Bin Salman), parecen blindados por el apoyo incondicional de Donald Trump después de su visita a finales de mayo.

Esta crisis tiene en realidad tiene causas mucho más significativas, que se remontan a las “primaveras árabes”. Desde 2011, Qatar ha aumentado su influencia en el Medio Oriente y en el Magreb, apoyando a los partidos originados de la Hermandad Musulmana, agrupación que es aborrecida por la monarquía saudí. Egipto ha sido el revelador de las divergencias de los puntos de vista entre los dos vecinos, porque Doha dio un apoyo infalible al presidente Mohamed Morsi, elegido democráticamente a pesar del golpe de Estado del general Al Sissi en 2013, ampliamente apoyado por Riad y Abu Dabi. La primera crisis importante tuvo lugar en 2014, cuando los saudíes pidieron a las monarquías del Golfo retirar a sus embajadores de Qatar. Dicha situación duró ocho meses, y se presentó bajo las mismas circunstancias actuales: el apoyo de Doha a la Hermandad Musulmana y a Irán. Riad quería mostrar su liderazgo de cara a las “revoluciones” en desarrollo en la región y al incremento del poder iraní

Actualmente la región, contrariamente a la voluntad saudí, no está dividida en dos sino en tres bloques. El primero está dirigido por Irán, y tiene como aliados a Irak y a Siria, pero también a actores no estatales como las milicias chiitas iraquíes, el Hezbollah libanés y los Houthis en Yemen. El segundo bloque está dirigido por Arabia Saudí; sus aliados son los Emiratos Arabes Unidos, Bahréin, Jordania y Egipto. El tercer y último bloque está dirigido por Turquía con Qatar y los diferentes partidos que emanaron de la Hermandad Musulmana, establecidos en diferentes países de la región. 

El riesgo para los saudíes consiste en haber alterado la estabilidad regional cuando su prioridad era la de hacer frente al aumento de poder de Irán a nivel político y económico. Turquía está claramente del lado de los qataríes y parece querer jugar el rol de mediador en esta crisis, luego de que el jefe de la diplomacia iraní, Javad Zarif, estuvo en Ankara con el presidente Erdogan,

El parlamento turco votó por el despliegue de tres mil hombres a una base en Qatar (proyecto que data desde 2014). E Irán, a través de sus Guardianes de la Revolución, ha acusado a Arabia Saudí de ser responsable de los ataques contra el Parlamento y el mausoleo del ayatolá Khomeini, que dio como resultado doce muertes. Arabia Saudí puede ejercer una fuerte presión sobre el pequeño emirato, pero no puedo imponer su punto de vista en Ankara y en Teherán. Sus exigencias reales son el cierre de la cadena Al-Jazeera, el cese del financiamiento de numerosos periódicos (Al-Araby al-Jadid, Al-Quds al-Arabi y la edición árabe del Huffington Post), así como detener el apoyo y el asilo de Hamas y de la Hermandad Musulmana (como el célebre Youssef Al Qaradawi). Erdogan no puede permitirse perder su último aliado regional, por lo cual se hará escuchar con firmesa en las futuras negociaciones, deseando una salida de la crisis al término del Ramadán. 

Los Estados Unidos están en una situación embarazosa porque la decisión saudí parece íntimamente ligada al discurso de Donald Trump en Riad. El problema es que mientras este último felicita a la moanrquía por su decisión; el Pentágono ha sido más prudente, ya que Al-Udeid en Qatar, es la base militar de las fuerzas aéreas en el Golfo, albergando alrededor de 10 mil soldados estadounidenses. Rusia y los europeos esperan que las tensiones se minimicen rápidamente entre Riad y Doha. 

Finalmente, es notable que los textos de Allison y sus tres modelos[1] (El actor racional unificado, El proceso organizacional y La política gubernamental) son aún de actualidad. Estos permiten tomar en cuenta las «racionalidades múltiples»[2], como lo ha escrito Lucien Sfez, ligado a la toma de decisiones. En retrospectiva, podemos cuestionarnos sobre las luchas internas en el seno de la familia real saudí respecto a la sucesión de Salman, y podríamos considerar la impulsividad de las decisiones tomadas en el plano diplomático (la guerra en Yemen y la crisis con Qatar) como la demostración de la voluntad de Mohamed Bin Salman de imponerse y de ser el centro del proceso decisional. Pero esto podría voltearse en contra de su país. 

 

*Profesor e investigador del Departamento de Relaciones Internacionales y Ciencia Política de la Universidad de las Américas Puebla.


[1] Graham T. Allison & Zelikow, Phillip, Essence of Decision: Explaining the Cuban Missile Crisis, 2e ed., 1999, Longman

[2] Lucien Sfez, Critique de la Communication, Le Seuil, 3e édition 1992, Paris, 1988

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