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Martes, 19 Abril 2016 01:58

Rusia: un alfil del neorrealismo en la geopolítica de la entropía

JOHN BUILES TEJADA* | 18 ABRIL 2016

 

“ A monstrous compound of the petty refinements of Byzantium, and the ferocity of the desert horde, a struggle between the etiquette of the Lower (Byzantine) Empire, and the savage virtues of Asia, have produced the mighty state which Europe now beholds, and the influence of which she will probably feel hereafter, without being able to understand its operation…”

                                                                                                         (Marquis de Custine, 1843).

 

El alma rusa se ha forjado a través de siglos de disímiles y sangrientos procesos de convergencia y asimilación transcultural, militar y comercial de diferentes pueblos cuya máxima pretensión geopolítica por décadas e incluso siglos, fue la de avasallar la gran estepa euroasiática y subyugar a cada pueblo que cohabitara el territorio.  Desde los escitas persas hasta los tártaros de origen turco;  pasando por los vikingos eslavos,  los varegos,  y mongoles, todos,  han dado forma y riqueza a ésta compleja nación que entró a proyectarse como gran potencia europea desde la Guerra de los Siete Años (1756-1763).

 

Rusia no sólo es la nación más extensa de la tierra, con poco más de 17.1 millones de kilómetros cuadrados, sino que comparte además fronteras estratégicas internacionales con 16 países, incluida Europa del Este, China y hasta los Estados Unidos,  del cual se separa sólo 86 kilómetros por el estrecho de Bering (frontera con el estado de Alaska,). Kissinger (2015) asegura que su masa continental se expandió a una velocidad de 100 mil kilómetros cuadrados por año entre 1552 y 1917 (ib. p 51)

La posición de Rusia dentro y hacia Europa ha sido por decir lo menos, ambigua. Al fracturarse el Sacro Imperio Romano Germánico hacia el siglo IX en lo que serían las modernas naciones de Francia y Alemania, las tribus eslavas crearon el epicentro político y social más sofisticado y desarrollado de la Europa feudal: La Rus de Kiev; un punto de encuentro donde midieron igualmente sus fuerzas, diversas civilizaciones y rutas comerciales vibrantes y dinámicas del Medio Evo.  Su grandeza territorial y configuración, la elevaron como una potencia “eurasiática” que a pesar de extenderse a lo largo y ancho de dos continentes, no considera “hogar” único a ninguno de ellos (Kissinger, 2015, p. 51).

Con la cristianización ortodoxa del ducado de Moscú, los eslavos se convertirán en los hederos naturales de Bizancio, remanente del Imperio Romano de Oriente que pervivió en Constantinopla hasta su caída en 1453 a manos del Imperio Otomano, su preclaro y eterno enemigo geopolítico y  escatológico.  Para la dinastía Romanov y los Czares en general, la cosmovisión del Cristianismo se tornará en el horizonte de sentido que dará andamiaje y cohesión a su recio espíritu nacionalista.  Once guerras han debido librar los rusos contra el Islam político para mantener al margen a los sarracenos, y luego a los otomanos, que han intentado desde el Califato Abasí hasta las guerras del Levante y de Crimea, conquistar tierras europeas.  No fue suficiente con la épica Batalla Naval de Lepanto (1571) en que los cristianos europeos se enfrentaron sin tregua en la bahía griega contra las fuerzas del Sultán, y tampoco las gloriosas faenas en que lituanos y polacos contribuyeron a su expulsión de las Orillas de Austro-Hungría,  para comprender que Europa no cedería tan fácil ni sus tierras ni su identidad continental eminentemente cristiana.

Fue Rusia también quien le diera la estocada final en 1917 a los turcos en el seno de la Gran Guerra (1914-1918), contribuyendo así,  a su inevitable desintegración como imperio; hecho el cual tuvo enormes consecuencias geopolíticas para Asia, Europa y Oriente Medio, así como para la memoria de los turcos, quienes jamás olvidarán sus pérdidas en la Cáucaso, el Mar Negro y Eurasia.   

Con la excepción de los 70 años que durará el Comunismo de la revolución bolchevique, hasta la estrepitosa pero pacífica desintegración de la URSS con el glasnost y las perestroika, Rusia sigue teniendo vocación civilizatoria, y una vez más, abiertas las compuertas de la libertad religiosa,  hace gala de su otrora refinada búsqueda de la esencia espiritual y cristiano-ortodoxa de su pueblo, combinada con su asombrosa capacidad militar, para redefinir y afirmar su presencia en el mundo contemporáneo como la otra gran potencia militar y nuclear que le da equilibrio al Sistema Internacional.  Cierto, no desde la política blanda, pero sí con la asertiva política dura que John Mackinder define en su obra, para la zona pivote del Mundo que, cohesionada bajo una decidida Seguridad territorial y transfonteriza, le asegure dirigir la Isla-Mundo y confeccionar su férrea influencia en los dos continentes donde se expande.  Su histórica y defensiva inseguridad,  alimentada de la experiencia de incontables invasiones por diversos puntos estratégicos, y ante la realidad de contar con pocas fronteras naturales, ha obligado a la nación a tejer una política que presiona sin tregua sus posiciones defensivas hacia Europa y el Cáucaso.   La Rusia de hoy, está lejos de ententes y alianzas político-militares que le generen seguridad ante las ingentes amenazas regulares e irregulares que enfrentan las potencias, pues Estados Unidos se encargó durante la Guerra Fría, de restarle capacidad de gestión ideológica y militar, creando cercos que van desde las islas Aleutianas hasta China, y que perviven de algún modo en el imaginario del Orden Global.  Rusia continua en ascenso de su capacidad económica y militar, muy a pesar de sus ingentes problemas económicos internos, y  de la crisis financiera internacional que golpea a sus puertas de forma inexorable, pues la élite que diseñó el plan de choque y la privatización más voraz de la historia luego de la desintegración soviética,  ha sido ávida en aprender a adaptarse  y aprovechar a su favor, las innumerables ventajas comparativas que posee, obteniendo réditos cuantiosos a partir del volátil y vertiginoso mundo de la innovación y sofisticación de los mercados energéticos y terciarios en que dicta condiciones a Europa y China,  presionando políticas macroeconómicas internacionales, ampliando sus márgenes de negociación, y creando tantos nuevos ricos anualmente, como disparidad adquisitiva entre sus habitantes.  La Rusia de hoy está lejos de seguir haciendo apuestas a perder. Ya sabe que desperdició siete décadas jugando al idealismo beligerante, pero ahora no dará tregua en la implementación de una agenda geoestratégica que tiene tanto carácter de poder duro, como mítico y religioso es su espíritu nacional.  A ese enfoque geopolítico, algunos expertos lo denominan neorrealismo. Veamos:

“Las circunstancias de la Posguerra Fría hoy, hacen pensar en la efectividad o no del orden internacional y se debe pensar en la manera en la cual éste debe ser conducido. En efecto, hoy, hablamos de un nuevo realismo político caracterizado fundamentalmente por la fuerza nuclear. La multipolaridad es el escenario básico en el cual se mueven tanto las relaciones internacionales como la geopolítica y la globalización.  Por ello, la lucha antiterrorista marca el escenario fundamental de este nuevo realismo y su incidencia en el mundo. Dicho modelo institucional de política internacional, ayuda en gran medida al fortalecimiento de otras potencias que antes de la Primera y Segunda Guerras mundiales, no aparecían como peligrosas;  por ello la reactivación de las tensiones internacionales en lugares como Medio Oriente, hacen pensar en una vigencia del paradigma del realismo como ordenador, o catalizador del orden internacional. (Muñoz & Frasson, 2011) 

Como nos enseñan los realistas y teoristas estatales, con Maquiavelo se llega a un qué muy importante de la teoría general del Estado en Occidente.  Él ha sido uno de los padres y referentes del Estado moderno y de su concepción se desprende lo que algunos, al igual que él, han sostenido: La razón de Estado. Un Estado que no pueda proveer la seguridad a los individuos y  la  estabilidad  institucional  necesaria  para sobrevivir,  es un Estado débil que tiende a la ruina.   (Jackson & Sorensen, 2003).

Es así como observamos las movidas de la última década que Rusia ha desplegado en Ucrania, Georgia, Staliningrado y Siria.  Su espectacular, táctica y quirúrgica campaña militarista, no está solo dirigida a disuadir a las otras potencias occidentales y a China misma, sino a asegurar su participación económica de vanguardia en territorios de recursos estratégicos que E.U y Europa han venido fracturando desde la Primera Guerra Mundial, en orden a asegurar su acceso, y el eventual surgimiento de una potencia árabe en Oriente Próximo.  Al fin de cuentas, una falla geopolítica, -como aseguraría George Friedmann-, en esa región del mundo, causará inexorables consecuencias en el eje de influencia de los rusos.

 Desde Alexander I  hasta Putín: La escatología política

 “Sois, Majestad, el único Emperador de los cristianos en todo el Universo”

(Monje Filofei a Ivan III,  Año 1500).

Afirma Samuel H. Huntington: “La gente se define desde el punto de vista de la genealogía, la religión, la lengua, la historia, los valores, costumbres e instituciones. Se identifican con grupos culturales: tribus, grupos étnicos, comunidades religiosas, naciones y, en el nivel más alto, civilizaciones. La gente usa la política no sólo para promover sus intereses, sino también para definir su identidad. Sabemos quiénes somos sólo cuando sabemos quiénes no somos, y con frecuencia sólo cuando sabemos contra quiénes estamos.

Los Estados-nación siguen siendo los actores principales en los asuntos mundiales, y  su conducta está determinada, como en el pasado, por la búsqueda de poder y riqueza, pero también por preferencias, coincidencias y diferencias culturales (…) (p. 16) 

Rusia, hemos dicho, siempre ha pretendido enarbolar las banderas imperiales ortodoxas y bizantinas, muy a pesar de su corto y fallido ensayo comunista, con un modelo político, económico y militar, que por mucho distaba de sus históricas raíces.

Existen en la actualidad, 1.6 billones de musulmanes en el mundo.  Es un hecho que la mayoría de ellos, son ciudadanos de bien, respetuosos de las leyes y moderados en su visión y práctica de la fe. Según fuentes de inteligencia combinadas de las potencias occidentales, sólo entre el 15% y el 20% de ellos, tienen afinidad con expresiones radicales o fundamentalistas de algún grado (yihadismo o wahabismo salafista).  Esa minoría sin embargo, equivale a una población de 240 a 300 millones de personas, que sin importar cual grado de radicalización posean, siempre incluyen una retórica de odio anti-occidental, y en todos los casos,  de forma especial hacia cristianos y judíos.   Esa,  es una población tan grande como la de EE.UU, y muy superior a la población de Europa del este combinada. (Gabriel, 2008)

Rusia ha aprendido a lo largo de un milenio que el Islam radical es eminentemente político,  es contrario a los valores occidentales y sólo conoce un lenguaje: El imperio de la fuerza.  Hoy por hoy, y a pesar de tener una población promedio (no oficial) de 11 millones de musulmanes, Rusia puede contar como escasos,  los intentos de insurrección contra la Ley y los valores rusos.  Chechenia, región separatista del Cáucaso con fe musulmana, tiene vivas las recientes memorias de sus intentos de sublevación. También los terroristas del Teatro de Moscú que en 2002, pusieron a prueba el talante cuasi-autocrático de Putin, y pagaron con sus vidas; lamentablemente junto a ellos,  también un grupo de 137 civiles.   Mas de 733 civiles nacionales y extranjeros fueron rescatados por las fuerzas especiales rusas Spetsnaz.  La supremacía de su identidad nacional ortodoxa,  y su innegociable política interna, ha hecho que los musulmanes respeten, se replieguen y teman al Estado.  Putin ha afirmado en incontables ocasiones que Rusia es cristiana, y seguirá siéndolo.   Hoy por hoy, el resurgimiento de la fe ortodoxa y el apoyo oficial del gobierno ruso, dan cuenta de la sinergia que se ha generado, para fortalecer el constructo identitario en torno a sus valores históricos.

La guerra contra DAESH en Siria fue un mensaje claro no sólo contra los insurgentes suníes de afinidad wahabista - salafista patrocinada por los saudíes, y por ende, los norteamericanos,  sino también un claro mensaje a Occidente.  Rusia será el último baluarte que se erige como defensa de la Cristiandad occidental; o lo que queda de ella.  Al paso, claro, defenderá también sus intereses económicos, su seguridad nacional y sus ejes de influencia. 

El Patriarca Ortodoxo Kiril, es uno de los hombres más influyentes de la Rusia moderna,  amigo personal de Vladimir Putin,  y una voz que colige y anima al espíritu nacionalista ruso, para sorpresa de las potencias occidentales,  a continuar su destino bizantino: Ser un bastión de la Fe cristiana en contra de todas las adversidades culturales y políticas que eso signifique.  Se recoge así, el ánimo de Alejandro I cuando en el Congreso de Viena, alentaba a sus contrapartes a fortalecer las monarquías cristianas, e implementar una agenda estratégica continental que pusiera fin a la ideología liberal y revolucionaria de la Ilustración, que se asomaba como una amenaza al status político europeo, pero también frente a la identidad occidental.

Para concluir, retomaremos entonces que, el enfoque neorrealista parece desarrollar todo su potencial en la explicación del entorno internacional actual. La influencia del neorrealismo es tal, que podríamos retomar las palabras de Martin Wight y amplificarlas: “Hoy en día, todos somos neorrealistas” (Muñoz & Frasson, 2011)

El neorrealismo se adapta así a las evoluciones contemporáneas de la sociedad internacional, las cuales son más sintetizadas doctrinalmente, tanto como orientadas a una decisión política a la que aspiran abrirse a nuevas opciones y racionalizar sus escogencias frente al extraordinario panorama de retos que ha emergido después de la Guerra Fría y se ha extendido hasta lo que va del siglo XXI.  (Serge Sur, 2006. p. 29)

A diferencia de Occidente, que no sabe cómo actuar sin ser políticamente incorrecto, Rusia responde con una determinación identitaria avasalladora que obedece a sus múltiples lecciones aprendidas. Ella, ha sellado así su destino, porque es consciente que para subsistir en la presente centuria, como en el pasado, se requiere tener puertas abiertas, sin perder o negociar su identidad. Su acción y cohesión política y cultural, les ahorra el dilema de elegir entre el multiculturalismo y los riesgos a su seguridad e intereses. Ella ha probado que puede con ambos,  pero en últimas,  existir es un derecho, y sobretodo, una inescindible Razón de Estado.

REFERENCIAS

Kissinger, H (2015).  World Order. New York: Penguin Random House

Baldwin, D (1993). Neorealism and neoliberalism: The contemporary debate. New York.

Muñoz, E. & Frasson, Florent (2011). El Realismo en el S. XX y XXI.  Revista Analecta Política. Vol. 1 | No. 1 | PP. 81-106.  Julio-Diciembre. Medellín: Universidad Pontificia Bolivariana.

Sur, Serge. (2006). Relations Internationales. Paris: Montchrestien, Domat Politique.

Gabriel, Briggite.  (2008)  Because They Hate. New York: Griffin Edm.

Morgenthau, Hans (2000). Politics among Nations. New York.

* Economista, Financista e Internacionalista. Estudiante de la Maestría en Estudios Políticos. 

 

 

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