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Martes, 11 Julio 2017 17:08

Duro amor a las nuevas energías renovables

Duro amor a las nuevas energías renovables Tomado de National Geographic

SARA PIEDRAHITA SIERRA*

Desde la firma del Acuerdo de París de 2015, parecía que en la comunidad internacional se había llegado a un consenso respecto de peligro que representa para la humanidad el cambio climático, aceptando con ello el llamado hecho durante décadas por la comunidad científica y por algunas organizaciones internacionales como World Wildlife Fund (WWF) o GreenPeace. Sin embargo la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos representa un fuerte revés al Acuerdo, no solo por no ratificarlo sino por cuestionar la validez de la tesis del cambio climático antropogénico. El peligro real que aparece es el de subestimar, o quitarle importancia, a los riesgos de este fenómeno. Si bien no hay bases certeras para la enunciación de posibles resultados, en lo que se refiere a predicciones sobre el cambio climático el récord de la comunidad científica es fuerte. Los números no son exactamente los arrojados por los estudios, pero el camino recorrido ha sido muy similar.

La realidad muestra que las acciones tomadas al respecto están mediadas por intereses diferentes al de reducir los daños ambientales y fomentar el desarrollo sostenible. Líderes políticos del mundo se han aproximado al tema con respuestas como “I thought it must be true, until I found out what it cost” (Mann, 2017) [Pensé que era verdad, hasta que descubrí cuanto costaba]. La reducción de gases que afectan la temperatura terrestre, o la contaminación por componentes químicos y otros como el plástico o el petróleo, parecieran ir en contra de los índices de crecimiento económico y desarrollo, aunque la realidad demuestre que el cambio climático ya le está costando aproximadamente un billón de dólares a la economía global cada año, por lo que acciones en su contra no son una respuesta ilógica.

En el ámbito internacional, la comunidad de Estados ha proclamado la importancia de tomar acción, sin que compromisos concretos se establezcan. Hasta el Acuerdo de París, suscrito en la Cumbre Mundial del Clima en 2015, las naciones no se habían puesto de acuerdo en el papel que tendría cada una dentro del proceso de solución del cambio climático e incluso después de establecido este pacto, las medidas a tomar no se disponen de manera específica. El nuevo acuerdo tiene un objetivo global que parece vinculante y compromete a los Estados en pro de la reducción de emisiones para que el aumento de la temperatura terrestre no alcance los dos grados centígrados.

En este contexto se inscribe la búsqueda por alternativas energéticas que ayuden a solucionar, o mitigar, los efectos que el cambio climático tendrá en nuestro planeta según las estipulaciones de la comunidad científica. Las energías renovables, o energías limpias, son más diversas y abundantes que los combustibles fósiles y pueden ser aprovechadas en cualquier parte del planeta; “se diferencian (…) sobre todo en que no producen gases de efecto invernadero –causantes del cambio climático– ni emisiones contaminantes” (ACCIONA, s.f.). Además, sus costes no están relacionados con el margen de volatilidad que caracteriza, por ejemplo, al petróleo.

Sin grandes avances en el desarrollo de las energías renovables, el Acuerdo de París no podrá alcanzar su objetivo más allá de un avance menos que modesto, y las implicaciones para el planeta serían catastróficas. Para el 2016, las plantas de energía que trabajan con combustibles fósiles distribuyen el 70% de la electricidad global y economías en desarrollo cuyo objetivo central es un crecimiento constante han entrado en pugna con el cambio energético puesto que, según argumentan naciones como India, los costos tradicionales son menores y la infraestructura existente ayuda a que los procesos realizados con combustibles fósiles sean más eficaces. Se hace necesario, para lograr los avances esperados, que se dé un descubrimiento importante en los laboratorios, o una demostración de proyecto en el campo, que apacigüe los temores de los gobiernos emisores respecto a sus economías.

“The first prong of the strategy would involve new efforts in three areas: environmental regulation, infrastructure development, and energy innovation” (Levi, 2013) [El primer elemento de la estrategia requiere esfuerzos en tres áreas: regulación ambiental, desarrollo de infraestructura e innovación energética]. En términos perceptibles, lo que se necesita es que la comunidad internacional concentre sus esfuerzos en la accesibilidad de nuevas energías que resuelvan temas económicos y climáticos a la vez. La infraestructura mundial para el transporte, comercio y aprovechamiento de las energías fósiles ha sido desarrollada a lo largo de décadas, mientras que energías como la solar y la eólica no cuentan con líneas de trasmisión que puedan llevar la electricidad a las municipalidades, ni con centrales energéticas que sirvan a modo de batería para mantener la red conectada en los momentos que no haya producción.

Además, la reducción constante de los precios del carbón y el petróleo durante los últimos años supone una dificultad para la competencia en el mercado energético que no sería resuelta hasta que los costos de las energías renovables lleguen al nivel mínimo. Para que esto suceda, la innovación tecnológica tendría que alcanzar su mayor nivel en la historia, y se necesitaría inversión tanto pública como privada. La cuestión gira sobre la incapacidad del mismo mercado energético para proporcionar una solución deseable; se necesita el compromiso de los gobernantes, del Estado, en cuestiones como la regulación ambiental, la reglamentación de impuestos a los combustibles fósiles y la financiación de proyectos innovadores que puedan ofrecer nuevas alternativas. El requerimiento es una política energética robusta para una gran variedad de futuros tecnológicos y una transformación de la economía energética global a una escala sin precedentes.

Puesto que los gobiernos valoran su autonomía por encima de las medidas que necesitan acción integrada, la manera de dar respuesta a las necesidades actuales en cuanto al cambio climático no puede ser una imposición “top-down”, sino que deben darse incentivos para que cada país desarrolle proyectos limpios según sus propias condiciones (geográficas, económicas, demográficas). Los Estados se encuentran en la búsqueda de opciones energéticas que no representen un problema para sus poblaciones, para sus economías y que no tengan un límite en su uso; cualquiera que sea la energía que logre reemplazar a los combustibles fósiles, esta representará una nueva revolución a nivel mundial. Así, en cuanto a las energías renovables una máxima impera: quien controle el futuro controlará el presente.

IMPULSANDO EL DESARROLLO

Históricamente, los descubrimientos energéticos has estado relacionados con momentos de crisis en el mercado existente; la crisis del petróleo permitió, por ejemplo, que creciera la inversión estatal en proyectos de auto sostenimiento energético, especialmente en aquellos que fueran tecnológicamente innovadores. Sin embargo, las políticas no han sido constantes y el desarrollo de la industria renovable ha tenido un progreso más lento que la ampliación de la infraestructura destinada a los combustibles fósiles. Estados Unidos, que se había caracterizado por ser el número uno en inversión en ciencia y tecnología, ha tenido una política ambiental intermitente que confunde a los inversionistas e impide el buen desarrollo tecnológico en cuanto los subsidios se estructuran de manera corta e ineficiente. Europa, por su parte, aunque cuenta con un apoyo continuo, ha sido demasiado generoso hasta el punto de la insostenibilidad, lo que ha llevado a que las políticas estén buscando un regreso a la austeridad.

Aunque fueran constantes y sostenibles, los esfuerzos aislados no representarán una solución suficiente. Que en Occidente hayan Estados como Suecia, que han migrado la mayoría de su consumo energético a las energías limpias, no será significativo si el mundo entero no se pone en acción. Específicamente, tiene que considerarse la importancia del continente asiático que representa de manera aproximada la mitad de las emisiones de dióxido de carbono al ambiente. Sin un trabajo conjunto con Asia no se llegará al éxito en materia del cambio climático, que además de la reducción de emisiones, requiere de una contracción local en la demanda de petróleo.

Puesto que el consumo en Asia está conectado con la producción estadounidense, gracias a la globalización y a las relaciones económicas establecidas en las últimas décadas, es de gran interés para Estados Unidos participar en la gestación de proyectos energéticos tanto asiáticos como dentro de su nación. Esto, además, en pro de mantener la ventaja tecnológica y la capacidad de influencia mundial. Quedar rezagado en caso de que se produzca una revolución energética puede tener grandes consecuencias en los intereses políticos norteamericanos.

Para mantener la ventaja, y cultivar el crecimiento económico, el gobierno estadounidense necesita invertir recursos en ciencias y tecnología de manera constante; inspirar la innovación, la inversión de los privados y al desarrollo de investigaciones que generen nuevos productos, industrias, trabajo y calidad de vida (Reif, 2017). Mientras otras naciones invierten de manera vigorosa en los descubrimientos científicos, el gasto en Estados Unidos se ha estancado. Washington tiene que invertir en la investigación, así como en el desarrollo de infraestructura destinada a las nuevas tecnologías energéticas, y tendrá, de manera adicional, que modificar la manera en que los americanos utilizan la energía (del lado de la demanda, no solo de la oferta) para incentivar el surgimiento de avances en materia de energía a nivel mundial.  

Todas las medidas que se requieren para que Estados Unidos sea el promotor de las energías limpias a nivel global parecen haber chocado en el 2017 con el muro Trump. El nuevo mandatario “has threatened to withdraw from the Paris climate accord, gut the Barack Obama administration’s Clean Power Plan, and cut funding for climate science research” (Nordhaus, Trembath, & Lovering, 2017). [Ha amenazado con retirarse del acuerdo de París, destruir el Clean Power Plan de la administración Obama, y recortar la financiación para las investigaciones de ciencia climática]. Los avances realizados en materia de cambio climático han sido difíciles y entrecortados, pero si la administración Trump lleva a cabo todas las propuestas de campaña, no podrá ser Washington quien lidere la nueva revolución, y difícilmente podrán alcanzarse los objetivos esperados para reducir las consecuencias del alza en la temperatura de la tierra.

DE QUIÉN SERÁ LA TAREA

Parece que el liderazgo quedará en manos de otras naciones que sí le han apuntado a la energía renovable, especialmente a su investigación y desarrollo tecnológico. Países como Irán, Corea del Sur o Japón han introducido reformas para el impulso de un nuevo sector energético. Teherán no solo ha impuesto las llamadas mediciones netas de electricidad, sino que también se ha convertido en un promotor de tecnologías limpias a través de conferencias internacionales y la construcción de mega plantas de energía solar. Seúl y Tokio, por su parte, invierten en la exploración tecnológica para encontrar una opción que les permita la independencia energética de las importaciones de petróleo.

Sin desconocer los esfuerzos realizados por otros Estados, es la nación china la que se ha convertido en el epicentro del empuje hacia el poder renovable. El impulso para la investigación y construcción de plantas solares y eólicas ha convertido a China en líder mundial, con un total de 50 mil millones de dólares invertidos en 2010, según Bloomberg New Energy Finance. Para Beijing, el progreso del poder renovable se ha convertido en un imperativo: para aumentar el empleo y las exportaciones, para reducir la presión inflacionaria, para disminuir la demanda nacional de combustibles fósiles y para limpiar su aire altamente contaminado (Ball, 2012). Los resultados demuestran la importancia de hacer esfuerzos en pro de la estandarización de nuevas tecnologías: entre el 2008 y el 2012, por ejemplo, el costo de los módulos solares se redujo en un 80%.

Un cambio de liderazgo está en proceso. La decadencia de la inversión para energías renovables en Washington ha dado pie para que nuevos esfuerzos se impongan. China ya cuenta con una amplia ventaja en la producción de paneles y baterías solares a bajos costos y, posicionándose como el número uno en inversión para la innovación, pronto logrará la ventaja en otros mercados. Y es que a Beijing le interesa ganar prestigio y voluntad en el extranjero a través de los esfuerzos en la lucha contra el cambio climático.

Las opiniones respecto a este cambio de poder no se hacen esperar. Varun Sivaran, director del programa en seguridad energética y cambio climático para el consejo de relaciones internacionales, considera que ceder el liderazgo a China representa un riesgo a nivel mundial y un gran costo para los Estados Unidos. El principal problema, plantea, es que los asuntos climáticos serán acometidas siempre y cuando las acciones que se deban tomar estén a favor del interés nacional chino. Además de las cuestiones científicas detrás de la lucha contra el cambio climático, tendría que confiarse en que surja un mercado internacional para las exportaciones de energías renovables, en que se desincentive el consumo de combustibles fósiles y en que la economía china continuará en crecimientos, para que no disminuya la inversión.

Detrás de este miedo a la verdadera capacidad de la potencia asiática para impulsar el cambio energético, se esconde el desastre que esto representaría para la Casa Blanca. Su postura diplomática y posición en la carrera por ser el que abastezca la demanda mundial de nuevas energías se caerían de manera precipitada como resultado. Adicionalmente, si la revolución energética llega en manos de otra potencia, podría difuminarse su autoridad mundial y su condición de líder dentro de la comunidad internacional.

En el afán de establecer un guía mundial en cuanto al desarrollo de energías renovables, no debe ignorarse que China continúa exportando carbón a otras naciones del mundo, ni debe dejarse pasar que no ha ratificado el Tratado de Kyoto. El aire de Beijing sigue siendo el más contaminado y el potencial industrial chino no cuenta con restricciones ambientales. Sin embargo, que el segundo emisor del mundo esté apostándole a la energía limpia es algo positivo para la comunidad de Estados, especialmente si en el proceso no solo se reduce la contaminación, sino que también se reducen los costos de la tecnología necesaria para que este tipo de energía se propague.

Aunque quedan muchos asuntos por resolver, muchos compromisos por establecerse y acuerdos por hacerse realidad, los Estados están reconociendo la importancia de dar respuestas al cambio climático que puedan establecerse en el largo plazo y que proporcionen ventajas tanto políticas como económicas. Un impulso desinteresado, en especial por parte de las naciones occidentales, sería la solución ideal. Pero, si naciones fuertes como Estados Unidos no invierten en el desarrollo de nuevas energías limpias, o por lo menos reducen la demanda de combustibles fósiles, otras potencias se darán a la tarea.

El interés global está encaminado a una vida y un crecimiento sostenibles, si los intereses de algunos gobernantes no se encaminan a este objetivo, no pueden dejarse de tomar acciones al respecto. Lo importante no es si Estados Unidos se mantendrá en la cima del poder mundial; en lo que al mercado energético renovable y al cambio climático se refiere, se deberán tomar medidas más robustas y quien haga los mayores esfuerzos recibirá el apoyo del mundo. La tarea de las demás naciones de Occidente será imitar el ímpetu de China, y encargarse de verificar una verdadera reducción de las emisiones, porque si Washington abdica el liderazgo, también entregará su derecho a protestar.

REFERENCIAS

ACCIONA. (s.f.). Energías Renovables. Obtenido de Acciona: https://www.acciona.com/es/energias-renovables/

Ball, J. (2012). Tough Love for Renewable Energy. Foreign Affairs, 122-133.

Burlinghaus, E. (27 de Abril de 2017). The Other Green Movement. Obtenido de Foreign Affairs : https://www.foreignaffairs.com/articles/iran/2017-04-27/other-green-movement

Levi, M. (2013). America’s Energy Opportunity. Foreign Affairs, 92-104.

Mann, M. (21 de Abril de 2017). Climate Catastrophe Is a Choice. Obtenido de Foreign Affairs: https://www.foreignaffairs.com/articles/2017-04-21/climate-catastrophe-choice

Nordhaus, T. (18 de Octubre de 2016). Back from the Energy Future. Obtenido de Foreign Affairs: https://www.foreignaffairs.com/articles/2016-10-18/back-energy-future

Nordhaus, T., Trembath, A., & Lovering, J. (24 de Enero de 2017). Climate Policy in the Age of Trump. Obtenido de Foreign Affairs: https://www.foreignaffairs.com/articles/north-america/2017-01-24/climate-policy-age-trump

Norris, T., & Sivaram, V. (2016). The Clean Energy Revolution. Foreign Affaris.

Reif, R. (2017). How to Maintain America’s Edge. Foreign Affairs, 95-103.

* Estudiante de la Facultad de Ciencias Políticas de la UPB - Monitora del área de Relaciones Internacionales. 

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