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Domingo, 10 Junio 2012 19:27

Siria en la incertidumbre de la Primavera Árabe

Sabrina Tabares Arrollave*

04/05/2012

‘Primavera Árabe’ es el nombre genérico con que se le conocen a las revueltas árabes que comenzaron hacia finales de 2010, y tuvieron como característica principal el levantamiento de poblaciones enteras para lograr el derrocamiento de los regímenes de gobierno establecidos en las repúblicas árabes y que se identificaban por presentar elementos de sistemas autoritarios, fuerte represión social y pobreza extrema. Siguiendo los amargos pero fructíferos pasos que iniciaron el pasado 17 de diciembre de 2010 con el estallido de la primavera árabe en Túnez; se alentaron sucesivamente diferentes disturbios en Egipto, Libia y otros estados árabes. Sin duda, la caída del régimen de Muamar Gadafi -quien soportó la presión de los rebeldes durante ocho meses-, sirvió como ejemplo para darle continuidad a las revueltas del Magreb en la media luna árabe. Para el caso de Siria, presentó su primera manifestación violenta el 15 de marzo de 2011, con el levantamiento de decenas de manifestantes convocados a través de redes sociales y medios electrónicos de comunicación. El contagio de la democracia corrió por las venas de Siria, dotando de valentía y valor la población, la cual no tardó en levantarse frente al régimen Al-Assar.

A pesar del avezado esfuerzo de la población de Siria, la suerte de sus ciudadanos no ha sido tan heroica como la de sus vecinos tunecinos o egipcios, ya que Bashar Al-Assad ha logrado contener lo perseverante de las revueltas, optando por reprimir a sangre y fuego las continuas protestas, mostrando en su régimen su lado más autoritario y represivo. Aun así, las manifestaciones se han perpetuado con el paso del tiempo, haciendo frente a las represiones del régimen, lo cual ha corroborado el fuerte descontento hacia el gobierno sirio, el malestar árabe y la acumulación de frustraciones que optan por un gobierno más libre, transparente, democrático y en definitiva, menos autoritario.

Una de las primeras medidas del régimen Al-Assad para responder a las manifestaciones, fue el levantamiento del estado de emergencia en que basaba la política interna de Siria. A pesar de esto, y el nombramiento de diferentes cargos en el parlamento, las peticiones ciudadanas, continuaron. Ante ello, el panorama se mantiene complejo ya que el régimen ha logrado abastecerse de armamentos con socios tradicionales como Alemania y su gran aliado, Rusia, que se mantiene estable desde mucho antes de la Guerra Fría. Igualmente, la inestabilidad política y social es evidente, muchos de los grupos que apoyaban ideas que legitimaban la independencia árabe a través de postulados nacionalistas, hoy plantean alternativas de movimientos islamistas que propugnen por nuevas ideologías opuestas al laicismo de los regímenes de carácter nacionalista. Las diferencias confesionales se han hecho más que evidentes y centenares de ciudadanos se han acercado a las calles. De ahí que, un aspecto para comprender el caso de Siria en el ojo del huracán de la primavera árabe, es el papel de la comunidad internacional en la intervención del conflicto, la cual ha sido opuesta al rol que asumió en el caso Libia con el derrocamiento de Gadafi.

En este sentido, muchas son las opiniones de la comunidad internacional frente a la represión que ha optado por emprender el régimen sirio con respecto a las reclamaciones del pueblo. Un elemento que ha sido evidente frente a los ojos de la sociedad internacional, es el grado de hostilidad al que ha incurrido el gobierno, el cual, históricamente se ha caracterizado por ‘su crueldad extrema’, incluso por instancias transnacionales como Amnistía Internacional. Frente a este panorama la comunidad internacional ha permanecido impasible, ya que el colapso de siria podría amenazar de forma directa el equilibrio y estabilidad de la zona.

A diferencia del caso Libia, la OTAN ha optado por mantenerse distante y dentro de las declaraciones precedidas por Anders Fogh Rasmussen, Secretario General de la OTAN, no tiene intención alguna de intervenir en Siria aunque ha presentado su interés por encontrar alguna solución frente al conflicto. La ONU, de otro lado, ha asumido un rol menos pasivo ante las diferentes reclamaciones de la comunidad internacional por hacer frente a una situación que ha transgredido los derechos humanos fundamentales. Así, hacia finales de junio de 2011, los brotes de opinión no se han hecho esperar ya que durante el mes de abril de 2012, han florecido diferentes propuestas al régimen para detener el derramamiento de sangre. Con ello, a través de un Mecanismo de Supervisión planteado por la ONU (2012), se ha establecido un cese al fuego en Siria. Mecanismos que ha venido presentando reiteradas violaciones, al cabo que lentamente han dejado de ser noticia para la comunidad internacional.

En definitiva, los brotes de violencia en Siria no cesan y el gobierno Al-Assad muestra seguir impávido frente a las continuas matanzas y pequeños enemigos que se adiciona poco a poco el Estado. Sin duda, la comunidad internacional será fundamental para generar alternativas en la resolución de este conflicto interno. Sin embargo, no deja de ser preocupante la fuerza con que Al-Assad ha logrado contrarrestar la fuerza de la población rebelde, pues se generan incógnitas acerca del suministro de armas o la participación a diferentes frentes de partes aliadas y enemigas al régimen, como la Hermandad Musulmana, la Liga Árabe, Turquía o Rusia. Son estas partes quienes detentan el poder oculto tras la búsqueda del derrocamiento o la permanencia del régimen actual.

La pregunta sobre el escenario de la región, permanece como una preocupación palpable en Siria. Diferentes países árabes, al igual que Siria, se encuentran en un período de transición o en sus umbrales. Dicha situación está dando paso a una nueva generación en sus gobernantes, lo cual sin duda pone en marcha una propuesta de cambio. En torno a ello se generan pregunta para Siria: ¿Cómo implementar un cambio en el régimen, siguiendo una ruta democrática y al mismo tiempo, evadir un régimen político apóstata y ateo, como actualmente afirma la población de Siria? ¿Será sostenible, desde las reclamaciones del pueblo, lograr una simbiosis adecuada en la implementación de un régimen democrático e islámico, precedido por fundamentos sunitas y su manera de comprender la doctrina religiosa?

Plantear esta pregunta genera más incertidumbres que certezas, teniendo en cuenta que Siria es un país creado bajo argumentos nacionalistas como lo es la sangre árabe. El país se ve amarrado a los deseos de cambio en la población quienes defienden una unión opuesta al laicismo y se acerca más a una propuesta de corte islámico. Haciendo cara al futuro y sus prospectivas sobre la situación de Sira, cabe esperar diferentes escenarios con respecto a sus complejidades. Por un lado, su futuro puede quedar en vilo por las voluntades internacionales, puesto que de seguir el sometimiento del gobierno Al-Assad, solo quedarán ruinas de su fragmentada economía. Este evidente deterioro, a través de la cual, el régimen financia su mantenimiento, puede resultar un obstáculo enorme para echar abajo el régimen dinástico. De este modo, en caso de persistir los brotes violentos y de lograr el derrocamiento del régimen Al-Assad, lo más probable es que se dé la institución de regímenes islámicos que desplieguen su poder a través una unión islámico-política. Esta, que parece ser la apuesta con mayores probabilidades de acción, augura la contradicción de la democracia para lograr un efectivo ascenso religioso, es decir, la instauración de una República Árabe de Siria, verdaderamente musulmana.

Sabrina Tabares Arrollave

profesional en Negocios Internacionales y docente de la Universidad de Medellín.

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