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Lunes, 09 Julio 2012 19:27

Transformación en la política internacional: Nuevos competidores, viejas instituciones y guerras aterradoras.

Carlos Alberto Patiño Villa*

01/06/2012

Cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se disolvió producto de una implosión en diciembre de 1991, luego de sobrevivir maltrecha al golpe de estado que se presentó entre el 19 y el 21 de agosto del mismo año, se produjeron grandes transformaciones históricas: de una parte se terminaba el período de la Guerra Fría, que se había extendido desde 1947 hasta la implosión soviética, y que se había convertido en la esfera informal del orden internacional. De otra parte se terminaba el siglo XX y las dinámicas de gobierno internacional bipolar que se habían presentado mediante el mecanismo de la competencia-cooperación, y que había asegurado tanto para los Estados Unidos como para la URSS el control sobre los cambios políticos más importantes que se pudieran presentar en cualquier parte de la tierra. Empero estas cambios geopolíticos abruptos, el orden internacional se transformó de manera limitada, pues dio lugar a un aparente orden unipolar pero institucionalmente mantenido en el contexto de los acuerdos de San Francisco de 1945, por los que se dio lugar a la aparición de un orden constitucional institucionalizado en la ONU. De esta forma asistimos a una transformación de la política internacional, que resultó estar auto-contenida en el modelo de la ONU, y de esta forma se presentaba cierta actualización del statu quo de 1945.

Sin embargo la actualización del statu quo fue solo limitada y nominal por varias razones, siendo la primera de ellas que algunos de los Estados que en 1992 hacían parte del Consejo de Seguridad, el órgano real de gobierno de la ONU, no eran exactamente los mismo que habían sido considerados los victoriosos de la Segunda Guerra Mundial, ejemplo China y la Federación Rusa, y otros ya no eran las grandes potencias globales que fueron, y aunque siguen manteniendo un papel destacado en la política internacional ya no son determinantes, ejemplo, Reino Unido y Francia. Solo los Estados Unidos se mantuvo como gran potencia internacional, en una condición que muchos consideraron incontestada desde cualquier categoría y análisis geopolítico, a la vez que era el centro de la mayor transformación económica del último siglo: la tercera revolución industrial. De esta forma fue evidente entender que durante los años de la década de 1990 este país, bajo el gobierno de Bill Clinton, caminara hacia una especie de neo-aislacionismo, es decir, hacia un reconsideración positiva de la posición que este país mantuvo en política exterior durante el siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial, y que consistía en aislarse de los grandes conflictos internacionales, sobre todo de los acontecidos en Europa para limitar la posibilidad de verse arrastrado a participar en grandes guerras. Pero durante el gobierno de George H. W. Bush, Bush hijo, los EEUU, especialmente después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, se encaminaron hacia una actitud de intervencionismo unilateral con la que se justificaron las guerras en Afganistán, en respuesta a los atentados mencionados en cuanto albergaba al autor intelectual y su organización, iniciada en octubre del mismo año, y la de Irak, justificada por la supuesta producción y almacenamiento de armas de destrucción masiva en manos de un régimen peligroso internacionalmente, ejecutada a partir de marzo de 2003. Como corolario del gobierno de Bush, es necesario anotar que éste terminó en medio de la crisis económica más grave de EEUU desde la década de 1930, y en ese marco, más el fracaso de las guerras indicadas, se dio un cambio de gobierno de profundas repercusiones en 2009, dando lugar al surgimiento del gobierno de Barack Obama, el primer presidente afrodescendiente.

En estas dos décadas EEUU llegó al cenit de su poder internacional, y desperdició peligrosamente su prestigio, poniendo en juego la efectividad de su diplomacia y llevando al mundo a tambalearse al ritmo de sus crisis políticas, de sus euforias y debacles económicas y de sus aventuras militares. O por lo menos eso es lo que muchos creímos, porque cuando se observa con detalle la transformación del escenario internacional descubrimos que en este mismo período han comenzado a surgir nuevos poderes internacionales que pretenden una modificación sustancial del statu quo de 1991, cuando no su ruptura total, y con ello indicar la necesidad de reconstruir las instituciones internacionales de acuerdo y gobierno interestatal surgidas en los acuerdos de 1945. Algunas de estas nuevas potencias tienen por característica básica que no son occidentales, y adicionalmente cada una de ellas propende porque se erijan valores políticos, culturales e incluso diplomáticos con particularidades sustanciales, de forma tal que están llevando a que se esté configurando un orden internacional multipolar y no multilateral. Estas nuevas potencias son: China, India, Federación Rusa, Japón, y detrás de estas aparecen algunas potencias que son descritas como emergentes, entre las que se encuentran Turquía, Irán, Brasil, Sudáfrica, e incluso hay quienes creen que Indonesia podría estar en este listado.

Aunque se pueden utilizar diversos criterios para definir qué países son potencias o no, éstos en general reúnen cuatro condiciones claves: uno, tienen economías en crecimiento sostenido y de impacto regional y global evidente. Dos, capacidad militar evidente, y una doctrina para usarla de forma directa, junto con gasto e inversión en innovación militar significativa. Tres, una población con dinamismo demográfico. Y cuatro, tienen un participación real, creciente y directa en el comercio mundial, junto con un creciente papel en la competencia científico-tecnológica. Estas transformaciones se han vuelto más dramáticas dada la crisis estructural de la Unión Europea iniciada desde 2009 y que al parecer aún no se detiene, a más de que algunos observadores creen que el proyecto de Unión puede terminar fracturándose y convirtiéndose en deudor de nuevas potencias como China e India. China aprovechará a utilizar sus inmensas reservas en dólares para tomar una posición fuerte frente a Europa, a la vez que se apuntalará como país clave en la economía global, en la que ya ocupa el segundo lugar, y buscará un relanzamiento de su capacidad productiva y financiera.

Pero la estabilidad del statu quo de 1991 está en aprietos, pues las guerras, internas, internacionales, insurgentes, contra-insurgentes, híbridas, han empezado a aumentar a ritmos preocupantes. Y más allá de las guerras empiezan a darse cambios sustanciales en algunos aspectos como el reconocimiento de temas de difícil tratamiento como la religión, las identidades y los nacionalismos de diferente cuño. En este contexto se inscriben los vientos de guerra que actualmente sacuden a Asia Central, bajo la amenaza de una guerra abierta entre Israel e Irán, entendiendo que ya se ha agotado la primera fase secreta de la misma, a la vez que se reconfigura el retorno de los Talibán a Afganistán, enemigos de Irán, pero con el apoyo de Pakistán, enemigo de India y que en algunas ocasiones se ha manifestado a favor de que Irán tenga su programa nuclear porque ello representaría un balance contra Pakistán. Arabia Saudita y el mundo sunita empiezan a buscar con afán que se acabe con el régimen teocrático de Irán, o tener sus propias armas nucleares. A la vez cualquier cambio geopolítico en Asia Central afecta la seguridad del sur de Rusia y a las nuevas repúblicas, especialmente a aquellas alrededor del valle del Fergana, y lleva a un estado de alerta máximo a China, que se disputa la superioridad militar con India en el océano Indico, mientras que mantiene abierta las disputa con Vietnam por áreas marinas y submarinas de frontera. En este mismo contexto entra el problema de la transición en Corea del Norte y la finalidad de su capacidad nuclear. Y sobre todo este panorama planea la sombra de la guerra del Kargil de 1999, entre India y Pakistán, en la que quedó evidente que dos democracias, así lo sean solo formalmente, sí pueden ir a la guerra con armas nucleares.

Dicho brevemente, estamos en un momento de posible transformación radical del orden internacional, que se producirá a través de una guerra protagonizada por enemigos radicales, de la que emergerán rápidamente nuevos poderes, y quizá con ellos nuevas reglas.

*Carlos Alberto Patiño Villa es profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia, adscrito al Instituto de Estudios Urbanos, e investigador de la Universidad Pontificia Bolivariana

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