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Miércoles, 04 Agosto 2021 02:38

La justicia global en el conflicto palestino-israelí

La justicia global en el conflicto palestino-israelí Photo by Michael.Loadenthal on Foter.com

Si bien el conflicto palestino-israelí es un conflicto local, sus repercusiones tienen un gran impacto tanto en la región (Medio Oriente) como a nivel global. Por lo tanto, no es descabellado elaborar una posible solución desde la justicia global.

Por: Cristian C. Acevedo.

Introducción

El conflicto palestino-israelí es sin duda uno de los conflictos territoriales más antiguos que se mantiene activo y en todo su vigor hasta nuestros días. Las recientes tensiones que se vivieron en mayo de este año confirman que este conflicto, lejos de vislumbrar una solución pacífica que ponga fin a las hostilidades, se mantiene en un punto álgido que hace que la situación tanto de israelíes como de palestinos se vea complicada con respecto a un futuro donde las hostilidades sean cero y el “diálogo” haga de las dos naciones un todo homogéneo pacífico (si es que esto es realmente posible). Por lo tanto, de este conflicto podemos afirmar, como lo hace Lescure (2019, p. 5), que se convierte, gracias a su antigüedad y número de actores intervinientes, en una disputa demasiado compleja donde “la historia se llena de acontecimientos, con el riesgo para nosotros de no llegar a comprender los hechos”.  Sin embargo, no nos podemos conformar con predicar que un conflicto es complejo, esto no resuelve ni aporta nada, sino que deviene en pura tautología. Por ende, debemos atrevernos a elaborar sanas especulaciones que aporten soluciones y abran caminos que busquen salidas a los problemas que la realidad fenoménica nos aporta; especulaciones, eso sí, que no se alejen de la realidad, sino que partan de ella como su terminus a quo y terminus a quem.

En efecto, este es el objetivo que nos planteamos en este breve escrito, a saber, tratar de comprender el conflicto palestino-israelí para, a partir de dicha comprensión, buscar una posible solución al mismo. ¿Dónde vislumbramos esta posible solución? La respuesta que queremos elaborar está basada en la teoría de la justicia global, pues consideramos que dicha teoría aporta un camino interesante y no muy explorado para la solución de los graves problemas que aquejan a la actual sociedad global. Si bien el conflicto palestino-israelí es un conflicto local, sus repercusiones tienen un gran impacto tanto en la región (Medio Oriente) como a nivel global. Por lo tanto, no es descabellado elaborar una posible solución desde la justicia global. Nuestro aporte, además, resalta aproximaciones que ya se han elaborado al respecto, como la de Jorge Núñez en su capítulo de libro disputas territoriales, justicia global y soberanía compartida igualitaria (2020).

Aproximación al conflicto

Demos por presupuestas las definiciones de conflicto en general y de conflicto territorial en particular, pues nuestro objetivo no es discurrir sobre estos conceptos; partamos entonces de los pre-juicios que cada individuo tiene sobre lo que sea un conflicto. Así, se nos presenta un dato empírico evidente: en el territorio de Palestina, antes llamado Judea (antes de Tito y Adriano), existe un conflicto entre el Estado de Israel y el reciente Estado de Palestina (con reconocimiento parcial). ¿Cuál es la causa de dicho conflicto, esto es, cuál es la razón por la que se pelean israelíes y palestinos? La respuesta es simple: porque hay dos pueblos, dos naciones, con identidades culturales diferentes, que reclaman un mismo territorio como propio (Brieger, 2010). Los argumentos que utilizan ambas partes son de tinte religioso e histórico: los israelíes argumentan que el territorio les pertenece por ser la tierra prometida por Dios al pueblo judío; mientras que los árabes-palestinos sostienen que siempre han estado en dicha tierra desde tiempos inmemoriales y se consideran a sí mismos descendientes de los filisteos. Por lo tanto, la disputa gira en torno al territorio y se respalda en argumentos religiosos, históricos y culturales.

Ahora bien, el conflicto como tal tiene su origen en el siglo XIX. En efecto, es durante este período que empiezan las primeras migraciones masivas de judíos a la región de Palestina, gracias al movimiento sionista. El Sionismo fue un movimiento nacionalista que nació en Europa a raíz, primero que todo, de la fuerte relevancia que adquirieron los nacionalismos en el siglo XIX y, en segundo lugar, debido a las fuertes olas de antisemitismos que han experimentado los judíos ab illo tempore, antisemitismo que se intensificó en el siglo XIX, sobre todo en Rusia. Así, en pleno contexto de nacionalismos, surgió la idea de un Estado para los judíos, un Estado que los albergara a todos y en el cual pudieran profesar su religión y cultura con toda libertad. Surgieron varias posibilidades de dónde podría llevarse a cabo la creación de dicho Estado: “se mencionan los territorios de Madagascar, Uganda, Argentina, que se consideran vacíos de hombres por los partidarios de la colonización europea” (Lescure, 2019, p. 26). Pero fue la figura de Theodor Herzl, que en 1897creó la organización sionista mundial, la que marcó el lugar predilecto: Palestina (Brunetto, 2014). De este modo, argumentaban los seguidores de Herzl que para los judíos Palestina era considerada la “inolvidable patria histórica” (Brieger, 2014), el lugar prometido por Dios al pueblo elegido y, por lo tanto, el lugar más apropiado, sino el único lugar, para la creación del Estado judío. Elegido el lugar, entonces, comenzaron a llegar grandes cantidades de judíos a Palestina.

Sin embargo, el movimiento sionista obvió la existencia de las comunidades árabes que allí se encontraban, pues el territorio de Palestina no era un lugar vacío, sino que diferentes pueblos árabes lo habitaban desde tiempos remotos (también comunidades judías, pero en una proporción más pequeña). Así, por lo tanto, se originó el conflicto entre palestinos y judíos. Es importante resaltar que, si bien siempre ha habido una pugna entre árabes y judíos por cuestiones religiosas, antes del siglo XIX ambas comunidades convivían “pacíficamente” en Palestina bajo los diferentes dominios a los que esta estuvo sometida: dominación bizantina (siglos III - VII), árabe (siglos VIII - XIII) Y otomana (siglos XIV - 1918) (Brueneto, 2014, p. 77). Por ende, el conflicto es propio del siglo XIX y no antes, como muchos pretenden hacer creer.

Se nos presenta también como menester mencionar algunos de los hechos más importantes de la disputa antes de la creación del Estado de Israel en 1948. Con respecto a la migración masiva de judíos a Palestina hay tres momentos relevantes, a lo que se le ha denominado en hebreo Alyah. El primer momento fue en 1882, el segundo en 1903 y el tercero en 1947. Grandes migraciones de judíos, en estas tres fechas, hacen que para 1947 el total de judíos en Palestina sea de 600.000, mientras que la población palestina alcanzaba 1,2 millones (Lescure, 2019, p. 39).

Luego de la primera guerra mundial, tras el fin del Imperio Otomano, el territorio de Palestina quedó bajo la administración de Reino Unido. En efecto, el tratado Sykes-Picot (1916) establecía la división de Medio Oriente en cinco zonas bajo el dominio franco-británico. En dicho tratado se establecieron ciertas cosas que nunca se cumplieron, pues se suponía que la región de Jerusalén y la provincia otomana de Palestina quedarían bajo una internacionalización que permitiría el acceso de todos a los lugares santos de las tres principales religiones. Fue la Sociedad de Naciones la que, en última instancia, terminó dándole la administración de Oriente Medio a Londres y París, quedando Palestina bajo la jurisdicción británica.

La administración británica prometió a los árabes la creación de un Estado en palestina, pero dicha promesa nunca se cumplió. Por el contrario, Reino Unido, con la declaración Balfour de 1917, dio más esperanzas a la comunidad judía: “el gobierno de su Majestad ve con beneplácito el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo judío en Palestina” (Aznar, 2016, p.110). Tal declaración siembra un profundo ambiente de tensiones entre árabes y judíos y da una asombrosa potencia a las reclamaciones sionistas.

Durante el periodo de entreguerras hubo constantes choques entre árabes-palestinos y judíos por una parte y entre ambas partes contra la potencia mandataria. Esto debido a las profundas contradicciones con las que Reino Unido manejó la cuestión de Palestina. Así, durante este periodo se vivió una constante tensión entre los nacionalistas árabes que exigían su independencia como Estado, cuestión que veían en peligro a causa de las migraciones judías, y los sionistas que tenían una fuerte impaciencia para que se creara un Estado nacional para el pueblo judío. Durante este periodo de entreguerras las relaciones de ambas partes con la potencia mandataria se agravaron, “degenerando incluso en una verdadera guerra de guerrillas” (Brunetto, 2014, p. 87). Múltiples atentados, que se podrían clasificar como terrorismo, fueron llevados a cabo por nacionalistas árabes y sionistas radicales.

El cambio de paradigma que se inaugura con el fin de la segunda guerra mundial trajo consigo múltiples consecuencias para Palestina. Los constantes ataques y cuestionamientos contra la administración británica por parte de los sionistas, de los árabes y de la comunidad internacional, llevaron a que esta se decidiera a abandonar el territorio en 1947 y dejar la cuestión de Palestina en manos de las Naciones Unidas. Esta decisión fue para los árabes un mero acto de “lavarse las manos” luego de crear el problema en 1917 con su declaración Balfour y de haber permitido las grandes migraciones de judíos (Brunetto, 2014, p. 92).

Por su parte, Naciones Unidas, tras múltiples análisis de la situación por parte de varios comités, decidió que la mejor opción era la partición de Palestina en dos Estados. Así, bajo la resolución 181 del 29 de noviembre de 1947, la ONU, para resolver la cuestión Palestina, decidió la partición de este territorio en dos Estados: uno árabe-palestino (45 % del territorio) y otro judío (56 % del territorio); mientras que Jerusalén y sus alrededores quedarían bajo un régimen internacional administrado por la ONU. Los países árabes, reunidos en la Liga Árabe, decidieron no aceptar tal resolución y hacer todo lo posible para impedir su ejecución; así también los árabes-palestinos hicieron una huelga general en contra de dicha resolución, pero no se preocuparon por establecer un Estado en el territorio asignado. Por su parte la comunidad judía aceptó el plan.

Luego de aprobada la resolución de la ONU estalló una especie de guerra civil en Palestina, lo cual aceleró a que Gran Bretaña hiciera efectiva su salida para el 14 de mayo de 1948. Seguido a esto comenzó el movimiento masivo de palestinos que empezaron a huir de la violencia, primero voluntariamente y luego por presión de los judíos; lo que se conoce con el nombre de nakba (catástrofe). Ese mismo 14 de mayo de 1948 el órgano que hacía las veces de parlamento judío, bajo el mando de David Ben-Gurión, declaró la independencia del Estado de Israel, dando nacimiento, así, al actual Estado de Israel: “como la confirmación de la necesidad de una patria judía acogedora de los supervivientes, con el mismo título para los judíos que vengan de otros continentes.” (Lescure, 2019, p. 67). Acto seguido a la declaración de independencia, los Estados árabes le declaran la guerra en cuestión de horas a ese recién Estado de Israel, dando inicio a la guerra árabe-israelí.

De esto, pues, podemos concluir que, si bien el conflicto entre árabes-palestinos y judíos tiene su origen en el siglo XIX, es con la creación del Estado de Israel en 1948 que inicia el conflicto in sensu stricto. Miremos brevemente cuáles han sido los momentos más importantes de este conflicto:

  • La primera guerra árabe-israelí (1948-1949) que trajo como consecuencia la victoria de Israel sobre Egipto, Líbano, Transjordania y Siria y que conllevó a la ampliación del territorio por parte de Israel en un 23 % más a lo establecido por la resolución 181 de la ONU. Durante este conflicto inicia el desplazamiento masivo de palestinos hacia otros Estados árabes (nakba).
  • La guerra del Sinaí o crisis del Suez (1956) que enfrentó a Egipto con la alianza militar entre Reino Unido, Francia e Israel. Nuevamente fue una victoria para Israel.
  • La guerra de los seis días (1967): Egipto crea tensión contra Israel, cierra el camino de los navíos israelíes en el mar rojo. Israel se ve amenazada y decide atacar a Egipto, Jordania y Siria; gana la guerra. Israel pasa a ocupar el Sinaí, los altos del Golán, la Franja de Gaza y Cisjordania y comienza a crear asentamientos judíos en varios de estos lugares palestinos ocupados (cosa que prohíbe el derecho internacional). Los palestinos responden con grandes olas de terrorismo.
  • Guerra de Yom-Kippur, (1973). Enfrentó a Egipto y Siria contra Israel. Trajo como consecuencia el acercamiento de Egipto con Israel, donde el primero reconoció como Estado a Israel, siendo así el primer país árabe en hacerlo: acuerdos de Camp David, 1978. Israel renunció al Sinaí y Egipto a la Franja de Gaza. A partir de acá, mutatis mutandis, finaliza el conflicto de Israel con los países árabes vecinos y el conflicto se circunscribe a las tensiones entre los árabes-palestinos y el Estado de Israel.
  • En 1987 inicia la primera intifada, en la cual los palestinos se alzaron en protestas contra los israelíes debido a las profundas injusticias cometidos por estos contra el pueblo palestino, sobre todo por las colonias judías en Cisjordania y Jerusalén oriental. Este hecho llevó a los acuerdos de Oslo en 1993, que fueron los que más cerca estuvieron de llegar a una solución pacífica del conflicto. Con ellos se logró un acuerdo entre Israel y la OLP en el cual se establecía la retirada del primero de Gaza y Cisjordania dejándolo en manos de la autoridad de liberación palestina, creando así una autoridad nacional palestina (ANP), mientras esta última reconoció al Estado de Israel como legítimo. Sin embargo, a pesar del gran avance que significó, dichos acuerdos fracasaron debido a que los temas principales como las fronteras, los colonos judíos y Jerusalén se dejaron para lo último y, al fin de cuentas, los diálogos sobre estas cuestiones terminaron agotándose. Además, las partes implicadas en las negociaciones fueron acusadas, por ciertos sectores radicales de ambas partes, de traicionar la confianza de ambos pueblos; tanto fue esto que en 1995 el primer ministro israelí, Isaac Rabin, fue asesinado por un extremista judío que se negaba a la entrega de territorio a cambio de paz.
  • En el 2000 inicia la segunda intifada, otra ola de violencias y tensiones entre palestinos e israelíes. Finalizó en el 2005 con la retirada de Israel de la Franja de Gaza dejándola bajo la jurisdicción de la autoridad nacional palestina.
  • Las tensiones más recientes las tenemos en el 2017 y 2021. La violencia y tensión del 2017 surgió de la decisión del presidente Trump de reconocer a Jerusalén como capital de Israel. Las más recientes tensiones las tenemos en este año en curso, ocasionadas por la decisión de la corte israelí de desalojar a unas familias palestinas de un barrio de Jerusalén del Este. Se dieron fuertes protestas que se reprimieron con dureza por Israel, lo cual desembocó en enfrentamientos aéreos entre Gaza (Hamás) e Israel. Las víctimas mortales, según lo afirma la DW (2021), fueron de 219 palestinos y 12 israelíes.

Concluyamos esta breve aproximación al conflicto diciendo que, a pesar de los múltiples intentos de una solución pacífica del mismo, no se ha podido encontrar una salida satisfactoria que haga de Palestina un lugar estable y pacífico. ¿Por qué pasa esto? La respuesta que damos es que el conflicto tiene unas cuestiones importantes que no se han solucionado debido a que las partes se niegan a establecer un acuerdo respecto a ellas. Estas cuestiones son: a) la definición de unas fronteras específicas con las que ambas partes queden satisfechas; b) la cuestión de Jerusalén, ¿cómo dividirse la ciudad más importante del monoteísmo?; c) qué hacer con los asentamientos judíos en territorio palestino; y d) la cuestión de los millones de refugiados palestinos, ¿qué hacer con ellos? En efecto, estos puntos álgidos generan que un conflicto, ya per se tan complejo, no encuentre una salida, ya que las partes insisten en elaborar argumentos metafísicos con base a referencias religiosas, históricas y culturales. También es importante resaltar el hecho de que ambas partes son sociedades complejas, esto es, compuestas de diferentes partes y grupos, donde muchas de estas partes no aceptan la existencia de la otra parte. Así, muchos judíos extremistas no aceptan la idea de un Estado palestino y muchos palestinos extremistas tampoco aceptan la existencia del Estado judío. Este hecho es, sin duda, otro de los factores principales por los cuales el conflicto no se ha podido solucionar. 

La justicia global: ¿una posible solución?

Ahora bien, luego de haber expuesto una aproximación al conflicto palestino-israelí, sobre todo a sus orígenes, que permiten una mayor comprensión sobre el mismo, dispongámonos a reflexionar acerca de una posible solución a este conflicto desde la teoría de la justicia global.

La justicia global parte de entender que, en la sociedad global contemporánea en la que vivimos, hay cosas que no andan nada bien cuando se observan las graves y grandes desigualdades que afectan a todo el planeta (Dávila, 2020). Esto evidencia la existencia de injusticias que reclaman reparaciones y soluciones para que tales hechos cambien y se genere una sociedad más justa e igualitaria, en la cual se creen mecanismos que posibiliten que los más vulnerables puedan salir de dicha condición de vulnerabilidad. Podemos definir a la justicia global como “el intento por determinar deberes y derechos tendentes a solucionar las injusticias de alcance global y la búsqueda de argumentos a favor de estos deberes y derechos (Dávila, 2020, p. 176). Así, por lo tanto, es necesario la aplicación de una justicia que permita tales posibilidades. ¿A quién compete la aplicación de dicha justicia? La respuesta más obvia y más tradicional, siguiendo el paradigma de la justicia de Rawls, es que corresponde a los Estados, a sociedades concretas y cerradas, la responsabilidad de aplicar dicha justicia distributiva. Sin embargo, tal como lo propone Pogge (2008), hay que extender ese análisis moral institucional (rawlseano) al plano de las relaciones internacionales, ya que la sociedad global contemporánea conlleva a que los problemas que afectan a los más vulnerables trasciendan las esferas nacionales; problemas como la pobreza extrema, el cambio climático, migraciones y desplazamientos, conflictos territoriales, entre otros (Dávila, 2020), son asuntos que borran las fronteras nacionales y se extienden al plano global. Por ende, la responsabilidad frente a estos hechos lamentables no se le puede adjudicar exclusivamente a los Estados, sino que debe trascender a la sociedad global, esto es, incluir una cooperación entre Estados, empresas, organizaciones internacionales, entre otras, ya que: “son temas que conciernen a todos, de una u otra forma.” (Dávila, 2020, p. 176).

Pero la responsabilidad va más allá de los Estados y de los demás actores internacionales, llega hasta los propios individuos de los Estados desarrollados, pues estos también son responsables de las injusticias globales. En efecto, al estar en una sociedad globalizada, bajo un orden internacional diseñado por los países desarrollados, orden que, en la argumentación de Pogge (2009), está diseñado para que los países más vulnerables y, por ende, los más pobres, no puedan participar de una manera equitativa en las dinámicas que esos países desarrollados, con sus instituciones internacionales, han diseñado. Así, las relaciones internacionales hacen que los pobres sean cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. Ahora bien, como estos países desarrollados se presumen democráticos, entonces también hay que responsabilizar a los individuos de los mismos. (Pogge, 2008). Con esto, como lo sugiere (Dávila 2020), estamos combinando el enfoque interactivo con el enfoque institucional, ya que consideramos que tanto las instituciones (Estados, organizaciones internacionales, entre otras) como los individuos concretos deben hacerse responsables y responder al llamado de materializar la justicia global.

Pues bien, ya que tenemos una noción general sobre lo que es la justicia global, nos podemos preguntar si el conflicto palestino-israelí puede ser considerado como un problema de justicia global. Ante esta cuestión nuestra respuesta es que sí, pues este conflicto cumple con las dos características que se exige para que un problema sea considerado como asunto de la justicia global, a saber: que el problema afecte a más de un Estado o a una amplia región y que la solución amerite la cooperación de agentes globales como Estados extranjeros, empresas, organizaciones internacionales, etc. (Dávila, 2020, p. 176).

Como ya lo mencionamos, este conflicto afecta no solo al Estado de Israel y de Palestina, sino que afecta a toda la región de Oriente Medio, ya que, como lo hemos visto en el recorrido histórico inicial, la fundación del Estado de Israel afectó las relaciones y estabilidad de todos los países árabes colindantes; también está la cuestión de los refugiados que, en su mayoría, se encuentran en dichos países árabes vecinos. A su vez, la búsqueda de una solución a este conflicto ha implicado la cooperación de agentes globales: gran parte de la comunidad internacional ha intervenido, de una manera u otra, en la búsqueda de una posible solución, aunque sin mucho éxito.

Ya hemos dado un contexto general del conflicto y de la justicia global, también hemos argumentado por qué este conflicto es un problema de justicia global. Pasemos ahora al quid del escrito, esto es, a elaborar una solución desde la perspectiva de la justicia global.

¿A quién pertenece el territorio de Palestina? Esta pregunta, como ya lo dijimos, es la cuestión central por la que se pelean, desde hace más de 70 años, israelíes y palestinos. Argumentar en favor de un bando, aparte de ser una irresponsabilidad conceptual (perder la objetividad), es, como se diría popularmente, echarle más leña al fuego. El hecho empírico, claro y distinto, es que hay dos comunidades que se están disputando un territorio para establecer un Estado, una de ellas ya lo logró: Israel, pero la otra ha tenido múltiples dificultades para lograrlo: solo hasta 2013 Palestina logró conformarse como Estado con un reconocimiento limitado de la comunidad internacional. Los territorios no pertenecen a los pueblos por derecho natural, tal derecho no existe; el territorio pertenece a aquel que tiene la fuerza material para defenderlo. Si esto es así, vemos que el Estado de Israel tiene todo ese poder material para defender el territorio de su Estado en Palestina. Sin embargo, lo que no tiene, por cuestión moral, es la potestad de expulsar a los árabes-palestinos del territorio que estos reivindican para sí. Por lo tanto, una respuesta adecuada es que ambos pueblos deben permanecer en la región palestina. ¿Cómo, entonces, resolver el conflicto desde la justicia global?

Si la justicia global se trata de asignar deberes y derechos para la solución de los problemas globales: ¿entonces qué deberes y derechos se deben asignar y a qué actores? Los actores son los dos Estados en disputa, Israel y Palestina y la comunidad internacional que ha intervenido en el conflicto desde sus inicios. Con respecto a la comunidad internacional hay que decir lo siguiente: su participación en el conflicto ha sido ineficaz para llevar al mismo a una solución pacífica; antes bien, su intervención ha servido más para que el conflicto se avive, como ha sido la ayuda de Estados Unidos para con Israel o la ayuda de Irán a grupos subversivos palestinos. Por lo tanto, en nuestra perspectiva, y siguiendo la propuesta de Jorge Núñez (2020), para quien el conflicto se debe resolver entre las partes litigantes exclusivamente, la comunidad internacional tiene el deber de no seguir entrometiéndose en la disputa en favor de una de las partes o en defensa de sus intereses. Esto no quiere decir que se excluya por completo a la comunidad internacional, sino que se le exige el deber de la neutralidad.

Con respecto a las partes litigantes hay que aceptar que una de ellas está mejor situada que la otra: Israel. Es decir, el Estado de Israel se alza en la región como toda una potencia en términos militares y económicos, todo lo contrario a la situación de Palestina. Si esto es así, y si además aceptamos que la creación de Israel detonó el conflicto, entonces es acertado decir que dicho Estado tiene responsabilidades respecto a la precaria situación que enfrenta la comunidad palestina; el Estado y sus habitantes. Por lo tanto, estos deben crear mecanismos que posibiliten una mejor condición para la comunidad palestina, esto es, garantizar unos mínimos con respecto a los derechos básicos de estos, pues los problemas y dificultades que estos afrontan se deben, en su mayoría, a acciones del Estado de Israel.

Así, la respuesta está en una partición del territorio para que cohabiten los dos Estados. ¿Qué parámetros se deben seguir para esta partición? Las fronteras delimitadas por la resolución 181 de 1947 de la ONU, ya que bajo estas fronteras fue que Israel declaró la independencia de su Estado. La cuestión de los asentamientos judíos en territorio ocupado, por ende, se debe solucionar con el regreso de estos a las fronteras de su Estado, pues este debe ser territorio palestino, según una partición aceptable del territorio. El tema de los refugiados se debe solucionar con la ayuda que el Estado de Israel debería brindar al pueblo palestino, debido a las responsabilidades que este tiene para con los mismos mencionadas en el párrafo anterior. Por último, la cuestión de Jerusalén, debido a su valor religioso, histórico y cultural, se debe dejar bajo un estatuto internacional, como históricamente siempre se ha propuesto, para que todos puedan acceder a ella: judíos, musulmanes y cristianos. 

Conclusión

Hemos intentado en este breve escrito reflexionar acerca de una salida pacífica del conflicto palestino-israelí desde el rotulo de la justicia global. Para ello intentamos aproximarnos a una comprensión del conflicto partiendo desde un recorrido histórico del mismo. Luego de obtener esta comprensión hemos definido la noción de justicia global y mostrado cómo este conflicto se convierte en un problema de justicia global. A partir de esto, hemos elaborado una solución para el conflicto, solución que parte de aceptar que el Estado de Israel tiene responsabilidades respecto a la situación de la comunidad palestina y, por consiguiente, debe encargarse de generar condiciones que posibiliten una mejoría para la misma. Para lograr esto, la mejor opción está en la partición de Palestina, según las fronteras acordadas en la partición que hizo la ONU en 1947. Así, los asentamientos judíos en territorio palestino se deben eliminar, generar condiciones mínimas para que los refugiados puedan volver y dejar la cuestión de Jerusalén bajo un estatuto internacional.

Para finalizar, digamos que nuestra propuesta ha intentado aportar una posible solución al conflicto relacionando la teoría de la justicia global. Si bien la solución expuesta puede parecer discutible, como de hecho lo es, nuestro intento no se aleja de la realidad, pues las soluciones aportadas se pueden efectuar si existe la voluntad política de aplicarlas. Así pues, nuestro aporte ha reflexionado sobre asuntos que se pueden llevar a la práctica, con lo cual hemos cumplimos con la exigencia de la teoría de la justicia global: aunar la teoría y la práctica, pues “solo la aproximación constante de la teoría y la práctica es lo que finalmente podrá crear condiciones para que haya una sociedad global más justa y para que la justicia global no sea tan solo un sueño de teóricos” (Dávila. 2020, p. 20).

 

Referencias

Aznar, F. (2016). El conflicto árabe israelí. 100 Años después de la declaración Balfour. En Ministerio de Defensa, Instituto Español de Estudios Estratégicos (Ed.), Panorama geopolítico de los conflictos 2016 (101-132).

Brieger, P. (2010). El conflicto palestino-israelí. 100 preguntas y respuestas. Buenos Aires: Editorial Capital Intelectual. 

Brunetto, M. J. (2014). El proceso de creación del Estado de Israel: ¿Origen político de un conflicto sin fin en la región del cercano oriente? Revista De La Facultad De Derecho, (25), 75-102. Recuperado a partir de https://revista.fder.edu.uy/index.php/rfd/article/view/165

Dávila, J. (2020).  Justicia global y república mundial: encuentros y desencuentros. En Dávila, J. (Ed.), cuestiones de justicia global (175-200). Tirant lo Blanch

DW. (2021). Continúan los ataques entre Israel y Gaza en décimo día de escalada bélica. Recuperado a partir de https://www.dw.com/es/contin%C3%BAan-los-ataques-entre-israel-y-gaza-en-d%C3%A9cimo-d%C3%ADa-de-escalada-b%C3%A9lica/a-57578702

Lescure, J. (2019). El conflicto palestino-israelí en cien preguntas. Madrid: Rialp.

Núñez, J. (2020). Disputas territoriales, justicia global y soberanía compartida igualitaria. En Dávila, J. (Ed.), cuestiones de justicia global (263-288). Tirant lo Blanch

Pogge, T. (2008). ¿Qué es la justicia global?. Revista De Economía Institucional, 10(19). Recuperado a partir de https://revistas.uexternado.edu.co/index.php/ecoins/article/view/326

Pogge, T. (2009). Hacer justicia a la humanidad. México: Fondo de Cultura Económica.

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