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Miércoles, 18 Noviembre 2015 10:24

Erradicar el terrorismo exige combatir todas las causas a la vez

RAFAEL GRASA*| 18 NOV 2015

Antes de pasar al análisis de los escenarios y políticas tras los atentados de París,  dejaré claras dos cosas. La total solidaridad, siempre, con las víctimas: no me importa por quién doblen las campanas, me duelen todas las campanadas; y más cuando tañen por muertes injustas, aleatorias y atroces, por un lado.

 

Por otro, el atentado, en términos de impacto, marca un antes y un después, y no sólo en Francia: sólo puede compararse, a nivel nacional con el atentado de Mumbai (India, noviembre de 2008), por su complejidad operativa e impacto perdurable en el país; y,  a nivel internacional aunque en menor medida, con el 11 de septiembre de 2001, por encima de Madrid y Londres. Pero la solidaridad y la percepción de la gravedad obligan no a renunciar al análisis calmado, fundamental para afinar la elección de respuestas eficaces y eficientes, sino a darle mayor importancia.

Dicho eso, explicitaré los presupuestos desde los que escribo, los del análisis y resolución de conflictos y la investigación para la paz. Nos dicen que, tras toda conducta violenta intencional y con motivación política, hay siempre causas subyacentes, claves para responder y para evitar la perpetuación de la violencia directa y las cadenas concatenadas de acción-reacción. Las conductas se pueden contener con actuaciones sólo a nivel de comportamientos y no para siempre; los conflictos sólo se resuelven, o mejor se transforman para minimizar el riesgo de violencia directa, atacando las causas subyacentes, desactivándolas a medio y largo plazo. Y al analizar las causas conviene distinguir entre causas eficientes y causas permisivas. En ambos casos hay que distinguir entre causas inmediatas (detonantes o desencadenantes), aceleradoras o multiplicadoras y causas estructurales, siendo las dos últimas las que podemos  considerar subyacentes, no visibles a primera vista, las que habrá que neutralizar para asegurar que se rompa la cadena acción-reacción que permite escalada y perpetuación de la violencia.

Dicho eso, vayamos al análisis. El ataque tenía tres propósitos. Demostrar urbi et orbe lo que ya era claro para expertos desde principios de 2015 (Charlie-Hebdo, Túnez, Beirut, avión ruso): Estado Islámico tiene alcance universal, es una organización capaz de actuar por doquier y de múltiples formas, dada su organización mucho más horizontal y descentralizada que Al Qaeda, incluso con sus franquicias. Nos dice que ya no se focaliza  en su base territorial y que sus ataques pueden ser incluso más letales que los de la organización liderada por Bin Laden. De ahí que algunos hayan hablado de guerra. Ciertamente, ello plantea retos importantes para los países occidentales.

El segundo objetivo, sustentado por la penetración de sus ideas en musulmanes europeos y occidentales de segunda y tercera generación y en la pretensión de provocar respuestas emotivas estigmatizadoras y/o generalizadas contra la comunidad musulmana, es deteriorar las relaciones intercomunitarias en París, Francia, Europa y el mundo en general. Dañar las bases de la convivencia y buscar incoherencias entre los valores occidentales y su aplicación a algunos de sus ciudadanos, en virtud de la importancia de las comunidades musulmanas y, sobre todo, de la creciente bi-direccionalidad de las diásporas. En suma, usar a su favor los habituales problemas conceptuales y de relato, de mala narrativa, que generan atentados como éstos: insistencia en falsos genéricos (choque de civilizaciones, nuestros valores contra los suyos),  uso exagerado de adjetivos (“yihjadismo urbano”, con un campo semántico explicativo nulo) con lecturas estigmatizadoras, reacciones de islamofobia o de racismo, al confundir la crítica a las conductas, o los operativos policiales orientados a impedirlas, con el rechazo a las personas o colectivos que comparten orígenes o creencias con los autores de los atentados. Mucha tarea para la academia, los medios y las autoridades públicas.

El tercero, incitar a Francia, y a otros países occidentales, a sobreactuar, a incrementar sus acciones bélicas contra ISIS, en particular en Siria e Irak, y, de ser posibles, con víctimas civiles, en un momento en que sólo  tres países, como muestro luego, bombardean en Siria e Irak.  En suma, Estado Islámico busca mostrar que es poderoso, que persigue -y está preparado para- un enfrentamiento largo, la instauración de un clima de terror que fomente respuestas de los estados occidentales que puedan ser, o parecer, indiscriminadas e injustas. Quiere guerra, que se le declare la guerra, para presentarse como el verdadero defensor del Islam frente a los nuevos cruzados occidentales.

Los dos últimos objetivos buscan por tanto una escalada de acción-reacción, para lograr “legitimaciones a posteriori” a las conductas de Estado Islámico, a la manera de las profecías autocumplidas. Y lo cierto es que 14 años de políticas antiterroristas, tras el 11 de septiembre, mal focalizadas permiten que esas legitimaciones a posteriori, falsas, medren. Por ejemplo, los bombardeos aéreos en Siria e Irak, incluyendo la respuesta francesa al atentado, fomentan desde hace unos meses esa lectura “legitimadora” de Estado Islámico: se iniciaron a principios de año con la participación de Estados Unidos, Francia, Australia, Canadá, Bahrein, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Jordania. Los cuatro países árabes los suspendieron ya antes del atentado y, por razones diferentes Australia y Canadá (Trudeau) los han suspendido.  Rusia bombardea por libre y en general muy lejos de los feudos de Estado Islámico.  El contexto es perfecto para la argumentación legitimadora: nos castigan aquéllos a los que intentamos atacar, Estados Unidos y Francia.

Y, además, no parece que los bombardeos, unos 10.000, hayan mermado el poder territorial en la región de la organización: no han retrocedido. Hasta julio, según Washington, habían causado 15.000 víctimas; en octubre eran unos 20.ooo. Pero las estimaciones de inteligencia de EEUU siguen diciendo que los combatientes territoriales de Estado Islámico siguen siendo entre 20.000 y 30.000. Los bombardeos no han mermado su capacidad de reclutamiento ni su origen internacional que, según Washington, se compone de 100 nacionalidades.

Para un analista independiente, las cosas están claras: más allá de la legalidad o legitimidad de los bombardeos, parece obvio que no han funcionado ni estratégica ni tácticamente; están sirviendo, tras el abandono de los estados árabes, como “causa permisiva”, legitimadora. Ganan legitimidad en zonas dónde la necesitamos a causa del “cuanto peor, mejor”. Los nuevos bombardeos de Francia y los que seguramente vendrán no ayudarán, como tampoco lo va a hacer imitar a Bush y sostener que se trata de una guerra contra el terror, contra Estado Islámico

Einstein nos recordó que, en ciencia, es inútil perseguir resultados diferentes persistiendo en hacer lo mismo. Y sucede lo mismo en política y en seguridad internacional. Las políticas antiterroristas de los últimos 14 años han mostrado ser ineficaces, pero no ha habido evaluación autocrítica: Irak, Libia, Afganistán…están peor que antes. Estado Islámico está penetrando en dichos países, pero también en el Cáucaso y muchas zonas de África. Antes de decretar más de lo mismo, o de decir que quiénes sugerimos otras cosas somos ingenuos bonistas, conviene recordar que a los defensores de esas políticas les toca ahora la carga de la prueba, para evitar empeorar las cosas.

La popularidad de Juego de Tronos ha hecho que muchos recuerden el fuego griego, inventado por los bizantinos para las batallas navales, un fuego que no podía combatirse con el agua, que actuaba como multiplicador, sino sólo con asfixia, eliminando el oxígeno. Lo primero ahora es evitar el fuego griego, poner en marcha estrategias que ataquen, como veremos a nivel internacional y estatal, todas las causas y que no sirvan a los intereses de Estado Islámico. Ante todo, evitar pretextos para su legitimación. Luego veremos cómo combatir todas las causas a la vez.

*Presidente del Instituto Catalán Internacional para la Paz. Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Barcelona. Doctor en Filosofía. Profesor invitado por la Facultad de Ciencias Políticas de la UPB. 

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