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Martes, 30 Mayo 2017 20:21

Los Derechos Humanos en la nueva era: organizaciones pro vs. gobiernos contra

LAURA GARCÍA JUAN* 

El canal de noticias CNN en español emite cada noche dos noticieros seguidos y un programa de entrevistas. Como si no existiera ningún otro país en el mundo o como si no pasara nada de interés en toda América Latina, invariablemente sus locutores y presentadores nos relatan un monográfico de Venezuela y otro de “la última” de Donald Trump. Y es que, de la misma manera que el share se impone en televisión y acaba marcando el contenido de las cabeceras, la realidad nos muestra que el “populismo” avanza a pasos gigantes en partes del mundo en las que ni siquiera lo hubiéramos imaginado.

En referencia a los dos ejemplos citados, mientras el caos y la falta total de institucionalidad campan a sus anchas en Venezuela, el recién estrenado presidente de los Estados Unidos se ha revelado una amenaza para los derechos humanos en los primeros 100 días de su mandato. En algo más de tres meses ha emitido un decreto que prohibía la entrada al territorio de viajeros de siete países mayoritariamente musulmanes; ha puesto en marcha un proyecto de ley para abolir el Obamacare; ha ordenado un ataque con misiles contra el ejército de Siria; ha apoyado públicamente la tortura; se ha burlado de su vecino México sugiriendo que será ese gobierno quien pague el famoso muro; y cada minuto pretende hacer política con 140 caracteres. Y esto por citar solo algunos ejemplos, pues cuando está inspirado incluso justifica determinadas actuaciones como las de Tayyip Erdogan en Turquía, Vladimir Putin en Rusia, Abdulfatah Al-Sisi en Egipto o Bashar al-Assad en Siria, diciendo que “todas las naciones tienen derecho a poner sus propios intereses en primer lugar”. Lo que falta concretar, por cierto, son los nombres de los titulares de esos “intereses” a los que se refiere Donald Trump.

Es necesario advertir que el incomprensible (para muchos) ascenso de Trump ha venido a subrayar los enormes retos que ya enfrentaba el proyecto de los derechos universales, pues en la última década, los realineamientos geopolíticos y el surgimiento del “nacionalismo populista” están desatando una reacción global contra los derechos humanos. El orden internacional ha experimentado un cambio estructural con nuevas (y no tan nuevas) potencias como la China de Xi Jinping o la Rusia de Putin, que no solo han frenado el disenso en sus países sino que han dado apoyo financiero y diplomático a gobiernos que abiertamente violan los derechos de sus gentes, como son Filipinas o Siria.

En la otra cara de la moneda, Kenneth Roth, director ejecutivo de la organización Human Rights Watch, ha dicho que la elección de Trump ha llevado al mundo al “borde de la oscuridad” y que amenaza con revertir los logros del movimiento moderno de derechos humanos. Por su parte, el informe de 2017 de la ONG Freedom House titulado “Freedom in the World―Populists and Autocrats: The Dual Threat to Global Democracy” anuncia que 2016 fue el undécimo año consecutivo de declive de la libertad global, ya que 67 países del mundo sufrieron descensos netos en sus libertades políticas y civiles. Adicionalmente, asistimos al cuestionamiento sistemático de algunas de las principales instituciones internacionales en materia de protección de los derechos humanos. En abril de 2017 Venezuela anunció su retirada de la OEA y, por tanto, de la Convención Americana de Derechos Humanos, tratado que todavía no ha sido ratificado por USA porque ello le obligaría a prohibir la pena de muerte en los 50 estados. Sin salirnos de este sistema regional, la Comisión y la Corte Interamericana de Derechos Humanos sufren una crisis financiera de difícil solución, mientras en África varios líderes del continente se han planteado una retirada colectiva de la Corte Penal Internacional y promueven el rechazo a los derechos humanos por considerarlos “valores occidentales”.

Las líneas que se perfilan para este nuevo escenario global se están dibujando, por tanto, en África, Europa y Asia Central, Asia y Pacífico, Oriente Medio, y América, que son las cinco zonas geográficas del planeta según la clasificación que hace Naciones Unidas en sus organigramas. En todas ellas encontramos gobiernos que ignoran sistemáticamente sus obligaciones adquiridas en los tratados internacionales de derechos humanos al no temer la imposición de sanciones significativas. Varios de los 47 Estados miembros del Consejo de Europa se niegan a cumplir su obligación de ofrecer asilo y acoger a cientos de miles de personas que huyen de la guerra, sin olvidar que los partidarios del triunfante BREXIT atacaban hace poco la Convención Europea de Derechos Humanos alegando que comprometía la seguridad británica. Entre tanto, las graves atrocidades en Siria llevan seis años sin obtener una respuesta satisfactoria por parte de la comunidad internacional, y ello pese a los avances que ha supuesto la doctrina de la "responsabilidad de proteger" adoptada en 2005 por todos los Estados parte de la ONU.

Al otro lado de esta gran moneda de cambio que son los derechos humanos nos topamos con los continuos ataques (desde gobernantes y partidos políticos de diversa índole) contra activistas, asociaciones, organizaciones y ONGs, cuestionando sus actuaciones por tratarse de “peones de las fuerzas externas”. Serían claros ejemplos los de China e India, donde se han introducido leyes restrictivas que limitan el trabajo de las organizaciones no gubernamentales que defienden los derechos humanos. También en Rusia, donde la Ley de Agentes Extranjeros de 2012 se utiliza para restringir su funcionamiento y calificar de desleales y “patrocinadas por extranjeros” sus críticas hacia la política del gobierno. Al parecer, todo apunta a que nos adentramos en un periodo donde van a seguir existiendo y renovándose las normas e instituciones que protegen y promueve los derechos humanos, pero donde su ineficacia se revelará cada vez más patente.

Queda claro entonces que enfrentamos una era donde las superpotencias van a intensificar su poder en un mundo cada vez más poblado, nervioso y ansioso, en palabras del analista político Robert D. Kaplan. Pero aún hay esperanza. Es innegable que también nos adentramos en una etapa donde han proliferado y se han intensificado las luchas políticas de base a medida que los gobiernos tratan de reducir el espacio para enfoques y opiniones disidentes. Dos ejemplos los encontramos precisamente, y con ello cerramos el círculo, en la oleada de oposición interna en Estados Unidos por las políticas de Trump y en Venezuela por la sinrazón del gobierno de Maduro, lo que demuestra que el activismo político puede estar adquiriendo mayor relevancia y un poder renovado. Para terminar, traigo de nuevo a colación las palabras de Kenneth Roth cuando asevera que lo que necesitamos ahora es una reafirmación real y vigorosa de los derechos humanos, pues son la mejor manera de evitar los gobiernos corruptos y arbitrarios, y también de asegurar que los gobernantes escuchen y respondan a las necesidades reales de sus pueblos.

* Doctora en Derechos Humanos, Democracia y Justicia Internacional por el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad de Valencia (España). Profesora de Derecho Internacional Público en la Universidad Pontificia Bolivariana (Colombia), e integrante del Grupo de Investigaciones en Derecho. 

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