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Miércoles, 29 Marzo 2017 15:34

El populismo francés ¿En contra del orden establecido?

MARIANA DUQUE DÍEZ*

Las problemáticas del siglo XXI representan una arena propensa para el auge de los populismos en el orden internacional. Hoy más que nunca las amenazas terroristas, las crisis económicas y en general la magnitud de interconexiones que ha generado la globalización, han puesto en jaque a los Estados-nación que cada vez son más vulnerables a las acciones y decisiones que se toman fuera de sus fronteras.

Es en este contexto en que surgen nuevos líderes que prometen garantizar el bienestar y la seguridad de sus nacionales, en muchos casos rompiendo con el sistema predominante de cooperación y transnacionalización de políticas en pro del bien común. El populismo es justamente la respuesta en contra del establecimiento que aboga por la solución sistemática de deudas que tiene el Estado.

La aparición de líderes populistas como Donald Trump en Estados Unidos, Vladimir Putin en Rusia o Viktor Orbán en Hungría ha significado un impulso para la legitimación de la líder del Frente Nacional Francés Marine Le Pen. Pareciera ser una tendencia la transformación europea de la defensa a la cooperación (materializada en la Unión Europea), a la búsqueda de soberanía y autodeterminación en términos políticos y económicos.

Auspiciada por el alto índice de desempleo y los recientes atentados terroristas, Le Pen ha prometido erradicar de fondo todo tipo de causas de estos fenómenos, atribuyéndole gran parte de la culpa a los extranjeros. Para esta candidata a las elecciones de abril de 2017, la flexibilidad con la que los anteriores gobiernos han asumido las problemáticas migratorias y la expansión multicultural ha hecho caer a Francia en un abismo en el que los perjudicados son los mismos franceses. Es así como fundamenta su discurso populista: la intención es fortalecer a Francia tal como lo era en la época de Charles de Gaulle, un “Make America Great Again” muy al estilo francés.

Para tal fin, Marine Le Pen ha creado un listado de 144 propuestas que giran en torno a el “patriotismo económico” y el “proteccionismo inteligente”. Un impuesto adicional para los trabajadores extranjeros que favorezca la contratación de nacionales, un saldo máximo anual de 10.000 migrantes y el aumento en la tasa de interés para los productos importados son solo algunas de sus medidas. Todo esto supone desconocer algunas de las políticas que rigen a la Unión Europea con la justificación del interés nacional, pues en su percepción no hay seguridad sin soberanía.

Al respecto, Marine Le Pen ha sostenido una de las medidas más polémicas de su campaña: un referendo a favor de la salida de la república francesa de la Unión Europea, es decir, un posible Frexit. Su principal argumento sigue el ya trazado camino populista, afirmando que la democracia está siendo entorpecida por las organizaciones supranacionales y que en ningún caso el pueblo francés debe sufrir esas consecuencias. De ahí que deba quedar en sus manos la decisión de ceñirse o no a la Unión Europea. Esta afirmación ejemplifica una de las características fundamentales de todo populismo: desconocer las instituciones para generar una conexión directa entre el líder y la población. Otra de estas características es la búsqueda de la división entre “los buenos” y los que no lo son tanto. En el caso de Le Pen se trata de defender a los franceses de los extranjeros, los musulmanes, y las organizaciones que atentan contra la soberanía y la libertad de Francia.

El Islam ha sido especialmente señalado como una religión anti democrática, que desconoce la ley y la constitución. Y aunque Le Pen reconoce que esto es una generalización, asegura que prefiere ser estricta para defender la secularización, de manera que se priorice el bienestar de los individuos y no de las comunidades. Asocia también esta religión con el fundamentalismo que vive Europa en la actualidad, y por tanto propone hacer más rígidas las políticas de nacionalidad francesa, de modo que el filtro permita blindarse contra el terrorismo.

A pesar de que, como se ha visto, sus políticas son tajantes, la candidata dice no considerarse de izquierda ni de derecha. Esto le permite abarcar diferentes sectores ideológicos que se identifican con sus postulados. Así, aunque esencialmente el Frente Nacional sea un partido de derecha, algunos de los simpatizantes de Le Pen han votado anteriormente por los partidos socialistas o comunistas, pues su discurso favorece a la clase trabajadora francesa. Nuevamente los enemigos del pueblo francés parecen ser las élites, y en cambio, Marine pretende ofrecer una alternativa anti sistémica.

No hay que desentenderse de los demás candidatos franceses que disputarán en las elecciones. El presidente actual François Hollande deja al país con un desgaste innegable respecto a sus políticas socialistas. Su desaprobación es la mayor registrada desde hace más de 30 años, y por tanto ha decidido no buscar la reelección. Manuel Valls, quien fuera primer ministro de Hollande, perdió en las primarias del Partido Socialista Francés contra el outsider Benoît Hamon. Otros dos candidatos considerables son Macron (que se autodenomina de centro-izquierda) y Mélenchon (que dice no estar de acuerdo con la denominación izquierda-derecha). Estos tres candidatos, afines en varias cuestiones, únicamente han logrado dividir y debilitar aún más la izquierda francesa, generándole ventajas electorales a otros candidatos como Le Pen. Por parte del espectro de derecha, se encuentra François Fillon en el partido Republicano, quien iba casi a la par en las encuestas con la líder del Frente Nacional. Sin embargo, un escándalo de corrupción destapado a mediados de enero le ha costado 13 puntos en su favorabilidad, haciendo que únicamente el 22% de los franceses tengan una imagen positiva de él.

Es en este contexto en el que las ideas de Le Pen adquieren cada vez más resonancia y apoyo, pues no se fortalece otro líder con políticas claras y los temores que enfrenta el pueblo francés son constantes. Además, sus banderas anti neoliberales y anti globalizadoras calan muy bien en el pensamiento de una comunidad que atraviesa una profunda crisis de desempleo y de seguridad. La discusión con Le Pen va más en torno al populismo o la tecnocracia que al debate izquierda – derecha. Sin ninguna duda esto significa también una ruptura entre una antigua concepción propia de la Guerra Fría, que se nutre aún más con los deseos expresados por Le Pen de acercarse a Rusia y liberarse de las imposiciones de Estados Unidos y la Unión Europea. En este sentido, Le Pen ha sugerido que los males de su país son consecuencia del déficit democrático, la invasión de inmigrantes y la desindustrialización de los países europeos, mientras que Vladimir Putin es un patriota comprometido con la soberanía de su pueblo. Incluso Le Pen  ha favorecido a Rusia en sus declaraciones respecto a la anexión de la península de Crimea, y ha pedido una relación más cercana con los rusos para combatir el autodenominado Estado Islámico. Así, Francia presenta un nuevo papel desde la defensa acérrima de la libertad, en la que se apunta a un equilibrio de poder diferente.

¿El populismo como nueva tendencia de liderazgo mundial?

En medio de las amenazas que representan los grupos terroristas, el crimen organizado transnacional y las comunicaciones masivas globales, entre otras cosas, una respuesta populista y a favor del nacionalismo puede no sorprender. Sin embargo, el problema se encuentra en la dificultad en términos de gobernabilidad que puede representar un cumplimiento de esta forma de manejar los Estados. Al respecto, se presentan dos escenarios.

En primer lugar, es posible que la institucionalidad sobrepase las políticas populistas (que en muchas ocasiones resultan ser irresponsables), impidiendo que las figuras carismáticas como Le Pen o Trump moldeen los Estados sin medir las consecuencias de las decisiones que se toman. Esto implica, empero, que el margen de maniobra de Estados como Francia quedaría reducido, exponiéndolos aún más a las amenazas del siglo XXI ya mencionadas. En un segundo escenario, el personaje populista podría sobrepasar las instituciones y realizar acciones que a simple vista favorezcan a los nacionales, pero que atenten contra las minorías étnicas, religiosas, así como contra los principios del Estado de Derecho y los pactos en materia internacional.

Este segundo escenario resulta especialmente peligroso ya que desconoce la dinámica propia de la globalización, y la desventaja en la que se encuentran los Estados modernos en este sentido. Indiscutiblemente los fenómenos transnacionales (especialmente los ilegales) se desarrollan  más rápido que la respuesta que los Estados logran generar, por lo que a menos de contar con los suficientes recursos, una respuesta unilateral quedaría corta. Ahora bien, existen fenómenos como el cambio climático o las enfermedades pandémicas que definitivamente no pueden ser combatidos por medio de políticas de un único Estado.

El principal problema del populismo es que funciona perfectamente desde la oposición, pero resulta inviable cuando se requiere gobernar. En términos políticos y económicos, sostener medidas populistas, en vez de fortalecer un Estado, generar debilidad en sus instituciones. Es por esto que las medidas respecto al terrorismo, la migración, el desempleo y la economía requieren ser ajustadas a unos parámetros de la realidad que no pueden ser desconocidos.

Para el caso puntual de las elecciones francesas, que se encuentran marcadas incisivamente con ideas populistas, Le Pen no debe confundir libertad y soberanía con aislación y soledad. Los conceptos de patria y nación deben ponerse en sintonía con un mundo inevitablemente globalizado que requiere realismo y tecnicidad, así como cooperación para la conservación de los Estados tal y como son entendidos en la actualidad. Los demás candidatos tienen una deuda con la unión en la diferencia, y con la necesidad de una mayor claridad y contundencia si pretenden hacerle frente al fenómeno del populismo que parece fortalecerse en Europa y el resto del mundo. En cualquier caso, la institucionalidad debe prevalecer sobre las figuras carismáticas, de manera que se pueda garantizar efectivamente la protección y permanencia del Estado y sus ciudadanos.

 

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* Estudiante Facultad de Ciencias Políticas UPB          

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